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La riqueza de una nación

Hemos optado por dejar de escuchar y nos estemos volviendo ya no sólo groseros, sino ruines
La riqueza de una nación
Foto: Cortesía
19/12/2018
07:00
Fausto Murillo
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Decía el académico y ensayista español, Antonio Escohotado en un conocido video que corre con bastante fuerza por las redes:

“Un país no es rico porque tenga diamantes o petróleo. Un país es rico porque tiene educación. Educación significa que, aunque puedas robar, no robas. Educación significa que, tú vas pasando por la calle, la acera es estrecha, y tú te bajas y dices ‘disculpe’. Educación es que, aunque vas a pagar la factura de una tienda o un restaurante, dices ‘gracias’ cuando te la traen, das propina y cuando te devuelven, lo último que te devuelvan, vuelves a decir ‘gracias’. Cuando un pueblo tiene eso, cuando un pueblo tiene educación, un pueblo es rico. O sea, en definitiva, la riqueza es conocimiento. Y sobre todo un conocimiento que le permite el respeto ilimitado por los demás”.

La memoria me trajo este video a la mente hace unas semanas, cuando por causas familiares estuve en nuestra hermosa ciudad de Querétaro y asistí junto con mi esposa, al concierto que la Camerata y coro Santiago de Querétaro dieron interpretando “El Mesías” de G.F. Händel. Al evento fuimos con las ganas de disfrutar del trabajo que buenos amigos habían estado preparando desde hacía seguramente semanas, y a ello se sumaba que la obra del maestro alemán es quizás, una de mis obras más queridas.

No hablaré en esta ocasión sobre la interpretación realizada esa velada, fundamentalmente porque más de la mitad de los músicos y cantantes que esa noche actuaron son o fueron, buenos amigos personales, con lo que todo lo que pueda yo decir sobre su trabajo, está afectado irremediablemente por esos vínculos afectivos.

Lo que motiva en esta ocasión estas letras, tiene que ver no con lo sucedido en el escenario, sino en la gradería, pues tuve la desagradable experiencia de comprobar el grado de encanallamiento en el que está cayendo nuestra sociedad, pues sólo se puede explicar de este modo, lo que con asombro para mí pasó esa noche entre el público.

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Poco tiempo después de iniciada la ejecución de la obra, noté con molestia, que alguien en el público no había silenciado su celular, pues se escuchaba con toda nitidez los avisos que llegaban de numerosos mensajes de WhatsApp al mencionado aparato. Cuando por fin localicé a mis espaldas, la fuente sonora que no dejaba que pudiéramos concentrarnos en lo que importaba en ese momento, descubrí con sorpresa que la persona responsable, lejos de mostrar la más elemental educación, se jactaba no sólo de leer en voz alta sus mensajes, sino que comentaba alegremente con una compañera el contenido de los mismos, además de ver algún video a buen volumen e intentar iniciar una partidita de Candy Crush.

Confieso que al principio pensé que se trataba de una broma, de esas que luego salen en la televisión, me parecía increíble tanto descaro, pero no, era la triste realidad. Mi esposa y yo le dedicamos sendas miradas de furia y lo único que obtuvimos fue un movimiento de cabeza como diciendo: “¿Qué te pasa, tienes algún problema?”. Lo que seguía era directamente discutir con la persona en cuestión, lo que me llevó a pensar que sería totalmente contraproducente, porque se montaría aún más ruido y molestaríamos a un mayor número de personas, por lo que optamos por soportar aquella increíble situación. Tras el final de la segunda parte del oratorio, aquello fue ya insostenible y decidimos marcharnos del concierto. Mientras salíamos de la sala, no dejaba de pensar, ¿En qué momento, en mi terruño, llegamos a este punto que rebasa la grosería?

Y si usted está pensado que es un caso puntual, es cierto, a ello me aferro, pero me temo que este es uno de varios síntomas de algo mucho mayor. Creo que la clave está en la frase final del maestro Escohotado: “O sea, en definitiva, la riqueza es conocimiento. Y sobre todo un conocimiento que le permite el respeto ilimitado por los demás” respeto ilimitado por los demás, ese es el punto que lo vivido por un servidor delata una carencia absoluta de la más elemental consideración para el resto de los que esa noche estábamos en ese concierto. En este caso, es sólo un concierto y aparentemente no pasa nada, pero del mismo modo que no escuchamos a un grupo de artistas que están haciendo su mejor esfuerzo en un escenario, no escuchamos al resto de personas con las que convivimos en esta ciudad, y ello, lo único que nos revela es que estos años han logrado que de tanto sufrir y pasar miserias y penalidades, hemos optado por dejar de escuchar y nos estemos volviendo ya no sólo groseros, sino ruines.

La práctica musical, sobre todo la que se hace en conjunto, requiere que nos escuchemos entre los que participamos de esa ejecución. Eso mismo estaban haciendo los compañeros que esa noche habían preparado “El Mesías” para el público queretano, se escuchaban entre ellos, y permitían que el flujo de esa música fuera un buen ejemplo de lo que tendría que ser nuestra vida diaria. Lamentablemente, parece ser que mientras ellos cantaban, algunos decidieron rebuznar.

Quiero, abusando de vuestra generosidad, simplemente para dedicar estas muy humildes letras, a la memoria de una de las personas que entre otras muchas cosas, me enseñaron a escuchar y a ser un hombre educado y atento con mis semejantes. Hace pocos días nos dejó y ello fue la causa de mi viaje, quiero dedicar esto, con todo mi amor, a la memoria de mi adorado padre, Don Rubén Murillo Rangel.

 

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