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Este albergue recibe diariamente alrededor de 200 personas, especialmente en la temporada invernal.
28/12/2016
03:00
Paulina Rosales

Al menos es mejor que estar en la calle. Afuera te tienes que cuidar de todo y de todos; nadie te salva de los borrachos, ni de los adictos, el frío o el hambre. Eso dice Daniela, una chica de 25 años, que dejó su casa en Sonora para venir a Querétaro. Una noche mientras dormía en la calle, fue abusada sexualmente. Nunca denunció a su agresor. ¿Para qué? No lo conocía.

Hoy es huésped del albergue Yimpathí, un edificio que lleva doce años funcionando a cargo de Delia, una mujer menuda y alegre que a partir de las siete de la noche le da la bienvenida a casi 200 personas.

Los visitantes del inmueble son diversos: indígenas que hablan otomí; hombres y mujeres en búsqueda de un empleo e inclusive familias enteras. Algunos jóvenes, como Guillermo, dicen que buscan alejarse de las drogas. “Aquí está más chido”, expresa.

Es viernes y, minutos antes de la hora de entrada, hay una fila de al menos 20 personas esperando. Entre ellos, una niña pequeña que toma la mano de su madre, viste una falda verde y una blusa rosa brillante, su piel es morena y sus ojos rasgados, castaños. Unos metros más adelante, una mujer mayor con ropa tradicional lleva dos bolsas grandes repletas de artesanías. Un poco más lejos, algunos hombres con una maleta y ropa sucia.

Tres guardias en la entrada revisan a los huéspedes. ¿De dónde vienen? ¿Cuántas noches se quedan?, son preguntas que forman parte del formulario de ingreso. Una mujer detrás de una computadora les pregunta a los nuevos beneficiarios: ¿Consumen alguna droga? ¿Beben alcohol? ¿En qué trabajan?

El reglamento del albergue Yimpathí es estricto: no se permite la entrada a personas alcoholizadas o que hayan ingerido alguna sustancia; razón por la que algunos prefieren quedarse en la calle.

Una vez que su acceso es permitido, se les asigna una cama en alguna habitación y todos, sin excepción, deben tomar una ducha. Las sábanas y las toallas que ofrecen se lavan y cambian todos los días.

La fila continúa durante horas. Una familia de Zitácuaro, Michoacán, dice que viene a vender dulces y pulseras; una mujer del municipio de San Juan del Río está en busca de trabajo y un chico de 17 años, de Nayarit, anda viajando.

Estaba en el centro con unos amigos, cuando los paró la policía. No podían estar en la calle y él ingreso al albergue, fue mejor opción que la cárcel. Esta noche está sentado al lado de las escaleras que dan acceso a los cuartos. Contesta el formulario de la mujer. Señala que no toma drogas, no toma alcohol y no tiene enfermedades crónicas.

Cerca de las ocho de la noche, dos mujeres mayores entran. “Hadi, maraku, mane” (Hola, comadre), dice una de ellas en otomí. Son visitantes frecuentes del albergue desde hace años y son originarias del municipio de Amealco de Bonfil, localidad con una población de 13 mil 57 habitantes de dialectos, según la Comisión Nacional para el Desarrollo de los Pueblos Indígenas (CDI).

Son madre e hija. Delia, después de 12 años de trabajar en el albergue, puede hablar con ellas en otomí. Intercambian palabras y las dos mujeres la abrazan. Para ellas, Delia es como su mamá o su comadre.

Se acerca diciembre y, el día de hoy, hay una posada. El albergue, además de subsistir con recursos municipales del Sistema para el Desarrollo Integral de la Familia (DIF), funciona con donativos.

Esta noche un grupo de estudiantes de secundaria vienen a realizar la donación de ropa. La gente en su mayoría escoge suéteres o chamarras. Un joven alto y moreno, con una camisa negra de los Raiders, está buscando un pantalón de su talla. Es de Tijuana y viene a Querétaro de paso. Hace unos días, estuvo en el Estado de México, visitando a parte de su familia. Al día siguiente espera regresar a la frontera.

A su lado está Guillermo, un joven originario de Saltillo, Coahuila. Desde los siete años le entró al “chemo”, a los nueve ya “pisteaba” y a los 10 comenzaba con los amigos a “chupar y a chupar”. Trabajó lavando tráileres en una gasolinera y de ahí sacaba para comprarse algunas drogas. Hoy vende rosarios y pulseras, que él mismo teje, en las calles del centro.

“Me la paso más chido aquí. Allá en Saltillo tengo puros pedos, con la familia y allá tenía una novia, pero ya corte con ella. No le gustaba ‘el chemo’ y ya pues no salía conmigo”, menciona Guillermo.

El reglamento del albergue sólo permite una estancia de tres días; no obstante, existen excepciones como Guillermo y Daniela, que se han mantenido por algunos meses. La encargada explica que se evalúa cada caso, dependiendo de sus necesidades.

