Indígenas piden espacios para vender sus artesanías

Hermila es una de la muchas indígenas de Santiago Mexquititlán que se dedican a la fabricación de estás piezas 100% artesanales famosas a nivel internacional; pide a las autoridades un lugar donde vender sin tener que esconderse de los inspectores
FOTO: Cesar Gómez
21/02/2017
01:53
Lenin Robledo
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Santiago Mexquititlán, que se ubica en el municipio de Amealco, es famoso por su comunidad netamente indígena, que tiene una habilidad sorprendente en la fabricación de artesanías.

Entre fajas, aretes, servilletas, mantos, pulseras o llaveros, sobresale una artesanía en particular: la muñeca otomí, que se caracteriza por su vestido multicolor, sus trenzas negras y sus bordados a mano, lo que las convierte en una de las piezas más atractivas para los turistas nacionales y extranjeros que visitan Querétaro.

Puede parecer un cliché, pero detrás de cada pieza hay muchas historias que contar, una es la de Hermila Martínez Pedro, indígena otomí de 46 años que comparte un poco de su vida con EL UNIVERSAL Querétaro.

Acompañada de algunas vecinas, enfundadas en sus hermosos trajes multicolor, muestran sus ganas de charlar, de confesar, de solicitar o simplemente de ser escuchadas.

Con una elocuencia que engancha, Hermila cuenta que aprendió a elaborar sus muñequitas desde que tenía 10 años, gracias a las enseñanzas de una tía. La escuela no fue lo suyo, confiesa; sin embargo dice que quiso aprender a confeccionar estas piezas porque vio que su familiar vendía muchas.

“Yo tenía 10 años cuando fui a vender mis primeras muñecas a Guanajuato, fui con mi tía, ella me llevó. Recuerdo que mi mamá no quería dejarme ir, pero no le hice caso. Le dije a mi mamá: Yo quiero aprender, porque dice mi tía que vende mucho. La verdad ya no quise seguir la escuela, sé que la culpa la tuve yo, porque mis papás sí me mandaban, pero yo preferí hacer esto, porque a mí no me gustaban las maestras, eran malas”.

Cada ocho días sale a vender sus muñecas a Querétaro, Cadereyta, San Juan del Río e incluso San Miguel de Allende, Guanajuato, todo depende de las ventas que haya en cada sitio, del clima o si es un día festivo.

Todo es hecho a mano, aunque acepta que es necesaria una máquina si hay que elaborar más de 100. Indica que tiene clientes que le hacen pedidos importantes, aunque por desgracia para ella, no son tan frecuentes. “Por eso tengo que buscarle”.

Al compartir que tiene once hijos, suelta una ligera carcajada que demuestra un poco de vergüenza, pero continúa la charla contando las situaciones que vive cada vez que sale a vender sus artesanías.

Los inspectores municipales son su principal temor, ya que deben estar atentas a que no las vea vender en la vía pública porque si bien les va, sólo le piden que se mueva de sitio, pero algunas no corren con la misma suerte y les quitan su mercancía.

“Imagínese, de por sí es poco y que se lo quiten, pues no está bien. No voy a decir que todos los inspectores son así, porque hay algunos que hasta nos dicen dónde nos podemos poner”.

Aprovecha el momento, sabe que es su oportunidad para hacerse escuchar y pide apoyo para ella y para todas sus compañeras artesanas, pide que el gobierno estatal, municipal o quien tenga voluntad les brinde un espacio para poder vender sus productos y no estar toreando a los inspectores.

Sabe que el gobierno ha otorgado carritos, pero “son poquitos los beneficiados. Somos muchas las que nos dedicamos a vender artesanías”.

Las medidas de las muñequitas, con su falda de manta con colores azul, verde, naranja y amarillo, su blusa con encaje floreado y sus trenzas adornadas de moños multicolor, van del 1 a 5. La 1 es la más pequeña y la 5 es la más grande, la cual tiene un precio al mayoreo de 100 pesos y al público de 150, aunque por el regateo le suele bajar hasta 30 pesos.

“Ya cuando no tienes que comer tienes que dar más barato. Hay algunos que no quieren pagar”, indica.

Hermila, una muñeca otomí de carne y hueso, considera que muchas personas no valoran su trabajo; el esfuerzo y dedicación que requiere cada una de esas figuritas. “A esas personas que me dicen que están muy caras yo les digo: ¡Chequen el trabajo! No saben el trabajo que cuesta hacerlas. Aunque la verdad hay quien sí sabe valorarlo que hasta dicen que damos muy barato”, afirma.

Hace una pausa para platicar en hñähñú con sus compañeras y es que ya se tiene que ir a preparar todo, porque llegó el fin de semana y como desde muchos años tiene que levantarse a las 5 de la mañana, dejar listo el desayuno para su familia y salir a quien sabe qué lugar con la esperanza de vender todas las muñequitas que fabricó durante toda la semana.

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