He pasado por una cantidad monumental de doctores, psiquiatras, psicólogos, santeros y hippies que han intentado a lo largo de 20 años dar con una solución a lo que me pasa o decirme cómo es que debo de sentirme con lo que me pasa. Todo inició a los 17 años, cuando los dolores del cuerpo me doblaban y no me permitían levantarme de la cama o, de pronto, una nube de llanto me rodeaba y ponía en duda toda mi percepción de lo que sucedía a mi alrededor. Fue así que empezó mi vía crucis alrededor de la salud mental. Después de varios estudios y de no encontrar ninguna enfermedad que causara lo que me sucedía, me dijeron que lo que pudiera yo tener, porque nadie se atreve a asegurar nada, era fibromialgia. ¿Qué es? Pues básicamente mi cerebro no sabe procesar las señales de dolor y hace que los neurotransmisores encargados de esa función estén en estado de hiperactividad. En otras palabras, mi cuerpo decide tener dolor sin razón aparente. Si esto no era suficiente, la fibromialgia viene acompañada de algunos amigos que siempre se suman a la fiesta: Depresión, ansiedad, insomnio, irritabilidad, gastritis, falta de concentración, olvido, sensibilidad al frío y así podría seguir llenando las páginas. El problema es que es una enfermedad invisible y al ser así, no es validada. ¿Qué es lo que causa la fibromialgia? A ciencia cierta no se sabe, pero los estudios indican que tiene que ver con algún trauma tanto físico o psicológico que haya pasado la persona que la padece, y ese trauma que no se trató de manera debida en su tiempo, causa ahora todo tipo de problemas.

“Es sólo estrés. Es que comes muy mal. ¿Ya intentaste relajarte? Tal vez si lloras un poco se te quita. Lo estás somatizando. Es que eres débil. Se me hace que no quieres trabajar. Tienes que hacer ejercicio. Ponte a dieta. Te falta sexo. Seguro es porque bebes alcohol. Eres muy intensa. No te entiendo. Eres mucho”. Es impensable que una persona deba de pasar dos décadas tratando de buscar una explicación y una solución a sus síntomas y enfrentarse a estos comentarios. Y es que cuando hablamos de salud mental, a la gente le va muy bien dar su opinión respecto a lo que deberías de estar haciendo sin siquiera pararse a pensar cómo se siente lo que estás pasando.

En estos 20 años ha sido más fácil investigar por mi parte y encontrar empatía en otros espacios,  como las redes sociales, que en las salas médicas. He pasado desde diagnósticos mal dados, que duden de lo que digo o siento, que me digan que la única forma de poder encajar en sociedad es mantenerme somnolienta con medicamentos, o doctores que toman la decisión de darme un tratamiento sin comentarte los efectos secundarios que éste puede tener en mi vida a largo plazo. Porque la salud mental es así en nuestro país: “No hables, no te quejes, no inquietes. Mantente drogada, sedada y tranquila. No molestes a los demás”.

Lo peor es que es caro: 2 mil pesos de terapia; mil 500 pesos del gimnasio, donde den yoga y natación; mil pesos de consultas médicas; tres mil  pesos en medicamentos para la ansiedad, depresión, dolor, gastritis, insomnio, etcétera; dos mil pesos  en alimentos especiales; dos mil 500 de estudios para ver que el medicamento no haya terminado con tu riñón; hasta 15 mil pesos para que te den toques en el cerebro, sí, ya pasé por eso. Y lo peor, no hay seguro médico que lo cubra porque la salud mental no es parte de la agenda de las aseguradoras.

