El 22 de mayo se conmemora el bicentenario del nacimiento de Richard Wagner, desde que inició 2013 ha sido festejado en todo el mundo. Según la página especializada operabase.com el músico alemán es el cuarto compositor más programado en todo el mundo, por debajo de Verdi, Puccini y Mozart, y sólo en el mes de mayo habrá alrededor de 90 producciones, algunas contemplan hasta siete funciones. Entre la vasta programación en su honor, una ha dibujado, nuevamente, la sombra alrededor del compositor alemán: el montaje de Tannhäuser”, en la Ópera del Rin de Düsseldorf, porque la propuesta del director de escena, Burkhard Kosminski, trasladó al caballero y trovador de los campos del castillo de Wartburg a los de concentración del régimen nazi. La audacia del director puso sobre la mesa los negros tópicos de Wagner: que en vida fue un recalcitrante antisemita, que el Tercer Reich hizo de sus óperas un apéndice de su propaganda y que Hitler señoreó por Bayreuth del brazo de Winnifred Wagner, la nuera inglesa del compositor, más devota del Führer que cualquier nazi alemán. Según diversas crónicas recogidas por medios alemanes, las cámaras de gas y la escena en la que una familia es desnudada, rapada y asesinada a tiros por los nazis, provocó la ira del público, incluso, se aseguró, algunas personas tuvieron que recibir tratamiento médico. Estas versiones contrastan con algunas opiniones manifestadas por espectadores que aseguraron asistir a la función. Por ejemplo, en el blog infobae, un usuario sostiene que fue la minoría quien reprobó la propuesta, el resto celebró “el homenaje a las víctimas del Holocausto”. Ante las reacciones, el teatro decidió cancelar el montaje y la obra sólo se presentó como concierto. El reciente episodio recuerda que Wagner sigue causando polémica. El año pasado, por ejemplo, a pocos días de la apertura de la temporada del Festival de Bayreuth, la dirección pidió la renuncia del barítono ruso Yevgueni Nikitin de la ópera El holandés errante, porque reveló que en su juventud se estampó un tatuaje nazi en el pecho. Años atrás, en 1981, el director de orquesta Zubin Mehta anunció al público su intención de tocar como encore el preludio de Tristán e Isolda con la Filarmónica de Israel, pero muchos abandonaron la sala, incluidos algunos músicos. En una entrevista, el músico recordó así el episodio: “Un policía me paró en Tel Aviv por saltarme un semáforo. No me multó, pero me apercibió por otro motivo. Mi padre conserva un número tatuado en el brazo, me dijo, y no queremos escuchar más Wagner aquí... Aunque lamento que Wagner siga haciendo daño, le tomé la palabra”. Veinte años más tarde, en 2001, Daniel Barenboim tocó el preludio de esa misma ópera en Tel Aviv con la Staatskapelle de Berlín, el parlamento israelí reaccionó considerándolo persona non grata. Barenboim también cuenta una anécdota sobre el concierto: “Una señora que vino a verme en Tel Aviv cuando el debate sobre Wagner estaba candente, me dijo ‘¿Cómo puede usted querer tocar eso? Yo vi cómo mi familia era conducida a las cámaras de gas al sonido de la obertura de Los maestros cantores de Núremberg . ¿Por qué debería escuchar eso?’ Sencilla respuesta: no hay ninguna razón por la que esa señora debería escuchar eso”. El pasado de Wagner ¿Por qué Richard Wagner causa esta polémica? En el libro Wagner y la filosofía, de Bryan Magee, se sostiene que el compositor era “escandalosamente antisemita”, sin embargo, asegura el autor, en el siglo XIX toda la sociedad europea era abiertamente antisemita, en particular los países de habla alemana. “Vivió en una sociedad en la que el antisemitismo era endémico. En la actualidad no es posible ver este fenómeno sino a la luz del odio racial de Hitler y los nazis, y esto nos lleva a suponer que Wagner fue una suerte de fascista antes de Hitler (…). Es cierto que su antisemitismo sobrepasaba la norma pero nunca fue un prototipo de fascista”. El escritor explica en el volumen publicado en 2001 que el músico sentía aversión por los franceses con la misma intensidad que la que sentía por los judíos, pero las razones obedecían exclusivamente a cuestiones culturales. Francia, dice Magee, tenía una abrumadora influencia cultural en la Europa del siglo XIX, además a Wagner le preocupaba que los judíos pudieran “corromper” la vida intelectual alemana. El filósofo inglés cita al propio compositor sobre el tema: “Si tuviera que volver a escribir sobre los judíos diría que no tengo nada personal en contra de ellos, sólo que llegaron a Alemania demasiado pronto, cuando nosotros no éramos lo bastante estables para absorberlos”. La frase escrita en 1878, es para el escritor una declaración sobre el deseo de Wagner de ver una Alemania unida, “no contaminada ni dominada por influencias culturales no germánicas”. Sobre el antisemitismo supuestamente impregnado en sus obras, el director de orquesta Daniel Barenboim ha dicho que si el compositor hubiera querido realmente hacer de sus óperas una expresión artística de su ideología “hubiera llamado las cosas por su nombre, y no lo hizo. En otras palabras, mientras que está absolutamente claro que ridiculizó a los judíos, no creo que eso sea una parte inherente a sus obras”. A pesar de esto, Bryan Magee asegura que no hay indicios de que Adolf Hitler hubiera tenido influencias ideológicas de Wagner y que sólo sintió por él una pasión musical que quiso fomentar entre los nazis pero no lo consiguió. En el libro Bayreuth: la historia del Festival de Wagner, de Frederic Spotts, se narra que se invitó a los miembros del partido a la Ópera Estatal de Berlín, pero no acudieron por “irse de juerga”, ante ello, Adolf Hitler ordenó que se enviaran patrullas para recogerlos y mandarlos al teatro, pero los nazis bostezaban e incluso roncaban, el Führer desistió de su intento por inculcarles el gusto por la música del alemán. Sobre el tema, Magee insiste: “La entusiasta identificación de los nazis con las obras de Wagner, y el constante uso que hacían de ellas (algo que ahora se da por sentado en todas partes), nunca ocurrió; es pura ficción”. Ficción o no, lo que giró en torno al Festival de Bayreuth –organizado por el propio Wagner en 1878– entre 1931 y 1944, es decir, los años del Tercer Reich, fomentaron aún más la vinculación del nombre del compositor con el nazismo, pues Winifred Wagner -nuera de Richard- fue una ferviente adoradora de Hitler y recompensaba a los heridos de guerra y oficiales distinguidos por sus acciones con entradas a la ópera. Esta vinculación, se ha dicho, pesará sobre la genialidad del compositor. (Con información de agencias)

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