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El manuscrito apócrifo del Génesis

Con todos esos dones con los que fue bendecido, esa divinidad hecha a imagen y semejanza de Dios, era el feliz regente del edén que su padre había construido y que había nombrado “Gran Gaia”
El manuscrito apócrifo del Génesis
Foto: Especial
20/10/2019
11:15
César Miguel Morales
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Al principio de los tiempos, cuando no había presencia alguna en el cosmos y solo existía la absoluta oscuridad, el único Dios que habitaba ese páramo desierto de la nada, en su inconmensurable bondad, decidió brindar el más grande regalo que jamás nadie ha otorgado. Con los maravillosos y omnipotentes poderes que solo él poseía, por su decreto divino, comenzó a llenar de vida todo aquello donde posaba sus ojos. Con calma, paciencia y sabiduría, empezó por crear la luz allá donde reinaban las sombras, con una sola lágrima que rodó por su mejilla, formó las aguas saladas de donde se llenaron los mares, al posar sus manos sobre la tierra estéril, instantáneamente se formaron las montañas, los valles, los ríos y los bosques, también sembró la semilla que llenó de plantas y frutos a cada uno de esos primigenios paisajes, las mismas que los animales salvajes mansamente comían, creó el sol, las estrellas, los planetas, así como un hermoso cielo azul donde todas las noches la creación podía observarlas; sin embargo, después de todo ese agotador esfuerzo, se percató que necesitaba a un ser pensante que entendiera la magnificencia de su obra, supo entonces que solo alguien que tuviera un razonamiento similar al suyo podría hacerlo, así que al quinto día de la creación, decidió dar vida a un ser formado a su imagen y semejanza. Dios pinchó su dedo índice, para extraer un poco de su sangre, la cual mezcló con la espuma del mar, de aquella sagrada unión, Dios dio forma a lo que más tarde sería su mayor orgullo, sangre de su sangre; el quinto día de la creación Dios engendró a su unigénito.

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Aquella deidad engendrada por Dios y que estaba destinado a regir bajo el manto de su padre, era alguien muy especial, al ser formado por la sangre de Dios mismo, nació con dones que nadie en ese paraíso poseía, aquel iluminado, tenía el don de la sabiduría para poder administrar con sensatez todos los bienes con los que contaba ese paraíso, podía ascender sobre los cielos para poder admirar la creación desde lo alto de las nubes y llegar hasta el trono de su padre; podía multiplicar los alimentos para saciar el estómago de algún animal malaventurado, tenía el don de caminar sobre las aguas de los ríos y los mares, para llevar a los lugares más lejanos el mensaje de su padre. Con todos esos dones con los que fue bendecido, esa divinidad hecha a imagen y semejanza de Dios, era el feliz regente del edén que su padre había construido y que había nombrado “Gran Gaia”.

Un día, el hijo de Dios observó cómo los animales, montañas y ríos levantaban la vista al cielo para agradecer a su padre el regalo de su existencia, con ojos llenos de lágrimas alababan a Dios y bendecían su nombre, la deidad, al ver todas esas manifestaciones quedó maravillado, aun con su inmensa sabiduría brindada por su padre, no podía comprender cómo todos esos animales pudieran desprenderse de tanto amor, un amor que casi se podía palpar cuando todos ellos adoraban al unísono a su creador. En ese momento sintió como una espina se clavó en su corazón e instintivamente comenzó a desear aquello que su padre representaba para sus hijos, entonces pensó:

“¿Por qué no habría de ser yo a quien esas bestias adorasen?, con mi sabiduría procuro y cuido de ellas todos los días, con mis dones, alimento a las hermanas plantas, a mis hermanos peces y a todos aquellos que caminan o vuelan por la creación de mi padre, ¿qué es lo que necesito para estar a su altura?”. Súbitamente como un rayo de luz en medio de la tormenta, obtuvo la solución que sellaría su destino para siempre, con vehemencia y exaltación exclamó: “¡Si, eso es! Mi padre tiene un nombre tan omnipresente que hace que todos mis hermanos lo reconozcan y se postren ante él, necesito un nombre que haga que nadie pueda desconocer mi existencia, ¡necesito un nombre!” Con decisión en lo que estaba por hacer, ascendió hasta el trono de Dios y con voz suave le dijo:

—Padre mi alma está inquieta, creo que en tu infinita sabiduría, has omitido algo muy importante, algo que llena mis días de desesperanza y amenaza con enturbiar mi corazón.

