19/11/2019
06:39
-A +A

Se acaban de cumplir 30 años de la caída del Muro de Berlín. Esas tres décadas coinciden con la entrada en la universidad de mi generación. El 13 de noviembre de 1989, pocos días antes del derrumbe del muro, asistíamos por primera vez a la Facultad de Derecho.

Poco hubiéramos podido imaginar de todo lo que ha pasado durante estos 30 años. Ni la historia se terminó en 1989, ni la democracia liberal ha logrado asentarse en todo el mundo. Los problemas de desigualdad, corrupción e impunidad siguen caracterizando a México, como desde tiempos de la Colonia.

Hoy tenemos un país que presenta enormes cambios. La apertura económica de los años 90 nos obligó a mejorar nuestra competitividad internacional, abriendo las puertas del mercado de EU y Canadá para los productos mexicanos de exportación. La actividad comercial y de servicios se ha extendido por todo el país, gracias al aumento de la capacidad de compra de los mexicanos.

En lo negativo, hay que apuntar que persisten la pobreza y la impunidad, y no se ha avanzado nada en el combate a la inseguridad. Los avances en la situación económica no se han generalizado y las instituciones públicas siguen siendo de juguete en su mayor parte. Cuando tiene que enfrentarse a los poderes reales (como lo vimos en la “batalla de Culiacán”), el Estado mexicano es todavía demasiado débil.

Tampoco hemos logrado consolidar nuestro sistema democrático. Solamente quienes ven en la democracia un juego de recambio de élites en el poder, limitado fundamentalmente a la realización de consultas electorales cada tres o seis años, pueden estar satisfechos con los resultados de nuestro sistema político. Hemos avanzado en el conteo de votos y en la organización electoral. Pero no hemos avanzado en la generación de ofertas electorales que entusiasmen y que nos hablen del país del futuro. Ha habido alternancia electoral, pero los resultados a nivel de las entidades federativas y de los municipios son bastante mediocres.

Los avances en la calidad de vida siguen estando en riesgo por la precarización y empobrecimiento de nuestro sistema de salud, por la persistencia del empleo informal, por la influencia de los ciclos económicos de otros países y por la dependencia de ese regalo envenenado que ha sido el petróleo. La explotación petrolera ha sido un enorme apoyo para el gasto público, pero ha pospuesto durante décadas la modernización de diversos sectores del Estado mexicano y ha permitido dilapidar ingresos fáciles, sin preguntarnos qué debíamos hacer con esa riqueza.

 

Investigador del IIJ-UNAM. @MiguelC arbonell. www.centro carbonell.mx

 

 

 

 

 

Comentarios