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Juan Manuel López Martínez, de 33 años, y de 14 frente al volante, narra la experiencia y los peligros que implica recorrer las carreteras del país. Se dice de espíritu libre
29/03/2017
08:14
Amílcar Salazar

Al tiempo en que conduce sobre la autopista México-Querétaro un mastodonte de 18 llantas y 40 toneladas de peso, el trailero Juan Manuel López Martínez gira la cabeza con aire afligido y dice a EL UNIVERSAL Querétaro: —Me encanta mi trabajo, pero estoy harto de los asaltos. Tanto el Arco Norte (entre Puebla y Tepeji), como la México-Querétaro (entre Tepotzotlán y Salamanca), son como “rutas calientes”, donde más secuestran y roban.

“Nos roban el tráiler completo o desenganchan la caja y se la llevan con otro tracto, para engañar al satélite (GPS). A nosotros nos amarran, nos meten una camotiza y, si nos ponemos rebeldes, nos matan. Son mafias, no se andan con cuentos”, narra.

Este joven trailero habla por él mismo —ya lo han asaltado cuatro veces—, pero especialmente por sus colegas, quienes suelen ser las primeras víctimas del delito de robo de carga.

Durante 2016, fueron reportados en las carreteras del país un total de 986 asaltos a camiones cargueros, cifra que mostró un promedio de 2.7 casos por día. Esta incidencia significó un incremento del 73% con respecto al año anterior, de acuerdo con datos del Sistema Nacional de Seguridad Pública de la Secretaría de Gobernación (Segob).

¿Cuál es el método de asalto más común? —Se pregunta a Juan Manuel, quien accede a dar una entrevista a este diario mientras realiza uno de sus frecuentes viajes para traslado de abarrotes entre las capitales de Puebla y Querétaro.

Sobre la oscura carretera Arco Norte (libramiento de la Ciudad de México que cruza Puebla, Tlaxcala e Hidalgo), el chofer responde a la pregunta de este medio, pero antes atisba su espejo retrovisor con un gesto de desconfianza.

—Fíjate… desde hace rato nos viene siguiendo un Focus; podría ser un coche de ratas. Pero veo que nada más viene uno adentro, así que no ha de ser. Normalmente, vienen dos o tres ratas a bordo, elucubra, casi entre dientes, y a continuación describe el método de atraco más común:

“Lo normal es que primero te ubiquen y te sigan desde un coche. Ya saben que tendrás que bajar la velocidad, por cualquier motivo. Entonces, se trepa uno por la derecha o a veces otro por la izquierda y te encañonan.

“Una vez que el rata sube, te dice: síguete u oríllate, según. Tienes que abrirles o te revientan el vidrio. A ti te echan atrás, te amarran en el camarote, y ellos mismos pueden manejar, hasta llegar al punto donde otros los esperan o aquellos los alcanzan.

“También te detienen policías… y resulta que son ratas uniformadas. Hay muchas maneras”, relata.

QUERÉTARO, CUARTO LUGAR EN ASALTOS.

De acuerdo con el informe 2016 del organismo internacional FreightWatch, diez estados del centro del país concentran 81% de los robos a tráileres; Querétaro ocupa el cuarto lugar, con 37 robos anuales; después de Puebla (56), el Estado de México (42) y Veracruz (40).

El reportero menciona al manejador las cifras que posee, y éste expresa su escepticismo:

—Yo creo que 986 robos es poquito; para mí que son mucho más. Hay qué ver que no siempre se denuncia la pérdida de mercancías. En carreteras se mueve mucho contrabando y cuando este lo roban, nunca se levanta acta…

Pero al margen de las potenciales cifras reales de este delito, los traileros sufren otros tipo de asaltos que se dirigen sólo contra sus bolsillos e integridad:

“Uno también es gente. Nomás te bajas a descansar tantito en una tienda o cachimba y ya te roban el celular, los papeles o hasta moneditas. Me asaltaron así apenas este 16 de marzo, afuera de un Oxxo, sobre la Querétaro-Celaya. Traían unos cebolleros así”, menciona.

RODAR Y RODAR.

López tiene 33 años, pero ya cuenta con 14 de experiencia conduciendo “quinta rueda”, como se conoce en el argot a los tráileres que le fascinan desde que era niño. Le agrada Querétaro, ciudad que cruza cada semana, pero dice: “no lo cambio por mi Tepic”, donde nació.

Hijo de policía y nieto de trailero, Juan Manuel dice provenir de una familia honrada y trabajar para el progreso de la suya, compuesta por su esposa y dos hijos. Todos viven en su casa de Nayarit, la que visita cada diez días, aproximadamente.

“No es fácil la vida del trailero. Nunca estamos en casa, se sacrifica a la mujer. Hay muchos divorcios por causa del trabajo. Pero gracias a Dios, mi esposa me comprende bien”.

Interesado en que se difunda la problemática del oficio, destaca la falta de iluminación y de vigilancia que, efectivamente, confirma este medio sobre el Arco Norte, el cual conecta con la carretera México-Querétaro a la altura de la ciudad de Tula.

Justamente, mientras Juan Manuel circula entre los extensos sembradíos hidalguenses que cruzan el Arco Norte —provisto además de infinidad de baches—, recuerda con una mezcla de enojo y de tristeza la primera vez que fue asaltado:

“Los ratas me aventaron de mi camión y me dejaron por allá, entre las milpas, sin chamarra y sin zapatos. Gracias a Dios pude caminar hasta un restorancillo (cachimba), donde una muchacha se portó de maravilla: me dio de comer, me prestó el teléfono y hasta un dinerito para moverme.