La mayoría de los visitantes son del ayuntamiento de Amealco; pero hay de todo y de varios lados. Jóvenes, adultos mayores y niños, que corren por todo el patio y atrapan los dulces que salen de la piñata.

Guillermo está desde la Navidad del año pasado. Estudió hasta la secundaria y después se salió de la escuela. Se iba a “cotorrear” con los amigos. Un día su familia lo metió a un anexo, del que se escapó de “pura chiripa”. Estuvo en rehabilitación a los 17 años y los recuerdos de ese lugar son desagradables.

Después de salir del anexo, trabajó en la gasolinera y un día se fue a viajar de “raite”. Conoció Zacatecas, León y Jalisco. No obstante, al llegar a Querétaro, la gente ya no quiso llevarlo y se quedó viviendo en el albergue. En un futuro no sabe bien qué hacer. Le gustaría, a lo mejor, tener una familia, que esté “chida”, que sus hijos no se droguen ni nada, cuenta.

Como parte de los servicios del albergue se sirve el desayuno y la cena. Esta noche hay mole y pozole. En cinco mesas de plástico se sientan todos los huéspedes. El edificio entero está iluminado con luces blancas, rojas y azules.

Una mujer muy joven carga a un niño entre sus brazos. Viene de Amealco y espera, junto con la familia, salir a vender a las calles el día siguiente. Tiene apenas 19 años y tiene tres hijos, el más grande acaba de cumplir tres y la más chica tiene nueve meses.

Falta menos de una hora para las diez de la noche y algunos ya se han ido a los cuartos a dormir. Al día siguiente, la hora de salida es de las cuatro a las siete de la mañana.

El albergue se mantiene abierto hasta las dos de la tarde y únicamente los guardias se mantienen durante toda la noche. Alrededor de diez personas se hacen cargo de este espacio, entre administradores, cocineras y guardias.

En el segundo piso del inmueble, un árbol de navidad blanco ilumina el pasillo de paredes del mismo color. Hay 11 habitaciones en total, pero la mayoría de los huéspedes se mantienen en tres cuartos, los demás sólo se habilitan cuando hay sobrecupo.

La habitación de las mujeres está repleta de literas. En una de ellas está Daniela. Su lengua materna es el yaqui, que de acuerdo con el Instituto Nacional de Estadística y Geografía (Inegi) es hablada por aproximadamente 14 mil 162 personas en todo el país.

No obstante, cuenta que no le gusta hablarlo. Cuando estaba en la escuela, sus compañeros se burlaban de ella, a partir de eso decidió olvidar su lengua de origen. Sólo habla español, inclusive con su familia.

“Pero ¿Cómo no lo vas a hablar? Hay que estar orgullosos de las raíces”, dice una mujer de origen otomí, idioma que habla con fluidez desde su nacimiento. Según el Inegi, sólo 239 mil 850 personas de una población de más de 119 millones en todo el país hablan este dialecto.

La mayoría de las personas del cuarto son originarias de Amealco de Bonfil, el municipio con mayor número de población indígena según Aurelio Sigala Paes, delegado de la Comisión Nacional para el Desarrollo de los Pueblos Indígenas en Querétaro. Sin embargo, en una de las literas se encuentra una mujer proveniente de San Juan del Río, un ayuntamiento cercano a la capital del estado.

“Vine aquí a buscar trabajo limpiando casas. Allá pagan muy poco”, dice Guadalupe. Tiene 60 años y durante toda su vida ha estado en empleos informales. Nunca ha percibido un sueldo fijo y, por lo tanto, no puede acceder a una pensión. Ahora busca trabajo en la capital.

A los 28 años se fue para Estados Unidos, sin papeles. Atravesó el desierto con dos chicas de Durango y un chico de 15 años que las iba guiando. No recuerda los días que pasaron en el desierto, sólo recuerda que el agua que llevas nunca es suficiente.

“¡De qué te vas a acordar si te la pasas comiendo nopales y tardas mucho para dar con agua!, Tienes que ir comiendo nopales y tunas para sobrevivir. Si lleve agua en una anforita, pero no me alcanzó para nada. No alcanza nunca lo que llevas. Te deshidratas, hace mucho calor”, recuerda Guadalupe.

Al atravesar la frontera por San Luis Colorado, en Sonora, y llegar a la ciudad de Yuma, en Arizona, consiguió trabajo en los sembradíos de Limón. Después trabajó en los cultivos de uva en California y, finamente, llegó a Indiana a trabajar con una contratista americana que buscaba personal de limpieza.

“La mera verdad, Estados Unidos no me gusto. Hace mucho calor y frío en esos climas. Ya no me volví a ir para allá, ya no regresaría”, reconoce, después de estar cinco años en el país del norte. Se mantendrá unos días en el albergue, esperando obtener un trabajo en alguna casa, en caso de no encontrar nada se regresará a San Juan del Río, aún no lo sabe.

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