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#Cuento | Una mantis, Pocahontas y yo

Ayari Velázquez
#Cuento | Una mantis, Pocahontas y yo
Autor: Alicene Beveantari. Cortesía de: https://weheartit.com/entry/28664528
13/10/2019
10:20
Ayari Velázquez
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El amor es algo que he buscado gran parte de mi vida, la fama es algo que bien podría sustituirlo por lapsos. Creo enamorarme no de manera frecuente, pero sí muy intensa. Mi amor es una herida que deja una cicatriz queloide y a la vista, para algunos. Para otros, mi amor es el empuje, la escalera para llegar al éxito emprendiendo la huida de mis fauces depredadoras. Al final mi amor es imborrable, soy una huella eterna, el recuerdo constante.

Una tarde de ocio extremo, me leyeron el café, enumeraré lo que recuerdo:

1.- Tienes problemas no resueltos con tu madre.

2.- Aparece claramente el dibujo de una mantis, es tu animal cósmico. La mantis hembra, después de la cópula, devoran al macho, más preciso, devoran la cabeza del macho. Tu amor es complicado, amarte es difícil, amarte significa la muerte, amarte es para suicidas.

3.- ¿Te gustan los globos de animalitos? Aquí se ven algunos globos, es porque seguramente es importante para ti, conectar con tu niña interior. Hay un pulpo y un ajolote.

4.- Tienes raíces indígenas. Hay una conexión que no es frecuente con esta tierra, la mayoría repela de dichas raíces, para ti son importantes

Interesante lo que un perfecto extraño puede o no atinar. Mi madre murió hace años, nuestra relación sobrepasaba la excelencia. Primer error para el adivino. Mi amor es complicado, difícil, mortífero, suicida. Nada nuevo. ¿Qué prefieren, ser el cazador o la presa? Pareciera que en este mundo es una característica ejemplar la humildad y la derrota. Eso no existe en mi cabeza, alguna vez fui cautiva sumisa de los deseos ajenos. No hay vuelta atrás. Sino evolucionaba, sino renunciaba a mi naturaleza maternal y complaciente, hoy sería el tipo de mujer que no soporto o estaría muerta desde hace tiempo ¿Una mantis? Prefiero una pantera, un tiburón. Amarme es arriesgado, pero amarme es amar la vida.

Globos. Me gustan los globos, es una manera tangente y turgente de amarrar la felicidad con un cordoncito. No he visto globos de ajolotes. Me gustan, son pequeñas criaturitas humanoides. Tiernas, indefensas, hipnotizantes, incomprendidas. Tengo una anécdota con los ajolotes, en la universidad, los primeros años cuando tienes energía y el empuje para cambiar el mundo, esos años antes de que el mismo sistema destroce tus ideales y te humille sin descanso. Aquellos años, tuvimos un proyecto de protección al ajolote en un manglar artificial. Los colocamos un día que alguien los encontró perdidos y se adaptaron bastante bien. Monitoreábamos nuestro pequeño manglar cada hora, teníamos lirios y un pequeño cocodrilo que no representaba peligro para los nuevos inquilinos. Decidimos pedir apoyo a gobierno para poder acrecentar nuestro hábitat artificial, no queríamos dinero, solo una orden de protección, que se considerara un área natural protegida ya que albergábamos una especie en peligro de extinción. Enviamos evidencia de la presencia del misterioso Axólotl y nos dieron una fecha para revisión. Como biólogos nos sentíamos alentados y orgullosos. Pedimos al director de la escuela que nos apoyara con vigilias en el manglar hasta que llegara la fecha citada, después de obtener el título de ANP ya no lo “importunaríamos con estupideces que a nadie le importan y que nada aportan”, estuvo de acuerdo mientras lo dejáramos en paz. No cumplió lo pactado, algunos dicen que los niños y los borrachos siempre dicen la verdad, tal vez un niño pudo habernos previsto que este borracho nos mentía en la cara, como era habitual. Dos días antes de la inspección, alumnos de agronomía habían hecho una presa en donde antes estaba el manglar, con maquinaria arrasaron con todo. No quedó rastro de los pequeños y blandos ajolotes. Cuando reclamamos entre lágrimas y tratando de controlar nuestro léxico, el director nos dijo que existían prioridades, que una presa es útil a diferencia de un “criadero de moscos”. El parecía no saber que ese año se destinaron 35 millones de pesos a las nuevas áreas naturales protegidas. Tal vez fue lo mejor, tal vez el recurso que nos hubiese correspondido habría terminado en una de las cuentas de sus prestanombres, así como en surtir su cantina personal.