Dios, con semblante serio, con voz solemne y tranquilizadora le contesto:

—Hijo mío, bien sabes que siempre estoy en este trono para escucharte a ti y a todos tus hermanos, dime pues: ¿Cuál crees que ha sido mi omisión que te roba la tranquilidad y es el motivo de tu abatimiento?

Su unigénito replicó:

—Padre, cuando salgo todos los días a caminar por los hermosos lugares que bondadosamente pusiste a mi disposición para su cuidado, veo con terrible desazón que todos mis hermanos se conocen entre sí y se complementan los unos a los otros, lo hacen porque tienen un nombre que los identifica, las hermanas ardillas, los hermanos osos, los hermanos peces o los hermanos elefantes, todos ellos me ven y sonriendo agradecen mi benevolencia, pero no tienen cómo referirse a mí, con menosprecio me llaman: “Hijo de Dios”, como si mi existencia estuviera irreductiblemente ligada a la tuya, como si yo solo fuera un pálido reflejo de tu sombra, eso hace entristecer mi corazón y llenarme de pena, por favor padre, si en algo me estimas, otórgame un nombre para que todos mis hermanos puedan reconocerme y todos juntos adorarte.

Dios, que había estado escuchando detenidamente las razones de su hijo más querido, con voz pacificadora le contestó:

—Hijo, jamás he querido que tu alma se vea enturbiada por la desesperanza y por la aflicción, si hasta ahora no te he otorgado un nombre es porque quiero que aprendas a ser uno con tus hermanos y que independientemente de los dones que te otorgué, ellos vean en ti a un protector que actúe con benevolencia, para puedas llevar ante ellos mi palabra, además, deben de tener la certeza de que estoy aquí para escucharlos y ser su apoyo en sus momentos de pena y angustia, tú eres el pastor que sirve de guía a mi rebaño, por ello fuiste engendrado a mi imagen y semejanza, para que tus hermanos puedan ver en tus ojos el reflejo de la paz y la felicidad que quiero para ellos, si te asigno un nombre, corres el riesgo de desviarte del camino que he trazado para ti, no quiero que tu espíritu esté sufriendo, por el contrario, quiero que tu alma esté serena para que estés a mi derecha y cuidar lo que yo he puesto bajo tu protección.

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El hijo sin decir palabra alguna a su padre, con cierto resentimiento y con la cabeza agachada, bajo a la tierra, se sentó bajo el pie de un hermoso roble que se encontraba en lo alto de una colina, en ese lugar, solo con sus pensamientos, con un profundo rencor se preguntó:

“¿Por qué habría de esperar que mi padre me otorgue un nombre?, ¿cuál es la razón que le impide reconocerme?, ¿qué es lo que pretende con su desprecio hacia mí?”. En ese momento, la semilla de la ambición surgió de su corazón y mancilló aquella alma hasta ese momento inmaculada, poniéndose de pie, miró hacia abajo desde aquella colina, con semblante decidido exclamó:

“No necesito a mi padre para que mis hermanos me reconozcan, yo me alzaré por encima de toda la creación y todas las bestias verán mi divinidad, ante ello no les quedara otra opción que reconocer mi existencia, a partir de hoy un nuevo orden nacerá”. Extendiendo sus brazos bajo de entre los cielos para promulgar una nueva palabra, su palabra.

El hijo de Dios comenzó a realizar milagros con todos esos dones que su padre le había otorgado, allá donde iba multiplicaba los alimentos, caminaba sobre las aguas y ascendía flotando por entre la multitud de las bestias a las que una vez llamó sus hermanos, los cuales, con azorados ojos, miraban la majestuosidad de aquellas milagrosas obras, los animales extasiados gritaban al unísono: “oh gran señor dinos: ¿Cuál es tu nombre para adorarte?”, aquella deidad con una sonrisa de satisfacción en los labios solo atinó a decir: “Jesús, mi nombre es Jesús”.

Hasta los oídos de Dios habían llegado los rumores de que su hijo más amado estaba seduciendo los corazones de sus hermanos, formado con ello una nueva facción que desconocía a su creador, así que Dios, furioso e iracundo, oscureció el cielo con sus manos y en medio de una tormenta de rayos, descendió hasta donde se encontraba su hijo, las bestias al ver esa muestra de inconmensurable poder, huyeron despavoridas para refugiarse en sus madrigueras, Dios se situó frente al que hasta ese momento era su hijo más amado y dijo:

“Oh desdichado, has desobedecido mi mandato y has utilizado negligentemente los dones que te he bridado, para envenenar los corazones de tus hermanos, ahora viéndote a los ojos quiero saber: ¿Qué tienes que decir a tu favor?”.

