Epitafio Malpaso había escapado de la muerte durante cada año de su vida.

—Este es el bueno —se decía a sí mismo— el número de la suerte—, según el tarot y la adivina que se escondía tras los aparadores de las tiendas que frecuentaba con regularidad—. Por fin la tragedia acabará conmigo —estaba convencido—. Por fin cumpliré mi sueño de formar parte del club de los 27—. Pero si eso no bastaba, la bruja que había visitado en el pueblo volvió a reiterarlo: su cumpleaños vigésimo séptimo sería el último que verían sus ojos.

Desde que vio la luz, Epitafio tuvo experiencias con el más allá que siempre lo regresaban un poco al más acá. El embarazo de su madre fue de alto riesgo, tuvieron que aplicar cesárea porque el cordoncito que lo mantenía con vida se le había enredado en el cuello y estaba por matarlo dentro del vientre materno. Fueron largas las horas en que los doctores trataron de mantenerlos respirando. La madre resistió lo más que pudo, pero por desgracia, murió antes de conocer al pequeño.

Malpaso fue criado por su abuela. A los tres años se atragantó con un hueso de pollo y a los cuatro, un alacrán güero encajó su aguijón en la tierna piernita del pequeño. Era sorprendente que por la mañana aún continuara con vida. Si no fuera por la anciana que todas las mañanas lo despertaba a jicarazos, jamás se hubiera imaginado lo que aconteció la noche anterior. Fue llevado inmediatamente al hospital, aunque el diagnóstico no era alentador.

El padrecito del pueblo ya lo daba por muerto y fue a ofrecerle el último de los sacramentos. Familiares se reunieron en torno al niño llorando la desgracia, pero por obra de la “Virgencita de Guadalupe” (o al menos eso decía la abuela), el pequeño comenzó a mover sus bracitos y respirar con regularidad.

A los 14, Epitafio disfrutaba de los placeres que trae consigo la adolescencia. Fue en esa etapa que decidió que el rock formaría parte de su vida (corta, porque así lo deseaba, para convertirse en una estrella). Por las mañanas practicaba con una guitarra vieja las rolitas de Nirvana, El Rey Lagarto y Janis Joplin, que pasaban en el cachivache que tenían por televisión. Las tardes eran el pretexto perfecto para salir con los cuates e irse a la presa de Los Pirules. Uno de ellos llevaba la radio a todo volumen y todos cantaban a coro “Las piedras rodantes” del Tri (la única que pasaban a esa hora). Otro simulaba traer consigo una guitarra y Malpaso se tiraba en la tierra gritando: ¡Mamá prende la tele...!

Llegaban al charco y con ello crecían los deseos de mostrar sus increíbles habilidades para tirarse al agua, en un giro doble con sonrisa de autosuficiencia. La música continuaba de fondo infundiéndoles valor. Cada uno se colocaba en la puntita de la roca más grande y caían de panzazo creyendo que su salto había sido el más chingón.

Llegó el turno de Epitafio. Por un momento el agua le pareció tan oscura que sintió miedo. Sus amigos regordetes silbaban para ejercer presión llamándolo gallina. Esto le enfureció tanto que se aventó sin recordar que no sabía nadar.

Las risas inundaron el lugar, pero pronto desaparecieron cuando Malpaso no salía. Uno de los chicos corrió a pedir ayuda tirando la radio de la que sólo se escuchaban las notas tristes de un solo de guitarra. El chiquillo más grande decidió aventarse y buscar al joven. Dio con un brazo y lo sacó a tirones. Al no saber cómo reanimarlo, comenzó a golpear el pecho torpemente repitiendo:

—¡Despierta pendejo! Si serás imbécil… Me van a chingar por tu culpa si te mueres.

Para alivio de todos, Epitafio despertó y de aquel susto sólo un fuerte resfriado obtuvo.

Todos conocían a Epitafio por su raro gusto musical, pero sobretodo, por su buena suerte. Niños y adultos comenzaron a invadir su espacio personal. Cuando lo tenían cerca, no dudaban en pegársele, tocarlo y ver si así “se les adhería un poquito la buena fortuna”. Alguna vez, un viejito loco intentó extraer su sangre con una jeringa de dudosa procedencia y así enviar la muestra al Vaticano para dictaminar si su existencia se trataba de un “milagro del Señor”. Poco faltó para que Malpaso fuera considerado un Santo; sin embargo, los planes del viejo acosador siempre se veían interrumpidos.

