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Gabriela Aguirre habla de su poesía

La queretana, quien ha ganado importantes premios nacionales a lo largo de su trayectoria, habla sobre la poesía, su más reciente libro es "La isla de tu nombre", y ya escribe uno de nuevo.
En entrevista, la poeta ganadora del Premio Nacional Elías Nandino responde algunas interrogantes sobre su ejercicio.
Foto: Román Castillo
07/08/2018
04:18
Rocío G. Benítez
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Lleva varios años viviendo en Querétaro, su tierra, sin embargo todavía hay algunos que al verla creen que sólo está de visita en la ciudad y sigue radicando en El Paso, Texas, donde estudió su maestría en creación literaria, y por eso mismo todavía la siguen catalogando como poeta del norte. Pero no, “soy de aquí, de Querétaro y ya tengo varios años de vuelta en casa”, dice con orgullo Gabriela Aguirre, aunque también deja claro que eso de las etiquetas no le preocupa. 

Poeta del norte, poeta queretana, no me interesa eso, lo que me importa es que lean mi trabajo”, expresa. 

En entrevista, la poeta ganadora del Premio Nacional Elías Nandino, Premio Nacional Enriqueta Ochoa, y actual docente de la Universidad Autónoma de Querétaro (UAQ) responde algunas interrogantes sobre su ejercicio, proyectos y de La isla de tu nombre, su publicación más reciente.

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Estamos a mitad del 2018, con tanto caos político, social y económico, ¿qué lugar le corresponde a la poesía?

—El que siempre le ha correspondido: el de acercarnos a lo humano. Es innegable la fuerza que hay en la poesía, su capacidad de transformación, de hacernos estar en el mundo de otra manera, de una forma más humana y por lo tanto, más sensible e intensa. El poeta tiene una gran responsabilidad, la de hacerle ver a los demás que la poesía también es una forma de conocimiento del mundo, de aprehenderlo. Tal vez como dice Raúl Gómez Jattin, el poeta está ahí para recordarnos quiénes somos, porque “Él nos representa ante el mundo/con su sensibilidad dolorosa como un parto”.

¿Ser poeta en este tiempo es un acto de romanticismo o de resistencia?, ¿cómo lo vives tú?

—De resistencia, pero amorosa. Precisamente porque el decir del poeta suele ser un cuchillo que atraviesa y fundamentalmente, porque debe decir, no sólo balbucear o hacer como que dice. Sus palabras deben llegar al otro, no sólo a sí mismo. Y también de resistencia porque a veces la sociedad no alcanza a comprender que el quehacer del poeta, e incluso su misma existencia, tiene mucho que aportarle al mundo. Pasa que no se sabe qué hacer con un poeta o dónde ponerlo porque se considera que lo que hace está desvinculado de la realidad. Nada más alejado de eso. Como bien asegura Roberto Juarroz: “la poesía crea más realidad, agrega realidad a la realidad, es realidad”.

¿Las razones que te llevaron a escribir son las mismas que hoy te mantienen en la poesía?

—Sí, hace poco me encontré con unos poemas míos de unos años atrás, y a pesar de mi inexperiencia —era muy joven— y mi torpeza verbal, encuentro que en ellos estaba ya el germen de lo que después ha ido constituyendo mi obra: mis obsesiones literarias que son, claro está, mis preocupaciones sobre lo humano y el mundo. Y más allá de eso y por sobre todas las cosas, la razón principal que me mantiene en la poesía sigue siendo la misma: estar con otros a través de la palabra.

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De tu primer libro: La frontera: un cuerpo, a tu publicación más reciente La isla de tu nombre, ¿qué cambios notas o no vuelves a tus primeros textos?

—Sí vuelvo a mis antiguos textos. Por ejemplo, durante todos estos años he vuelto a leer para un público poemas de La frontera: un cuerpo o de otro libro mío, El lugar equivocado de las cosas, porque la manera de enunciar de esas publicaciones sigue siendo actual dada su factura. Es decir, el lenguaje usado en los poemas de esos libros no alcanza aún su caducidad  —y espero que no la alcance pronto— y desde sus temas, afortunadamente,  también siguen tocando a otros.

