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#Cuento| La herencia de Annabel

Humbert según Lolita Parte 2 (Final)
La herencia de Annabel
Autor: Balthasar Kilossoski, "Balthus". Cortesía. www.ilfoglio.it
28/07/2019
10:01
Redacción Querétaro
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Humbert según Lolita Parte 2 (Final)

Annabel era el nombre que hacía eco en mi cabeza, una vez que Humbert se retiraba exhausto de mi cuerpo. Ella era la causante de mi desdicha, ella era el origen de mi desventura y la vida cruelmente me quitó la posibilidad de buscarla, de suplicarle que me liberara de su embrujo porque, como todo lo que Humbert toca, ella también había muerto. El primer amor del profesor, sublimado en mi esencia por un accidente trágico de la vida. Es duro creer que solamente vine al mundo a ser la Lolita de Humbert. No pude ser Dolly la bailarina, ni Dolly la gran actriz, para la literatura solo fui Lolita: la nínfula seductora.

Hoy tengo la oportunidad de cambiar la perspectiva de mi nombre, es por eso que señoras y señores del jurado, presento ante ustedes algunas pruebas escritas por el profesor, en las que describe y justifica sus gustos y tabúes placenteros. Encontraremos también expresiones que denotan culpabilidad y vergüenza, no se dejen engañar, nadie que sienta vergüenza por sus pasiones, escribe sobre ellas con tanta vehemencia. No existe arrepentimiento en sus palabras:

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Él entendía su pecado y aun así lo justificó hasta el final de sus días. Pero ese no es mi dolor, viví a su lado, cuatro años acompañándolo hasta lo más profundo de sus delirios, haciendo realidad cada una de sus fantasías en todos los cuartos de hotel en los que me metía y guardaba celosamente. Mi dolor viene de aquellos quienes han leído su historia y creen que yo soy la culpable, que yo era realmente una nínfula demoniaca que utilizaba una serie de artimañas sexuales para alimentar mi vanidad. Les pido, señoras y señores del jurado, que se tomen un momento para reflexionar lo anteriormente citado y entiendan que si existe un ser demoniaco en esta historia, es él.

Muy pocos saben que Humbert tuvo un matrimonio antes de casarse con mi madre, con una mujer a la que no amaba, como a mi madre, que al contrario, aborrecía, como a Big Haze. El matrimonio era una cortina gruesa y negra, con la que cubría sus escapes nocturnos con nínfulas de colores, se vestía de ellas largo tiempo y cuando el sabor a fresas con crema se iba de su paladar, regresaba por más, hambriento y nunca satisfecho. Huntbert el cazador. Es poco conocido que aquella mujer decidió dejarlo por un hombre no sólo más joven sino menos adinerado y que el dulce profesor, herido en su ego, habría planeado matarla disparándole en la cabeza el día que ella fuese a sacar sus pertenencias del apartamento que compartían. No lo hizo. Sin embargo el tiempo le dio la razón y ella murió en el parto. Su nombre era Valeria.

El año peregrino que pasó Huntbert, buscándome la pista, no lo hizo solo por supuesto. Llegó entonces Rita a suplir mi lugar. Ella conocía solo un poco de la naturaleza del cazador: “Estoy buscando a una chica y trataré de agujerear al matón que se la llevó”. Se le olvidó mencionar que aquella chica había decidido huir, que por años fue sometida y bañada en miedo constante, que su madre había muerto arrollada en su intento de huir de la realidad en la que su marido deseaba a su pequeña hija. Hija que no deseada, pero que no permitiría, por vanidad, que él se acercara a ella. Rita fue abandonada cuando Humbert recibió mi carta. De nada Rita.

Annabel, Valeria, Big Haze, Lolita, Rita. Los hombres deberían hacer una lista de las mujeres que han sido parte de su vida y analizar si es que fueron buenos y amorosos con ellas y claro, si ellas también actuaron de la misma forma. O por el contrario si es que las abandonaron, que jugaron con sus sueños, que disfrutaron de sus mieles por la fuerza y parar, no volverlo a repetir. Tales actos los convierten en seres involucionados, en bestias feroces, en máquinas de acoso, en asesinos. Humbert hizo una lista y la bautizó como “Desafortunados incidentes”, todo lo cometido fue trazado por el destino. Ustedes saben, señoras y señores del jurado, que no fue así. Todo fue planificado, para satisfacción del acusado.

Lolita es un ser precoz que fue “profanada” a los trece. No fui profanada, fue voluntario y él lo sabe, siempre lo supo. Charlie, el chico del campamento.

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Voluntariamente entregué mi cuerpo al joven Charlie, como parte de un juego de pubertos que no saben de otra cosa más que de meter la lengua en las gargantas y tocar bruscamente el área donde comienzan a brotar los senos. Charlie tenía trece años también. He sido criticada brutalmente por esta situación: Lolita revolcándose en el bosque con el hijo de la directora del campamento, pero claro que Lolita estaba lista y más que dispuesta para las artes del amor con los hombres. Lolita lo buscaba desesperadamente. Charlie era un jovencito, como yo. Un niño si nos remontamos a la ley inglesa antes mencionada. No hay manera de comparar a Charlie con Humbert. No hay proporción, no existen argumentos.

Dolly: trece.

Charlie: trece.

Humbert: cuarenta y ocho.

Estoy consciente que mi historia no cambiará la referencia histórica que existe sobre mi nombre, pero confío en que las señoras y señores del jurado ahora tienen un panorama más completo de aquella historia en la que un escritor se enamoró de Lolita, es todo excepto una historia de amor.

Fallecí como él lo predijo, antes de que saliera Lolita como una novela.

Él murió también, al tiempo que terminó de escribirme.

El único sentido que le veo a mi muerte es el haber salvado con ella, la vida de mi hija. Humbert escribió al final de su novela que deseaba que mi hijo fuera varón, yo también lo deseaba. Pero parece que ser nínfula es una maldición que se transmite entre generaciones y ella sería el eco de todo el dolor acumulado. Por eso decidí que al partir, ella se iría conmigo, quitándole la posibilidad de ser algún día: La hija de Lolita. Lolita el objeto, Lolita el fetiche, Lolita de Humbert.

 

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