Ahora bien, el reto es encontrar un trabajo en el cual te paguen lo suficiente para cubrir todo tu tratamiento y además sean seres empáticos que entiendan por lo que pasas, lo validen y no te generen más problemas de los que ya tienes. Sólo falta que tu médico te diga que dejes tu trabajo, el cual  paga esas consultas, porque te está agravando los síntomas. Sí, también me ha pasado. Pero la realidad es que, en el trabajo, si decides hablar abiertamente de lo que estás pasando, pueden tratarte como una persona con pretextos, floja y sin ganas de trabajar. Pueden dejar de considerarte para proyectos y todas las actitudes que tengas, aunque no tengan que ver con tu estado mental, lo relacionan a ello, porque para todos estás loca.

Obviamente esto permea en las relaciones personales y de pareja. Porque va contigo acompañándote una vocecita que todo el tiempo te dice que nadie va a aguantar tus problemas, que la gente sólo quiere convivir con personas que están felices todo el tiempo, que seguramente no eres suficiente y que vas a dar muchísima hueva cuando cuentes lo que te pasa. Peor aún, no se te ocurra que uno de tus medicamentos haga corto circuito o tengas un break down en alguna cita, porque no volverás a saber de esa persona o serás bloqueada.

Y a ver, no, no todos mis días son miserables. Hay mucha felicidad a mi alrededor, pero un gran porcentaje de mi día necesito un esfuerzo extrahumano de mi parte para funcionar. Las personas con problemas de salud mental no queremos que nos rescaten de nada, sólo queremos convivir con personas que puedan escucharnos, que no se alarmen cuando tenemos un ataque de ansiedad, o hablamos de temas de depresión o a veces hasta de suicidio. Lo que se necesita para prevenir este tipo de situaciones, antes que medicamentos y ejercicio, es espacios seguros y de confianza donde podamos expresarnos sin ser juzgados. A los que sufrimos desde hace años de enfermedades mentales, se nos ha tachado de hipersensibles. Pero lo que no se entiende es que aceptar que no estás bien y que necesitas ayuda, es de personas valientes. Es un acto de amor propio voltear hacía dentro, enfrentar fantasmas, llorar, sanar culpas, pedir ayuda y mostrarte vulnerable. Es un acto de fe mostrarte frágil en un mundo que no es flexible, sin tacto y empatía. Es un acto revolucionario alzar la voz y exigir mejores tratos, cuestionar a los médicos y enfrentar a tu círculo social.

Porque somnolientos y callados no sanamos nada. Agravamos nuestros síntomas.

Una parte de mí el día de hoy da gracias que las personas hayan tenido que parar, que tuvieran tiempo de estar solos, sin ruido, para escucharse, voltear a verse y lidiar con todo lo que ignoraron antes. Porque no es que ellos no sufrieran de ansiedad o de depresión, lo ignoraron, lo escondían atrás de actividades, gente, compañía, ruido.

Ahora son capaces de ver todo por lo que se hacían los fuertes, todos los pensamientos que dejaron pasar, todas las emociones que reprimieron. Ahora pueden ser más amables consigo mismos, darse cuenta que eran ellos los locos, que se habían abandonado y que es tiempo de volverse a amar, de dar importancia a sus emociones, validar lo que no se ve, pero se siente.

Hoy los que estábamos locos parecemos más sanos que los demás, ya que nos llenamos solos de herramientas para salir adelante, que hoy nos sirven muchísimo para guiar a los que apenas inician este camino de sanción.  Ahora puedo ver llorar a mis amigos y familiares, depurarse, hablar de sus emociones y validar lo que ha pasado en su vida. Hoy veo a más personas yendo a terapia y más padres preocupados por la inteligencia emocional y la salud mental de sus hijos. Hoy me alegro que se están rompiendo los patrones que como sociedad permitimos por mucho tiempo y que estamos haciendo que las nuevas generaciones tengan un espacio seguro en donde expresar cómo se sienten sin ser juzgados o tirados de locos.

Que éste sea el comienzo de mucha gente que pueda hacer las paces consigo misma, que esté llena de empatía, de más doctores que empiecen buscar el verdadero bienestar de sus pacientes y de un gobierno que ponga la salud mental como prioridad en temas de salud nacional.

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