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Mi conversación con Philippe

El músico Fausto Murillo comparte con los lectores un texto para rendir tributo a Claude Debussy y su alter ego
Mi conversación con Philippe
Foto: iStock y Archivo. El Universal
15/10/2019
09:04
Fausto Murillo
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La batuta del cooltureta

A mis manos, querido lector, ha caído un tesoro “Monsieur Croche Antidilettante” (Gallimard, 1926), de Claude Debussy. Deliciosa lectura y en homenaje sincero y muy humilde, les comparto mi versión muy personal de este alter ego de C. Debussy. Como Mr. Corchea, Philippe, mi amigo muerde, espero no despeinar a nadie, es sólo un tributo, pequeño, minúsculo, a lo que en mi personal concepción debe ser el quehacer de un crítico.

Y ahí estaba, grande y sabrosa. Yo la contemplaba lleno de deseo y porqué no decirlo, con una cierta concupiscencia. Mis deseos, efectivamente no agrandarían a Dios, si es que en tales cosas repara el creador; o quizá pienso ahora, de tanto cuidarnos y vigilarnos, tiene la hacienda descuidada y es por ello, por lo que estamos en los grandes asuntos como estamos... Pero volviendo a mi relato, mis sentidos estaban siendo puestos a una tremenda prueba de temple y contención, porque ¿cómo se puede estar tranquilo, ante semejante objeto de deseo?, ¿cómo no sentir que el vientre te quema y las ganas te consumen si estás ante una enorme y rellena hamburguesa doble?

Y es que, precisamente aquella fresca y perfumada noche, yo me disponía a disfrutar de semejante manjar después del concierto de la Orquesta del Teatro Mariinsky. Pensé yo: “has elevado el espíritu ya lo suficiente, démosle a nuestro cuerpo peso específico”. Y ahí estaba yo, viendo y devorando ya con la mirada mi hamburguesa, y justo cuando me disponía a hincarle el diente, escucho detrás de mi una voz potente que sin ningún reparo dijo: “digno cierre para una noche que es preferible olvidar. Tras escuchar los fuegos fatuos de una orquesta que fue muy grande y que ahora da tristeza escuchar, nada como culminar la velada con semejante bomba calórica, sí señor”. ¿Quién se atrevía a poner en duda la excelencia de una orquesta tan célebre y anunciada por todos lados? y peor aun, ¿quién se atrevía a criticar mi gusto por las hamburguesas? Me giré y estaba ahí, tan tranquilo, y con cara socarrona: Philippe Mastropiero.

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Pensarás, querido lector, que me he confundido, pero que no te engañe tan ilustre apellido, pues este Mastropiero es pariente lejano de aquel insigne músico, cuya historia se ha contado abundantemente por trovadores porteños. Este, precisamente este Mastropiero, tiene la cualidad de espetarte la verdad a la cara, sin mediar petición de tu parte, y así esa noche, sin que yo se lo pidiera, me regaló su opinión, cruda, desnuda e hiriente.

Philippe Mastropiero es un hombre de complexión más bien enjuta y pequeña, de verbo rápido y conversación elocuente, siempre está nervioso y el color cetrino de su piel lo convierte en un personaje no muy atractivo a sus semejantes. La mezcla de semejantes características, al final lo hace un ser por el que o se siente un profundo afecto, o directamente se le rechaza y se le da de lado.

“Veo que tus gustos musicales son muy parecidos a tus placeres culinarios, querido amigo” me dijo, “disculparás mi sinceridad, pero te he visto aplaudir entusiasmado una lectura perfectamente mediocre del ‘Bolero’ de Ravel y ello me hace pensar que no discriminas con finura lo que dejas entrar en tu ser, estimado amigo; simplemente engulles grandes porciones de alimento para acallar a saber qué tormentas internas, o peor aún, te dejas ir por el aplauso fácil de una multitud ciega y sorda integrada por personas que solo quieren ser vistas en un evento social más y adormecer su conciencia con un poco de cultura”.

