Como parte de una tendencia del mundo industrializado a vivir en forma agitada, con menos tiempo para cocinar y un alto costo de la comida sana, Alemania, pese a su gusto por lo ecológico y la vida sana, no es una excepción, como lo constatan recientes informes que aumentan las alarmas.

Las estaciones de tren y metro, así como las calles de las ciudades del país europeo están plagadas de puestos de comida rápida que venden desde los tradicionales panecillos con un relleno de embutido y ensalada, hasta hamburguesas, salchichas o los “kebab” de origen turco.
No toda la comida rápida -que está lista para un consumo inmediato - es poco sana, como pueden ser ensaladas listas para consumir o un yogur.
Sin embargo, parte de ella entra en la categoría de “junk food”, conocida en español como “comida chatarra o basura”, como se consideran aquellos alimentos que tienen poco valor nutritivo, pero alto valor energético, con alto contenido en grasas, azúcares, sal o aditivos químicos o potenciadores de sabor y aromas.
Entre ellos las papas fritas, hamburguesas, salchichas, hot dogs, pizzas o snacks de chocolate, pero también algunos cafés preparados u otro tipo de bebidas gaseosas con alto contenido en azúcar.

Con frecuencia, el consumo exagerado de esos productos está vinculado a problemas de salud como obesidad o diabetes y cada vez a una edad más temprana, señalan los expertos.

El Informe sobre la Alimentación de 2017 que presentó el Ministerio de Alimentación y Agricultura a comienzos de este año y que se basa en una encuesta representativa apuntaba una tendencia preocupante entre los alemanes: ya sea por tiempo o ganas, los alemanes pasan menos tiempo en la cocina y recurren cada vez más a conservas, comida preparada y congelada.

Los datos son alarmantes: sólo el 39 por ciento de los alemanes cocina a diario y el 11 por ciento no lo hace nunca.

En tanto, el 55 por ciento de los alemanes desea una preparación rápida y sencilla, un 10 por ciento más que hace sólo un año.

La tendencia es aún más pronunciada en el caso de los más jóvenes: entre los 19 y 29 años la cuota sube al 72 por ciento.

Y si hasta ahora las mujeres han sido en cierta forma las garantes de la comida sana, también ahora ellas reclaman facilidad a la hora de cocinar: el 63 por ciento quiere pasar poco tiempo en la cocina, frente al 46 por ciento de los hombres.

Ello hace que el 41 por ciento de los alemanes recurran con regularidad a productos preparados y comida congelada, sobre todo pizzas, que se preparan en el horno. Ello supone nueve puntos porcentuales respecto al año pasado.

En el caso de los adolescentes de 14 a 18 años esta cuota sube al 54 por ciento y llega al 60 cuando se trata de la franja comprendida entre los 19 y los 29 años.

Otra reciente encuesta realizada por el instituto privado de Análisis de Medios y consumo (VuMA) señala que la cadena estadunidense McDonald's es la más popular entre los de comida rápida en Alemania. En 2017, más del 32 por ciento de los alemanes a partir de 14 años lo visitaron al menos una vez.

Otra encuesta de esa misma asociación apunta que 0.35 millones de alemanes a partir de 14 años visitaron un restaurante incluso varias veces en el transcurso de una misma semana en 2017. Su éxito se debe también a su gran presencia: más de mil 460 locales en todo el país.

Le sigue, de lejos, la cadena Burger King, con alrededor de 17.5 por ciento de alemanes acudiendo a sus instalaciones al menos una vez al mes.

En tercer lugar, la cadena nacional Nordsee, que vende comida rápida a base de pescado, seguido del americano Subway, de sandwiches, y Pizza Hut, de pizzas. KFC y los restaurantes del gigante sueco Ikea ocupan el sexto y séptimo lugares, respectivamente, de los sitios preferidos por los alemanes para consumir comida rápida.

Sin embargo, el poco tiempo o la falta de ganas no parecen ser los únicos factores que expliquen que los ciudadanos alemanes recurran cada vez más a la comida precocinada o a restaurantes de comida rápida, sino también la carestía de productos de calidad.

Muchos dicen estar dispuestos a pagar más, por ejemplo, por una carne buena: al 87 por ciento le importa el origen y tratamiento de los animales sacrificados y un 82 por ciento quiere más transparencia en las etiquetas o sellos. Aunque se trata de un factor al que atienden más las mujeres que los hombres: el 50 por ciento, frente al 40 por ciento de los varones.