Su hijo que ahora se hacía llamar Jesús, sin una llama de arrepentimiento en su mirada, le replicó:

—Mientras yo caminé todos los días llevando tu palabra a mis hermanos, tu jamás fuiste capaz de reconocerme, ahora me doy cuenta de la razón de tu desprecio, siempre quisiste ser el único al que mis hermanos adorasen y nunca te importó tu propia sangre, “Gran Gaia”, lo que le llamas tu creación, es solo un espejo donde solo se refleja tu egocentrismo. Ahora que tengo un nombre al cual responder, mis hermanos han visto en mí lo que antes veían en ti, por esa razón, ellos ahora me siguen y quieren escuchar la palabra que no escucharon de tus labios, no tengo más que decir, que no sea expresar mi regocijo por liberarme de tus ataduras.

Dios, que hasta ese momento había estado iracundo, calmó su ira y miró a su unigénito con el más profundo pesar y con un tono que reflejaba una profunda tristeza le contestó:

—Hijo mío, veo con dolor que la ambición ha mancillado tu corazón, con todo el pesar de mi alma, ya no puedo permitirte caminar entre tus hermanos, hasta que hayas limpiado tu espíritu de ese veneno que corrompió tu fe en mí. Has de saber una cosa, el suelo que estás pisando no es el único lugar que existe en este vasto universo, ni mucho menos el único paraíso que he creado. Cuando llegaste a este edén, me sentí aliviado de saber que podía engendrar, un ser tan especial que pudiera convivir en paz con todos sus hermanos y ser uno con toda la creación, así que un día después de tu advenimiento, creé a otro hijo, el cual, a diferencia de ti, fue creado del polvo y no de mi sangre, le asigné un nombre, pero no le otorgué más dones que su propio razonamiento y libre albedrio, lo llamé Adán y de una de sus costillas creé a su compañera Eva, después de ciertas desavenencias, los envié a un lugar hostil llamado “Tierra”, para que se ganaran el pan con el sudor de su frente, les di la libertad de elegir por sí mismos cómo trazar su destino, misma libertad que ahora te daré y que tanto anhelas, ellos se multiplicaron y tuvieron descendencia que ha abarcado 36 generaciones, ahora es mi deseo que vayas ahí donde Adán padeció y murió por sus pecados, para que puedas ver con tus propios ojos cómo sus descendientes se hacen la guerra y cómo han desviado su camino pervirtiendo mis palabras, necesito que salves sus almas porque en su salvación radicará la tuya. Desde ahora, si quieres volver a lo que fue tu hogar, tendrás que hablar en mi nombre y extender mi palabra, esta debe ser de amor y no de odio o ambición.

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Al terminar sus sagradas instrucciones, Dios cerró sus ojos y con un movimiento de su mano, abrió el suelo donde Jesús se encontraba de pie, lo que lo hizo caer a un abismo profundo, perdiendo el conocimiento.

Al despertar, Jesús se encontraba en un lugar notoriamente distinto al que había sido su hogar, cubierto en paños humildes, se encontraba entre los brazos de una joven mujer que le cantaba una bella canción de cuna, María se hacía llamar esa joven. Jesús, con los sentidos atrofiados y con un cuerpo que apenas reconocía como suyo, cayó en cuenta de todo lo que había sucedido y de cuanto había perdido, sintió vergüenza y pena por haber defraudado a su padre, ante la imposibilidad de hablar, miró los ojos de la que ahora era su madre en ese extraño lugar, en ellos vio a su padre Dios y en señal de arrepentimiento dijo estas palabras que llevó en su corazón hasta su ultimo día en esa tierra:

“Padre, perdóname porque he pecado, quise poner mi voluntad por encima de la tuya, sin comprender que la única razón por la cual lo hiciste, era para proteger mi alma de la angustia que me acechaba, no fui capaz de contener mis pasiones y caí víctima de mi propia ambición, de ahora en adelante, seré el encargado de llevar tu palabra a todos aquellos que quieran escuchar, caminaré por esta tierra bendiciendo tu nombre y lucharé con todas mis fuerzas para que mis hermanos puedan amarse los unos a los otros, no habrá un solo día en que no encamine mis esfuerzos para salvar sus almas y que ellos puedan alabarte como yo debí haberlo hecho, dame fuerzas para reivindicarme y guía mis pasos para hacer tu voluntad y no la mía.”

Así, el “Hijo de Dios” llegó a esa impía tierra a tratar de salvar a sus hermanos, su viaje apenas comenzaba.

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