De niño prodigio a dueño de cafetería

Vida Q 29/04/2015 03:30 Actualizada 10:42

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Hubo una vez un niño que era estrella del cine mexicano. Fue dirigido por Emilio Indio Fernández y alternó con actores como María Félix, Tin-Tán, Sara García y Arturo de Córdova.

Comenzó a los cinco años y durante una década, junto con otros como Jaime Calpe (El papelerito) y Alfonso Mejía (Los olvidados) integró un equipo infantil que aparecía en varias películas, muchas en papeles importantes.

Su nombre real era Ismael Pérez y el artístico “Poncianito”.

Antes, como hoy, los cambios físicos de la adolescencia y de historias, lo alejaron de la pantalla grande y chica, donde llegó a trabajar en las primeras series televisivas.

Hoy es dueño de un pequeño café en la colonia Constitución de 1917, en la ciudad de México, cuyos vecinos, en su mayoría, no saben de su carrera.

“Nunca tuve la pretensión de ser artista, en aquel momento sólo me decían qué hacer y lo hacía”, recuerda don Ismael, quien este 1 de mayo recibirá un homenaje en el Centro Cultural ALIAC, en el Distrito Federal.

Su bautizo fílmico ocurrió con El fugitivo, codirigida entre el ganador del Oscar, Jonh Ford y El Indio, protagonizaba Henry Fonda (Érase una vez en el Oeste).
“Había una persona que vivía en la vecindad encargada de acarrear gente para las películas y en una de esas necesitaban un niño, entonces me llevaron y la escena se trataba de que en un iglesia entraba gente pobre y yo hice a un indígena cojo”, narra.

A partir de ahí, fue “jalado” por Fernández a sus distintas películas, como Río escondido, Víctimas del pecado y Maclovia. Fue el cinefotógrafo Gabriel Figueroa, el que le dio su nombre artístico, al darse cuenta que sus personajes iniciales se llamaban Ponciano.

“Yo no sabía quién era El Indio, sí era muy serio, pero no me daba miedo; y Gabriel era quien me apapachaba de cierta manera, si había escenas con cámara en rieles, me subían al carrito y ahí andaba yo”, recuerda.

Don Ismael desconocía cuánto le pagaban, sólo sabía que su representante se quedaba con 30% de lo cobrado y que a su maestra de primaria le daban cinco  pesos para quedarse con él, horas extras, ante sus constantes inasistencias por el cine.

¿Buen o mal estudiante?

Voy a contar algo: me pusieron a calificar las pruebas y, casualmente, se perdió la mía y volvieron a hacerme una. ¡Seguro había salido muy mal!

¿Qué tal la relación con sus compañeros de escuela?

Normal. Nunca tuve problemas, Vivíamos en la colonia Guerrero y la gente era muy humilde, modesta, todos nos reuniamos para fiestas y cosas así. No había eso de que como eres de cine, no te hablamos.

¿Fue un shock dejar el cine, acostumbrado por 10 años a él?

En mi vida cotidiana me volví un vaguito como dos años, hasta que me metieron a trabajar. Digo, sí picaba de ayudante de sastre, de mecánico, de ese tipo de cosas, pero nunca una cosa fuerte, hasta que entré a un periódico a formar planas. Luego hice síntesis informativa y otras cosas, logrando ahorrar para vivir.

De adolescentes quisimos hacer más cosas en Televicentro, pero no conocíamos a nadie que nos escuchara o escribiera cosas. Y en los años del 56 en adelante las películas eran de niños ricos y las características de imagen eran distintas a las que yo tenía, así que me separé por completo del medio.

¿Tin Tán sí era como dicen, amable y todo eso?

Él se prestaba a que trabajaran con él. Hay una escena de El rey del barrio donde se me olvidó un diálogo, pero él siguió y cuando terminamos, Gilberto Martínez Solares dijo que así se quedaba.

Era una frase que yo decía y que hace que él deje de robar. Y se quedó en la película. Yo, de verdad, no era actor; aún ahora no sabría cómo hacerle; si antes, estando ahí, tampoco (risas).

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