De los pulpos, hay uno en especial Thaumoctopus mimicus, el pulpo mimo que es capaz de imitar las morfologías y colores de otras especies marinas para sobrevivir y cazar, pero eso sí, el pulpo artista no adapta la imagen de cualquiera. Entre sus mejores imitaciones están las platijas o flounders, peces planos que nadan ventralmente acariciando la arena donde pueden camuflarse, el pulpo actor nada de la misma forma lo cual le permite ser más veloz que otras especies de pulpo. El pez león, el rey de los peces, también se encuentra dentro del script del pulpo mimo, imita los suaves y mortales velos del pez, evitando que otras especies se atrevan si quiera a rosarlo. Cuando quiere alcanzar presas más pequeñas, esconde su manto en la arena y simula ser una serpiente marina, los pececillos curiosos persiguen sus llamativos colores y entran a un espiral rugoso sin retorno. Ahora, ¿cómo es que logra imitar? La imitación viene de un aprendizaje previo, de un entrenamiento consciente y riguroso, para ser un invertebrado, su capacidad de sinapsis es semejante a la de un roedor. Podríamos pensar que los progenitores preparan a sus crías para la vida adulta, nada más erróneo. Los pulpos son criaturas solitarias, lo que aprenden es producto de su experiencia lo cual corresponde a la memoria de corto y largo plazo, las cuales están en zonas focalizadas del encéfalo. Somos pulpos mimo, nuestra naturaleza imitadora nos ayuda a salir ilesos del peligro, así como lograr ciertas metas. Eso no significa que no seamos originales, al final el pulpo no deja de ser pulpo, simplemente se adapta a la condiciones del medio y logra sobrevivir, como nosotros.

Soy mexicana, claro que tengo raíces indígenas y claro que hay quien se avergüenza de ellas. Nadie tiene que leerlo en el café, está en todos lados, la publicidad que hace ver a los indígenas como suvenires, que los hace ver delicados y sin fuerza para provocar lástima y así los transforman en la banderea de fundaciones y programas de recaudación de fondos. Nada nuevo.

Tengo una visión recurrente en momentos de meditación, antes de dormir o bien cuando no existe un pensamiento persistente; cierro los ojos y me pregunto: ¿Por qué es que siento una profunda unión con mi tierra? ¿Por qué me duele tanto? ¿Por qué el sonido del caracol al viento me pone atenta? Y es que en la visión me vislumbro corriendo descalza en la noche por las calles de Teotihuacán, algo detrás se quema y huyo mientras el caracol suena. Me gusta pensar que fui una princesa de naturaleza salvaje.

Hay muchos tipos de princesas, me dijo mi psicóloga. Disney se ha encargado de construir princesas bastante débiles, no todas, la mayoría. Mi princesa favorita siempre había sido Ariel, porque es una sirena, porque es hija de Tritón, porque es pelirroja, porque es bonita, porque canta, ya saben, lo que es clásico en una princesa. A los 23 empecé a vivir sola y entonces Ariel calló de mi gracia, prefirió casarse con un príncipe cualquiera y dejar a su papá (El rey de los mares), prefirió tener piernas que es lo más mundano y renunció a ser única. Entonces redescubrí a Pocahontas, que se enamoró del enemigo, que hablaba con la naturaleza, que no tenía miedo y que al final decidió renunciar al amor para quedarse a cuidar a su pueblo, porque antes que nada, antes que nadie, está tu raza. Pocahontas, la princesa de naturaleza salvaje.

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