Cuento. El género como patente intelectual | Querétaro

Cuento. El género como patente intelectual

La escritora Ayari Velázquez comparte un texto sobre la idea de que el intelecto proviene de la “virilidad” y la minimización de la mujer

Cuento. El género como patente intelectual

Cuento. El género como patente intelectual

Vida Q 07/11/2021 11:00 Ayari Velázquez Actualizada 11:03

“Las mujeres han vivido todos estos siglos como esposas, con el poder mágico y delicioso de reflejar la figura del hombre, el doble de su tamaño natural”, Virginia Wolf

Mi mamá, devota lectora, sembró una semilla literaria y filosófica en mí. Alguna vez me platicó que, al tener seis meses de embarazo, acudió a un conversatorio que ofrecía Juan José Arreola en la sala Nezahualcóyotl en conmemoración a la obra de Juan Rulfo, dice que sentía cómo me movía animada dentro de su vientre y que pensó: “Todos esperan un varón, pero solo una mujer y una artista puede disfrutar prenatalmente de la literatura”. No se equivocó.

Crecí entre mitos griegos, poemas de Pablo Neruda, cuentos que me hacían reír como la “Tona” de Bruno Traven, “El rastro de tu sangre en la nieve” de García Márquez que me mantenía al pendiente de cualquier cortada accidental en mis manos, no quería morir desangrada como la protagonista; visualizando mi físico como el de Mariana, bonita y elegante de Las Batallas en el Desierto de José Emilio Pacheco, sin su trágico final claro.

Cuando a los 26 entendí que las letras eran el sueño, me adentré en sus profundidades y como lo había descrito el domingo pasado, tenía la idea de que nada turbio o podrido podía provenir de ellas. Leí en la entrevista que le hizo El País en 2018 a Vargas Llosa: “Ahora el más resuelto enemigo de la literatura, que pretende descontaminarla de machismo, prejuicios múltiples e inmoralidades, es el feminismo”. Vargas Llosa nunca ha sido de mi agrado literario, decidí no darle importancia. Quise apartar a mis autores predilectos de aquella cloaca, Nietzsche y Faulkner rondaban mis guardias nocturnas del trabajo, “ellos no se expresarían de esa manera, son seres evolucionados”, pensé. Seguí leyendo entonces: “Las mujeres son animales de pelo largo e ideas cortas”, dijo Schopenhauer, filósofo alemán; “Todo en la mujer es un enigma, y todo en la mujer tiene una solución: se llama embarazo”, Nietzsche, el primer rostro que tuve de la filosofía; “Las mujeres no son más que órganos genitales articulados y dotados de la facultad de gastar todo el dinero del marido”, William Faulkner, novelista y poeta estadounidense del siglo XX; “La mujer no necesita escritorio, tinta, papel ni plumas. Entre gente de buenas costumbres el único que debe escribir en la casa es el marido”, Molière, dramaturgo francés; “Las niñas sufren toda la vida el trauma de la envidia del pene tras descubrir que están anatómicamente incompletas”, Sigmund Freud…

Envidia del pene al descubrir que están anatómicamente incompletas. Yo no siento que me nada me haga falta y menos colgando, carajo ¿A quién estoy leyendo? ¿Acaso mis autores favoritos tendrían vestigios del macho que abunda en la mayoría?: “Lo único que me duele de morir, es que no sea de amor” escribió García Márquez que su última obra Memoria de mis putas tristes resulta ser una apología a la violación, la misoginia y la violencia contra las mujeres, recibió el mismo aplauso que sus magníficas obras anteriores. Al libro en cuestión no le falta detalle: todas las mujeres son malas y/o putas salvo la madre del protagonista, un ángel, por supuesto; todas las mujeres a su disposición sexual, incluidas las niñas —pobres, eso sí— porque las que no lo están pueden ser violadas y después, también prostituidas, ninguna de las protagonistas habla, todas son mudas. Cuando se publicó el libro, corrí a comprarlo, porque el mismo García Márquez decía que aquel libro era una de sus visiones más personales de la vida y de la pasión. Me costó meses terminarlo, por las escenas de violación entre cada página y por la sola idea de que uno de mis autores favoritos estuviera develando su verdadera naturaleza. Los defensores utilizaron el manido argumento de que solo era ficción. Sí y toda ficción tiene raíz en la verosimilitud.

