“El problema es que son contratos eventuales”

Manuel recibe buenos ingresos, pero puede pasar meses desempleado
FOTO: Víctor Pichardo
13/10/2016
01:18
Paulina Rosales
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Manuel Sánchez tiene 33 años y menos de una semana de vivir en Querétaro. Proveniente de la Ciudad de México, trabaja como contratista para la empresa Lonas Lorenzo.

Desde los 15 años contó con una autorización de sus padres para trabajar. Comenzó como ayudante de albañil, con un salario de 480 pesos semanales, ingreso que superó después de cinco meses. Luego de ese tiempo, ganó 600 pesos, los que se incrementaron hasta alcanzar un sueldo de mil 800 por semana.

Hoy en Latitud la Victoria, gana como contratista, alrededor de 6 mil pesos semanales y es de los trabajadores mejor pagados en esa obra.

“Me gusto este oficio, aparte como no quise estudiar, realmente tuve que hacer algo de mi vida y me tuve que meter de lleno. No quise aprovechar, me gusto más andar con los amigos, yéndonos de pinta, andar con el cigarrito, la cerveza, la novia y la verdad me ganó. Me hubiera gustado ser ingeniero o arquitecto, pero no se pudo”, señala.

Manuel dejo la preparatoria en el segundo semestre y comenzó a trabajar en la construcción, en donde se ha mantenido los últimos 18 años. Este trabajo le ha obligado a cambiar de residencia constantemente. Ha pasado por lugares como Morelia, Pachuca, Saltillo, Monclova y ha llegado hasta Guatemala.

“La empresa nos tiene trabajando en diferentes lados de la República y ahora me tocó estar en Querétaro”.

Manuel tiene a su cargo a unos 10 hombres, a quienes hospeda en un hotel, mientras encuentra un lugar donde vivir en Querétaro. La mayoría de las casas están lejos y muy caras, sólo puede pagar una renta mensual de aproximadamente 7 mil pesos.

Debido al tiempo que debe mantenerse trabajando en la construcción, Manuel se mantiene alejado de su familia: su esposa y sus dos hijos, de 12 y ocho años de edad.

La construcción también implica un riesgo, que va de una cortada a perder la vida. Algunos de sus compañeros han muerto o, en otros casos, quedan con lesiones permanentes o alguna discapacidad que les impide volver a trabajar y, con esto, generar un ingreso.

“Lo de nosotros es andar caminando, allá arriba como si nada –señala el cielo–. Las empresas tienen mucha seguridad, arneses para podernos amarrar, pero desafortunadamente hay empresas, y obras que no… ni siquiera están asesoradas por Protección Civil y en estos casos, es cuando han sucedido los accidentes”, menciona Manuel.

Cinco años después de dejar la secundaria, comenzó a trabajar en la editorial de Televisa. Ahí conoció a su esposa, con quien decidió casarse después de un año y medio de conocerla. En ese entonces, ya vivían juntos y tenían a su primera hija.

Su esposa trabajó para la empresa Hérdez durante ocho años, hasta que el corporativo decidió moverse a Tizayuca, en Hidalgo. Ella no deseo continuar con el corporativo y prefirió, junto con Manuel, quedarse en la Ciudad de México y vivir de las rentas de unos departamentos y encargarse del cuidado de los hijos.

Ahora quien sostiene principalmente a la familia es Manuel; a pesar de recibir buenos ingresos en la construcción, al terminar una obra, puede pasar varios meses desempleado hasta encontrar otra.

“Ese es el único problema, que nuestro trabajo no es más formal. No es de planta y son contratos eventuales”, comenta.

El negocio de la construcción ha sido agradecido con Manuel, quien dice que “ha tenido más buenas, que malas”. Ha podido comprar una casa, un vehículo y mantener una buena calidad de vida para su esposa e hijos, quienes cursan la escuela primaria y el primer año de secundaria, respectivamente.

Manuel reconoce que le faltó motivación para continuar los estudios. Algo que busca que sus hijos no repliquen, en particular su hija, pues una mujer sin educación tiene más desventajas para salir adelante y se ve forzada a depender de un hombre.

“Eso si le toca un buen hombre, pero ¿qué tal si le toca un golpeador o un borracho o hasta un mantenido? Yo como hombre, si no tuviera un quinto en la bolsa y ya tengo mucha hambre, podría caminar a cualquier esquina y decirle a un señor: sabe que señor, permítame lavarle el carro y regáleme cinco pesos”, dice.

“Hay más facilidad de abusar de una mujer, porque si una mujer tiene hambre puede decir: oiga señor, regáleme una moneda y le pueden responder: si te regalo una moneda y lo que tú quieras, pero ven pórtate bien conmigo, acompáñame”, añade.

Dejar la construcción parece algo impensable para Manuel. A sus 33 años, es consciente de que debe retirarse en algún momento.

Desea vivir una vida tranquila al lado de su esposa y solicitar una pensión a los 40 o 45 años. Quiere viajar y tener un negocio que le ayuda a seguir sosteniéndose.

“Me da mucho miedo morir, no me gustaría morir, pero yo sé que es un proceso. No sé qué enfermedad pudiera tener; a lo mejor cáncer o diabetes, así que hay que tratar de aprovechar lo bueno y lo malo, ¿por qué no?”, concluye.

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