“Philippe, esta noche estás particularmente incisivo, vamos, que si te muerdes la lengua caes fulminado por ti mismo”, le contesté. En ese momento no estaba para escuchar discursos, yo quería disfrutar ya de mi hamburguesa, no tenía tiempo, ni ganas de moralinas estéticas ni metafísicas de un pseudo profeta del arte. Así que, con gesto altivo, le dirigí una mirada de odio a tan molesto personaje y le di la espalda.

“Veo que tus modales van acordes con tu dudoso gusto en la comida y en la música. ¿Te crees que ese grosero trozo de carne que estás a punto de engullir, al no ser comprado en Mcdonals, es menos chatarra? Veo que como todos, te dejas engañar por las modas y la apariencia. Si un concierto como el de hace un momento, viene precedido por un cúmulo de anuncios y promociones del tipo: ‘la mejor orquesta de Rusia’, ‘Su director titular embruja al público con su elevado grado de inspiración’, vosotros asumís que tal evento es automáticamente excelso y digno de asistencia al ser vosotros almas de una delicadeza sin límites. Asistís a los conciertos con un cúmulo de prejuicios que les taponan los oídos y les aturden y asfixia el alma. Porque ¿de verdad no te diste cuenta que en mitad de ese ‘Bolero’ de Ravel que acabas de escuchar las trompas no dejaron de desafinar y las trompetas tocaban demasiado fuerte? De no ser así, es que la otitis te carcome los oídos; si lo escuchaste, como más de la mitad de los que aplaudían hasta con las orejas, es aun peor, porque ni te importa lo que escuchas, ni tu alma se nutre con los selectos néctares de la ambrosía que dices paladeas y más bien, debe de estar famélica por tanta hamburguesa con que la alimentas”.

Se había cruzado un límite claro, Philippe me estaba insultando y una cosa era darlo por loco y otra soportar sus insultos. A punto estuve de tomarlo por el cuello, pero algo dentro de mí me recordó que efectivamente yo había percibido aquellas notas falsas, aquellas bocanadas de sonido descontroladas, emitidas por unos músicos que, sobre explotados, tocaban de mala gana un concierto más de los cuatro que tenían que dar en una semana de gira por nuestro país. Fue entonces, cuando las palabras de mi amigo me comieron las entrañas y la sola presencia de mi hamburguesa me comenzó a dar franco asco. Yo había aplaudido con entusiasmo aquello porque asumí que ¿quién era yo para discrepar de una apabullante mayoría que celebraba aquello?, seguramente era yo el que se había inventado todo, porque era imposible que aquellos músicos se equivocaran, el anuncio lo decía bien claro: “Una experiencia sublime”, “la mejor orquesta de Rusia”, y yo era un simple espectador, un diletante que creía haber escuchado algo que no le gustó, pero que por cobardía se unió al coro de aplaudidores inconscientes.

“La realidad, querido amigo, está allá afuera y muchas veces nos pasa por encima sin que nos demos cuenta, ese concierto fue como una inmensa y vulgar hamburguesa, que está llena de muchas cosas, pero que de sustancia nutricia tiene poco, mucho oropel y poco alimento”. Me quedé frío, ahora si que la habíamos fastidiado, porque la sola visión de lo que iba a ser mi cena, me producía casi náuseas y atiné a decirle “tienes razón, vámonos, al final no comeré nada”, a lo que el contestó “si no te la vas a comer, ya me la como yo, que una cosa es el espíritu y otra desperdiciar la comida”. Mi cara de asombro seguramente fue tal, que Philippe, mientras devoraba aquel objeto tan deseado antaño, se reía y dejaba escapar algunos trozos de carne, y uno incluso me alcanzó en la boca.

Me relamí el trozo escupido en mi cara y comprobé lo que ya sospechaba, la carne estaba muy hecha.

*Fausto Murillo es licenciado en Composición por la UAQ, actualmente imparte clase en el conservatorio de música de Barcelona, España, en donde radica.

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Formación. 

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Fausto Murillo es egresado de la UAQ, donde estudió la licenciatura en Composición. 

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