Cambios, claro que los hay; uno como autor se va probando en su lenguaje y formas, además de que hemos leído ya a otros autores y vivido más. No es lo mismo escribir desde los 20 años que desde los 40. Hay menos titubeo, más certeza de aquello que se quiere decir y de la manera en que puede y quiere decirse.

¿En qué lugares has presentado La isla de tu nombre y qué planes tienes para este libro?

—En El Paso, Texas, en Ciudad Juárez y aquí en Querétaro. En El Paso porque la editorial que lo publicó es de allá, en Juárez porque estando en esa frontera me interesaba presentarlo no sólo del lado gringo, sino también del mexicano. Y en Querétaro porque soy una poeta nacida en estas tierras, aquí empezó todo  —mi carrera literaria— y aquí vivo. Además, para mí esa frontera marcó un antes y un después en mi quehacer poético y en mi vida. De alguna manera también pertenezco a ese lugar y siempre que puedo, regreso.

Los planes para este libro son presentarlo en otras partes. Por ahora existe la posibilidad de compartirlo en octubre en la FIL de Coahuila y me gustaría tener otras presentaciones en diversos lugares, y al parecer también hay alguien que está interesado en traducirlo al inglés.

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¿Qué puedes adelantar de tus próximos proyectos?

—Además de buscarle editorial al que tengo inédito: una serie de poemas escritos desde un yo lírico gatificado, me encuentro trabajando en la escritura de un nuevo libro que a mí misma me ha sorprendido, porque a diferencia de la mayoría de mis poemas anteriores, estos son de largo aliento.

También estoy trabajando sobre un proyecto de taller de poesía a impartirse durante el Festival Internacional de las Artes Julio Torri, que se llevará a cabo en unos meses en Coahuila.

Además de ser escritora, eres docente, ¿qué tanto interés y compromiso ves en las nuevas generaciones respecto al trabajo literario?

—Hay de todo. Yo he tratado de ser muy clara al respecto y repetirles a mis estudiantes que el trabajo escritural —como cualquier otro— implica compromiso, disciplina, conciencia de que se quiere hacer literatura y no otra cosa. Desafortunadamente, a veces se confunden y piensan que andar en esto de la literatura los autoriza a publicar antes de tiempo o a sentirse escritores antes de serlo; trato de hacerles ver que el creador es el que crea y no el que dice que crea.

Con tantos distractores que hay en la actualidad, ¿cómo atraer a los más jóvenes a la literatura y específicamente a la poesía?

—Con la poesía misma. Convocándolos a ella, leyéndola en voz alta, acercándolos a la verdadera y no a la que se dice poesía. No basta con leer a nuestros amigos o a quienes se ostentan como poetas, hay que leer las obras que han sobrevivido al paso del tiempo, e incluso a todos esos distractores de los que hablas.

¿Qué libro estás leyendo actualmente?

—Como soy profesora, casi siempre estoy leyendo varias cosas al mismo tiempo, las clases te obligan a ello porque hay que leer y releer lo que toca según la materia que estés impartiendo. Pero siempre me sucede que esos mismos programas me llevan a libros de poesía que ya he leído y que vienen a insertarse de manera natural en mis clases y, por supuesto, en mi estar viva. Pero a la par leo también otras cosas, por ejemplo, ahorita llevo un rato con Adrienne Rich y una obra cuyo título viene muy a cuento con algunas de las preguntas que han surgido en esta entrevista: Qué clase de tiempos son éstos. En los últimos días recibí Una señal del cielo, el último libro de José Javier Villarreal, y también empecé a leerlo. La última vez que vi a mi maestro Antonio Deltoro me regaló su libro Rumiantes y fieras  —de reciente publicación— y mezclo su lectura con todo lo demás.

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¿Cuál es el poema favorito de tu obra?

—¡Qué difícil! Los quiero a todos como cosa mía, pero dada la reciente publicación de La isla de tu nombre, mencionaré uno de ese libro:

Remiendo

como mi padre me enseñó

un pequeño agujero

en el forro de un guante.

Cada vez que entierro la aguja

pienso en la tela,

en su forma de volverse un círculo,

luego un pliegue,

después un grumo.

Estoy orgullosa.

Nadie podrá saber

que remendé el guante

en su interior.

Nadie sabrá las costuras:

están dentro,

guardadas,

hechas casi con cariño.

 

 

bft

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