La carne es precisamente uno de los productos de consumo preferido en Alemania (el 53 por ciento), seguido de variaciones de pasta (más de un tercio) y los platos elaborados a base de verdura y pescado.

A la hora de comprar alimentos, los alemanes priorizan el sabor (97 por ciento), seguido del origen regional (73) y el precio (57) y en cuanto a los lugares de consumo, la mayoría lo hace en supermercados.

Sin embargo, también ha aumentado la compra en grandes mercados de alimentos, con el 62 por ciento, tres puntos más que hace un año. El 43 por ciento lo hace en tiendas de bajo costo y un dato muy llamativo: solo el 6.0 por ciento lo hace en tiendas biológicas.
También llama la atención otro cambio de costumbre: el 17 por ciento de los alemanes recurren a las app para comprar y ya no hacen la lista de la compra en papel.

Pero aunque la calidad no sea siempre atendida por los adultos alemanes, éstos sí se preocupan especialmente porque niños de jardines de infancia y colegios consuman comida de calidad y no comida chatarra.

Según la encuesta, el 90 por ciento de los alemanes está a favor de exigir el cumplimiento de determinados estándares en esos planteles y el 80 por ciento pide la subvención pública para comida de calidad.

También dan importancia a la educación: el 89 por ciento considera importante o muy importante que los niños conozcan las bases de una alimentación saludable desde los primeros años en la escuela. Incluso muchos piden clase sobre nutrición y alimentación como materia equiparada a otras.

“Nueve de cada 10 alemanes ven las clases sobre alimentación al mismo nivel que las de lengua alemana, las matemáticas o la física”, aseguraba el ministro de Alimentación del anterior gobierno, Christian Schmidt, quien se mostró dispuesto a incentivar la formación al respecto.

Sin embargo, con el cambio de gobierno que acaba de producirse, no se conocen aún las prioridades en esta materia del nuevo ejecutivo.
¿Y qué hacer para combatir esta tendencia? Los expertos de la ONU llevan tiempo pidiendo una revisión y una concepción más amplia del derecho a la alimentación para que no se limite a una lucha contra el hambre -entendido como la falta de calorías necesarias para el funcionamiento del cuerpo humano- sino contra una alimentación insana y poco nutritiva.

El relator de la ONU Olivier de Schutter recomendó en un informe gravar con impuestos más altos determinados productos y subvencionar otros más sanos en los países desarrollados.

También pidió una agricultura responsable, que no se centre únicamente en el aumento de la productividad, garantizando por ejemplo, un ingreso mínimo a los agricultores para que no tengan que aumentar la producción a cualquier costo.

Otra relatora especial de la ONU al respecto, Hilal Elver, llegó a calificar la comida basura como una preocupación de derechos humanos.
Denunció que el aumento de la producción de alimentos industriales combinado con la liberación del mercado permitió a los productores inundar el mercado de alimentos pobres en nutrientes que ponen a la gente a elegir entre viabilidad económica y nutrición, violando su derecho a una alimentación adecuada.

También la Organización Mundial de la Salud (OMS) ha pasado a la acción, exigiendo una regulación y limitación de la publicidad de productos de comida basura, botanas baratas, dulces y de la cerveza. Y es que el problema de la obesidad aparece en Alemania cada vez en edades más tempranas, señala la experta Juana Willumsen.

“Ya no basta con el autocontrol voluntario de la publicidad de fabricantes de comida basura”, indica la experta en nutrición. “La publicidad debe regularse de forma clara y su cumplimento ser controlado incluso con la previsión de multas”.

La experta recomienda también más deporte en las escuelas y una planificación de transporte urbano que fomente caminar, ir en bicicleta o la actividad deportiva.

Otras alternativas al alcance de todos: cocinar más en casa, como apunta la doctora Gesa Schönberger, nutricionista y ex presidenta de la fundación Rainer Wild que fomenta el debate sobre la cultura de la alimentación en Alemania.
“Con la preparación propia mantenemos la soberanía de los ingredientes que utilizamos, así como la cantidad de grasa, azúcar o sal que utilizamos. Podemos mantener las vitaminas y minerales y aumentar el tiempo de la comida”. Porque también una comida pausada mejora la digestión y es más sana.

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