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#Cuento | La Isla de En medio

Cuento
#Cuento | La Isla de En medio
Foto: Especial
18/08/2019
06:40
Ayari Velázquez
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Cuando tenía 16 años, aprendí una lección que casi me costó la vida: La belleza solo se pertenece a sí misma. Mi aventura tiene sede en la Isla de Enmedio, lugar obligado para vacacionar en mi familia desde que mi hermano Carlos decidió estudiar en el Colegio Antón Lizardo para volverse marino.

Salíamos a las seis de la mañana de la Ciudad de México, aunque nosotros desde las cinco, ya estábamos listos. Empacábamos las casas de campaña, platos, pocillos, ollas, sleepings, toallas, aletas en la cajuela de la Rambler 69 de mi papá. En una bolsa de mano, mamá empacaba los sándwiches, cacahuates, galletas Marías y papel de baño; en el camino a los más chicos les tocaba ocuparse de repartir la comida y el arte de llenar los vasos con Escuis sin derramar una gota, mi responsabilidad era cuidar los visores y tanques junto con la cámara Kodak de mi hermano Galo, quien le ayudaba a papá con la manejada.

Nos gustaba hacer casi un día de viaje, porque así podíamos pasar a desayunar barbacoa por pirámides, nadar en una cascada de Xicotepec de Juárez y cenar en La Ceiba, donde hacen los molotes de pollo más deliciosos de todo El Bellaco. La cascada siempre fue mi parada favorita, el agua era cristalina, refrescante y el olor de los árboles y piedras de húmedas creaba un ambiente del cual no querías salir, era como si el tiempo se detuviera, como si el tiempo fuera agua. Jugábamos a ver quién aguantaba más la respiración, a encontrar tesoros, a saltar de la cascada gritando cualquier tontería. Pasadas unas horas mi papá daba la instrucción de irnos, mi mamá corría con las toallas y ropa seca. A pesar de que éramos muchos,

En ese viaje, ya cuando los más chicos iban dormidos y los grandes hablaban de sus cosas, me senté al lado de mi papá y le pregunté:

—¿Por qué siempre vamos a la Isla papá?

—¿No te gusta? —me preguntó sonriendo.

—¡Me encanta! Pero también hay otros lugares a los que tiene mucho que no vamos.

—Vamos porque es la única ocasión que tenemos en el año para estar con tu hermano Carlos, la familia siempre debe procurar estar unida. Tú ves a mamá y a tus otros hermanos todos los días, él solo nos ve en vacaciones hijo.

—Ya entendí ¿Y por qué Carlos quiso ser marino? ¿Tú le dijiste?

—Carlos decidió ser naval por vocación, aunque tal vez la inspiración le vino de mi compadre el Contralmirante Arturo Elliot Marshall. Era un hombre de extraordinaria personalidad. Tu hermano siempre le preguntaba sobre las insignias de sus trajes, se cuadraba al saludarlo y escuchaba atentamente a todas sus historias. Siempre fue un gran amigo, es por él que tu hermano Arturo se llama así.

Quedé satisfecho con la explicación y el resto del camino me dediqué a escuchar las canciones del radio.

Llegando a Antón Lizardo nos esperaba mi tío Odón, quien además de estar a cargo del faro de la Isla, era cazador de tiburones y la tía Carmela quien siempre nos llenaba de amor, besos y comida. Ya tenía lista las jaibas al ajo cuando llegamos. Comimos rápido porque ya queríamos recoger a mi hermano Carlos, que ya nos estaría esperando con su elegante traje blanco. Recuerdo que mamá y mi tía Carmela lavaban dichos trajes con una mezcla de ceniza y agua de lluvia, la dejaban asentar y nos prohibían estar cerca de las cubetas porque nos podíamos quemar. Ya cuando terminaban de secarse, me gustaba estar cerca para cuando empezaban a planchar, pues se despedía un olor almidonado que se fundía con la brisa del mar, ese era el olor de mis vacaciones.

Ya con Carlos en la Isla, comenzaban las expediciones y las nadadas. Salíamos a pescar con mi tío Odón quien nos enseñaba a hacer nudos para los anzuelos y a preparar carnadas infalibles.

—Este mero que ven aquí, es el pez león y así como lo ven de bonito, así es de venenoso. Esos colores tan chillantes indican peligro, así que por nada del mundo se acerquen a él. No quiero andarle debiendo chamacos a su papá ¿Entendieron?

Todos asentimos, siempre atendíamos a las indicaciones que nos daba mi tío, porque él conocía la isla desde hacía más de 40 años y era un hombre muy sabio, tosco en su trato pero jamás dudamos de su cariño. Él era un hombre de mar y no le gustaba mucho salir de la isla, decía que prefería la compañía de las olas y los animales, que de las personas, porque en sus animales siempre existía más pureza e inocencia que en las personas: “Los tiburones pelean limpio y en la lucha te llevan a probar tus límites, te conectan con el lado más primitivo, te remontan a los tiempos en los que la palabra de un hombre era valiosa y las guerras purificaban procesos” Como lo dije, era un hombre sabio.

Un día lo convencimos de llevarnos al cine a ver Tiburón, pensamos que sería una buena idea llevarlo a ver una película de un animal al que él llamaba con cariño, “Mi Capitán”. Es curioso que se dedicara a cazar al animal por el que sentía más admiración y devoción, o quizá era la manera en la que el luchaba consigo mismo para transformar sus miedos en algo grandioso y magnífico.