Les llamamos “intelectuales” incluso “genios literarios”. El concepto de intelectual, según la RAE: Persona que se dedica fundamentalmente a actividades o trabajos en los que predomina el uso de la inteligencia ya sea en las artes o la ciencia. Las frases previamente citadas fueron expresadas por supuestos intelectuales. ¿Cómo deberíamos nombrarlos entonces? ¿Estúpidos? Estúpido: necio, torpe, absurdo, carente de inteligencia (RAE). Estúpidos me parece más acertado.

Elena Poniatowska tiene un libro llamado Las Indómitas en el que habla de algunas colegas: Nellie Campobello, Josefina Vicens, Rosario Castellanos, entre otras. Narra cómo fue su paso por el mundo literario, cómo es que no eran tomadas en serio por muchos de sus compañeros escritores, Octavio Paz por ejemplo quien percibía a quien fuera su esposa, Elena Garro, como todo, menos como un ser capaz de crear, jamás a su parecer una mujer podía aspirar a la intelectualidad, porque para él esa característica es exclusiva de hombres, Paz quien a mi parecer gran parte de su éxito literario lo debe a Elena, nunca fue capaz de reconocer su talento. Si la prosa de Garro hubiera salido a la luz antes de que Paz brillara, tendríamos una perspectiva distinta sobre quién era la genio en esa relación, pero volviendo a lo que expresa Poniatowska sobre la mujer que pretende escribir: “La mujer sirve para dormir, ¿no?, me dijeron en algún periódico y pensé que ni siquiera eran percibidas como almohadas, sino como colchones y me dije ¡¿Cómo es posible!? Siempre se piensa que si la mujer consigue algo que está lo hizo a través de la cama”. La cama entonces, es sinónimo de mujer. Y es triste que esta teoría nauseabunda sea la primera respuesta en el pensamiento colectivo porque es aceptado por otras mujeres también.

Hace poco, la editorial Planeta publicó Cuerpos, una antología de relatos femeninos. La premisa de Cuerpos parece aceptar el patrón cultural de que lo masculino es lo correcto, lo racional; y lo femenino es lo desviado, lo corporal. En la contraportada de este libro se lee: “Pezones que arden, tetas lactantes. Vientres rajados y entrañas invadidas. Clítoris que vibran. Piel sin tacto. Hipertiroidismo. Piernas atrapadas, abiertas, frías, pesadas”. Me pregunto: si soy escritora y mujer, pero mi clítoris no vibra, ¿realmente puedo considerarme mujer o escritora? ¿Acaso el único lugar que la industria editorial encuentra para nosotras es la de presentarnos como cuerpos fragmentados, tetas lactantes o piernas abiertas?

¿Qué hacemos con estos genios tan genios, con estos revolucionarios tan revolucionarios y tan poco hombres? ¿Les subimos a los altares aún a costa de todas nosotras? No más. Basta. La época que les permitió expresarse de esa forma ya no existe, como no existe el manifiesto que patente que la intelectualidad, la inteligencia, la creatividad provienen de un falo; la testosterona es una hormona que se encarga del crecimiento del vello en los varones, mantiene el impulso sexual y regula la producción de espermatozoides, nada tiene que ver con los procesos cognitivos, es biología básica. Existen artistas que tienen la idea de que su intelecto proviene de su “virilidad”, resulta patético, insólito que no conozcan la funcionalidad de los órganos que más parecen importarles… tal vez ese es su problema, razonar con la cabeza equivocada.

Nada menos evolucionado que atribuir la capacidad creativa a tus genitales.

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