“Tiempo después regresé a querer pagarle, y me dijo que no; que en el mundo trailero todos somos compas. Me quedó esa gran lección de solidaridad”.

La suerte que tuvo Juan Manuel de salir bien librado de aquél atraco sobre el Arco Norte no la tuvo, probablemente, su amigo y colega Guillermo Hernández, trailero que corría la misma ruta transportando cerveza y quien desde diciembre pasado se encuentra desaparecido. “Encontraron la caja en el Estado de México, pero de él nada sabemos”.

TORTUGUISMO PROPICIA ASALTOS.

La frecuente lentitud “tortuguismo” con el que algunos empleados de Caminos y Puentes Federales (Capufe) desahogan el paso de los vehículos que cruzan las casetas es una causa indirecta de accidentes, como también de asaltos, dice.

Así también —puntualiza—, ocurre algo similar cuando en plena carretera se montan retenes especiales de la Policía Federal, del Ejército y de otras autoridades.

“Fíjate… yo he pasado por retenes de los narcos, tanto en Sinaloa como en Tamaulipas. Y más allá del susto que te pegan, te juro que son más rápidos esos retenes que pone el gobierno.

“En Sonoyta, Sonora; los de Aduanas son unos infelices: allá he pasado hasta diez o 15 horas haciendo cola. Meten todos los carriles embutidos en uno solo, y todo para que al llegar al punto, te digan: pásale”.

En el caso de las casetas de cobro, el trailero asegura que tanto Palmillas como Salamanca, son las más lentas de la ruta del Bajío; especialmente en horario nocturno, cuando se ausenta más de la mitad del personal.

Además de los enfrenones, choques por carambola y calentamiento de motores que se dan frente a las casetas, las extensas filas que se crean propician la marcha lenta de los tráileres, un desgaste de combustible, así como una mayor posibilidad de ser abordados por maleantes.

“Se da muy seguido el absurdo de que un chofer pueda estar haciendo una cola; pero que al llegar a la caseta ya no sea él quien vaya manejando, sino el ratero”.

RUTA DEL “CRISTAL”.

Adelantando que desde pequeño le fue inculcada en su familia una aversión especial a las drogas, Juan Manuel opina que buena parte de la delincuencia que asola al país tiene relación con el negocio de los enervantes. Así también, reconoce que el consumo de ciertas drogas es también un “punto débil” del gremio trailero.

“Desde que agarras el volante, la droga está cerca de ti. Tienes la droga que transportas por gusto o por negocio. También la que llevas sin saberlo, porque hay empresas bribonas, las que te engordan la carga, para usarte como burro. Está también la droga que te siembran malos policías, para extorsionarte.

“Es verdad, también tienes la droga que muchos compañeros consumen, pero hay qué saber que este es un trabajo muy matado y explotado, con jornadas de uno o dos días sin dormir. Muchos le entran al perico (anfetaminas de distintas marcas, que suprimen el sueño) y otros ahorita traen la moda destructiva de entrarle al cristal o foco (metanfetamina, que se fuma en pipa).

“Tienes por último la droga que enloquece a los rateros, los que te asaltan en tu vehículo, en tu casas o negocio; el que viola y mata; porque esa droga del cristal no la controlas tú; esta te controla a ti. Además, toda la droga la mueven mafias que están conectadas con el gobierno”.

En el caso del popular cristal, López Martínez asevera que los traileros que lo consumen suelen verse en problemas adicionales frente a los cárteles del crimen organizado, en función de la ruta del país que recorren. Al respecto, explica:

“En el Bajío, la droga que se mueve es el cristal. Pero en Sinaloa, Sonora, Nuevo León o Tamaulipas ni se te ocurra meterlo, porque te golpean o matan. Muchos compañeros tiran lo que traen antes de cruzar las casetas. En esas plazas está prohibido el cristal. No les conviene, porque la gente se vuelve loca y anda asaltando. Lo normal, lo aceptado, es marihuana o cocaína, que es lo de ellos.

“Yo que ni le hago a eso, una vez me agarraron en Sinaloa en un retén de narcos. Me preguntaron: ¿qué te metes, chaparrito? Les dije que nada, ni perico, pero me dijeron: te voy a revisar, y si te encuentro una pipa, no la cuentas. Y pues ya estoy aquí, contándola.”

ESPÍRITU LIBRE

–¿Se gana bien como trailero?

—Cuando tienes un buen récord y trabajas en una buena empresa –como es mi caso–, sí, aunque podría ser más, claro. Pero al menos te va mejor que como “cuello duro” (chofer de autobús de pasajeros), porque tienes libertad de movimiento. Los traileros tenemos eso de ser espíritus libres.

Para ilustrar lo anterior, López explica que algunas empresas pagan a los choferes por comisión, de acuerdo con el monto de la carga, con porcentajes que van del 15 al 20%. Otras firmas pagan por “vueltas” con base en el kilometraje recorrido. Así, un viaje México-Tijuana puede pagarse a diez mil pesos, mientras que un Puebla-Querétaro, cuatro mil.

Con el objeto de poder enfrentar los accidentes y riesgos de salud, el común de las compañías inscribe en el Seguro Social a sus choferes, aunque no les entrega el salario por el cual cotizan, sino que este se les amortiza dentro del pago por comisión o kilometraje. Se trata de un método “especial” para choferes, el cual aplica de manera equivalente en el transporte de pasajeros.

—¿Seguro de vida?

—300 mil pesos. Eso cuesta mi vida, según la aseguradora.

—¿Eso es mucho o poco?

—Ahora que llegue a Tepic le preguntaré a mi mujer.

—¿Tu mayor miedo?

—El kilómetro que todavía no he recorrido.

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