Ante tanto agobio, el joven decidió escapar de aquel lugar sin avisar a nadie, con excepción de su abuela. Probó suerte en la gran ciudad trabajando de mesero arduamente para comprar el instrumento de sus sueños. Entró a clases de guitarra por las noches y formó una bandita que ofrecía toquines en el bar de la colonia donde rentaba.

A los 20, Epitafio se vio envuelto en una riña que lo dejaría con varias lesiones: navajazos y un golpe en la nunca que lo llevaría de nueva cuenta al hospital.

Los doctores y enfermeras sabían su perfil de memoria. Lo dejaron esperando unas cuantas horas en urgencias para atender a otros pacientes. La fama de Malpaso era tal, que sabían que de esta también se libraba. Y así fue, el joven fue dado de alta al día siguiente, con indicaciones de reposo y curaciones constantes para las heridas.

Unas cuantas cervezas y una coca de lata fueron su alimento por los días no laborables. Ya recuperado siguió con el agotador anhelo de conseguir buena reputación como artista. Cambiaba de bares, envió varios demos a disqueras de prestigio, muchas de las cuales no le permitían el acceso más que a la caseta de vigilancia, prometiéndole que su paquete sería entregado.

Compró una chaqueta de cuero negro y paseaba orgulloso por los barrios, aunque la temperatura rebasara los 30 grados. Estaba seguro que una vez que cumpliera la edad que le esperanzaba, los demos olvidados pararían en los escritorios de ejecutivos importantes en cada una de las disqueras, y así como en una partida de cartas, la suerte abrazaría su tumba y en la radio de cada ciudad del mundo sonarían los éxitos recién descubiertos de Epitafio Malpaso, joven prodigio perteneciente al club maldito.

Le llegaron los 25, más abrumado que de costumbre. Fumador compulsivo, pero a la vez cauteloso. Guardaba la mitad de la cajetilla para dentro de dos años zamparse todo lo recolectado de un jalón. Tuvo varias novias, nada serio. Entró de lleno a un sitio nocturno donde el género musical que tanto amaba podía ofrecerle un salario mínimo.

Los percances cercanos con el mundo de los muertos continuaron con la regularidad acostumbrada y los mismos resultados. Tenía tanto pavor de que llegada la fecha, el Inframundo lo escupiera de vuelta alejándolo de su meta.

Los 26 le pesaron en el alma, como un yunque amarrado al pecho, caminaba por los callejones con el pulso tembloroso. Aterrado de que el destino le jugara una tetra cercano a su sueño, trataba de quedarse en casa el mayor tiempo posible, lejos de objetos punzocortantes, bebidas alcohólicas, y demás vicios.

Una semana antes de llegar las 27 primaveras, pidió a su abuela que mandara todos los papeles que legalizaban su existencia. Quería dejar todo en orden para su partida.

La anciana, confiada en que lo requerido era para un trabajo decente, envió la documentación por paquetería exprés, confirmando la llegada de los documentos un día antes del aniversario de Malpaso.

Pasaron los días más lentos que de costumbre. El paquete llegó en el tiempo justo y el joven comenzó a engullirse todas las cajetillas a medias guardadas en los cajones.

Horas más tarde, el reloj marcaba las 23:00 horas. Varios movimientos más de las manecillas y los 27 formarían parte de su vida.

Aún no se sabe si fue la excitación que le produjo el momento lo que le hizo andar despistadamente, pero justo cuando subía las escaleras, Epitafio tropezó con una botella de agua vacía, se torció el tobillo y rodó rápidamente hasta la planta baja rompiéndose el cuello. El reloj marcaba las 23:45 horas.

La ambulancia llegó a las 23:52 y los médicos determinaron en un acta detallada, que la muerte lo alcanzó a las 23:58 horas, a la edad de 26 años.

“El club de los 26” se escribió en el taller de creación literaria “Lecturas a Granel”, impartido por la escritora Ayari Velázquez.

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