Llevarlo fue un fracaso total, primero se quejó sobre el precio de las palomitas alegando que era vil maíz y que pagar tanto por él era absurdo, pero bueno al final de cuentas terminó por comerlas, al llegar a la sala nos sentó por números y nos dio indicaciones de que cuando el dijera “Uno” los demás tenían que ir respondiendo con su número en orden ascendiente, para cerciorarse de que estábamos todos, está de más decir que repetimos la dinámica unas seis veces antes de que comenzara la película, mi tío solo quería cerciorarse de que habíamos comprendido e ignoró el hecho de que causábamos molestia entre los demás espectadores, claro que a él no le importaba en lo absoluto. A veces pensaba que solo nosotros éramos las únicas personas que le agradábamos en todo el mundo. Empezó la película y todos estábamos emocionados porque al regresar a la isla, tendríamos un millón de ideas para jugar. Mi hermana Joselú me tenía agarrado el brazo y cuando apareció el tiburón en escena todos gritamos y cuando digo que todos gritamos es porque mi tío Odón también lo hacía, solo que a diferencia de nosotros, no lo hacía por emoción sino con ira. Hasta el día de hoy no he visto a alguien más indignado que mi tío en ese momento: “¡Eso es una mentira! ¡Una gran mentira!” Se puso de pie y corrió frente a la pantalla para seguir gritando e insultando ahora al tiburón: “¿Cómo pudimos pagar por ésta porquería? ¡La gente no es tan estúpida para creer esto!”

Está de más decir que nos sacaron de la sala y por más que mi tío pidió un reembolso, no se lo dieron. La mayoría de mis hermanos se veían preocupados pero a Carlos y a mí nos parecía muy divertido.

—Ellos no saben nada tío, no se enoje —le dijo mi hermano dándole una palmada en el hombre.

—Es un insulto a la inteligencia de las personas y al mar ¡Vámonos con los tiburones de verdad!

Todos nos alegramos dando chiflidos y aplausos. La Isla en la que todo aquello que la rodeaba y habitaba era real, era mejor que cualquier película.

Después de las cinco de la tarde ya no podíamos salir a bucear, solo nos permitían nadar con el snorquel lo más cerca a la playa. “El mar cambia de humor y no todos son bienvenidos, mejor no le jueguen” decía mi tío Odón. Entonces tomé las aletas y el visor para echarme una última nadada y ver si podía rescatar algún coral para regalarle a mi mamá. En esos años, no sabíamos que éramos depredadores del mar, hasta hoy que recapacito aquella vida de Tarzanes me doy cuenta del daño que provocamos sin querer.

Encontré el coral después de una media hora de merodear entre el arrecife y entonces vi a una de las criaturas más hermosas, era un pez majestuoso, de su cuerpo anaranjado brotaban velos con franjas rojizas y blancas ¡Era el pez león!, pensé que a mis hermanos les impresionaría tanto como a mí y el título como “el gran cazador” por fin sería mío. Tiré el primer arponazo y ágilmente, la maravillosa criatura se dedicó a la huida. Si podía cazarlo con el arpón, no tendría que tocarlo en ningún momento, por lo tanto no podría lastimarme, mi tío Odón dijo que no había que tocarlo con la mano… no dijo nada sobre cazarlo con alguna herramienta.

Nadé tras él y por momentos sentía que estábamos dentro de un juego que ambos disfrutábamos, yo sintiéndome el amo y señor de los mares y él siendo el tesoro inalcanzable. Se escondía, me observaba, se paseaba entre mis aletas y regresaba a la delantera, aquella danza era hipnotizante y cada vez me alejaba más del origen y del propósito. Un estruendo rompió la armonía de las ondas marinas y entonces todo se volvió oscuridad, una sombra cubrió la superficie en la que mi presa y yo retozábamos. Miré hacia arriba y una mantarraya envolvía nuestro entorno, solo entonces tuve noción del tiempo y salí a la superficie. Estaba anocheciendo y no alcanzaba a ver la isla. Tuve miedo y lo primero que se me ocurrió fue seguir a la mantarraya. Anocheció, sentía que no podía seguir nadando, pero algo dentro de mí seguía braceando, pataleando. No conocía el mar de noche, parecía otro, los años que tenía visitando la Isla de En medio no me habían preparado para algo así.

Vi una luz… la luz del faro y mi espíritu se avivó, supe que no estaba tan lejos. Conforme me acercaba escuchaba mi nombre, cada vez más fuerte y más cerca de la playa y el miedo regresó. Tuve el pensamiento consecuente que todos tenemos cuando niños después de haber hecho algo que está prohibido, mi lógica dictó: “Mis papás me van a matar, si el mar no lo hizo seguro ellos sí”. Poniendo un pie en la isla todos corrieron a abrazarme, después mis hermanos mayores me regañaron pero no dejaban de acariciarme la cabeza y procurar mi estado físico.

—¿Estás bien? —dijo mi papá.

—Sí —respondí sin mirarlo a los ojos.

—¿Qué estabas haciendo?

—Quería pescar un pez con velos, un pez rojo con blanco…

—¡Pero que muchacho tan tonto! —interrumpió mi tío Odón— Era un pez león Federico ¡Son venenosos, carajo, se los expliqué!

—Date un baño y cena algo, ya tuviste bastante por hoy —dijo mi papá abrazándome fuertemente.

¿Quién diría que una mantarraya salvó mi vida? El mar también es bondadoso.

 

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