Abuso sexual, una lucha contra el dolor y el silencio

Tras 15 años de omisión, Soledad denunció a su agresor ante las autoridades, con apoyo de sus familiares y de la rectoría de la UAQ
Aquel día me dijo que me enseñaría una tinta congelada que tenía en su oficina. Lo acompañé, entramos a su cubículo, cerró la puerta y dentro se sucedió el abuso. Fueron tocamientos sin mi consentimiento.
Ilustrador: Eko
24/08/2018
02:43
Domingo Valdez
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Soledad enfrentó de manera solitaria el trauma de sufrir un abuso sexual de niña. A nadie le contó la experiencia hasta hace dos años, cuando tenía 22. No se acercó a nadie, luchó contra sus demonios y los venció. Hoy sigue con su vida, pero para evitar que otras niñas pasen por lo mismo alza la voz y decide, por consejo de una amiga que también pasó por lo mismo, iniciar un proceso en contra de su agresor, quien actualmente es profesor de la Universidad Autónoma de Querétaro (UAQ) y está a punto de jubilarse.

La joven es de trato agradable. Su voz es suave y amable. Su sonrisa es espontánea. Su semblante y su lenguaje corporal cambian ligeramente cuando comienza a hablar de su caso. Mueve las manos incesamente, se acomoda varias veces en la silla, como si tratara de hundirse en el respaldo.

Soledad acepta la entrevista, pero se reserva su identidad y pide que no haya fotografías. Está en un proceso legal contra el sujeto que la abusó.

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Licenciada en Ciencia Política y Administración Pública, aunque en este momento no ejerce, pues en más o menos un mes partirá a España a estudiar una maestría. “Estoy de nini temporal”, bromea.

Narra, de manera más seria, que cuando tenía entre siete y ocho años (no lo tiene muy claro en fechas porque era muy chica), pues en retrospectiva fue consciente de lo que le había pasado. En el momento de abuso no dimensionó el hecho, aunque recuerda la incomodidad del momento y que se sintió paralizada.

Suceso

El abuso se dio en el trabajo de sus padres, en una dependencia que se ubica en Sanfandila, en Pedro Escobedo, donde sus progenitores son investigadores desde hace tres décadas.

Indica que las instalaciones del lugar son muy grandes, con oficinas y jardines, con mucho espacio para los niños, que eran llevados por sus padres al trabajo durante las vacaciones o estaban enfermos. Jugaban por el instituto sin preocupaciones.

“En una de esas visitas, un compañero, que era amigo de mi papá y mi mamá, conocido, a quien le tenía mucha confianza por ser amigo de la familia, porque iba a mis fiestas de cumpleaños, a la casa, me caía muy bien, me generaba confianza.

Aquel día me dijo que me enseñaría una tinta congelada que tenía en su oficina. Lo acompañé, entramos a su cubículo, cerró la puerta y dentro se sucedió el abuso. Fueron tocamientos sin mi consentimiento. En ese momento recuerdo haberme quedado congelada, muy incómoda, pero al mismo tiempo tenía mucha confusión, porque no entendía qué estaba pasando, no entendía la sensación porque no le podía poner nombre”, narra.

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Explica que no sabe cuánto fue, pero recuerda que vio con el sujeto comenzaba a excitarse, lo que la ponía más incómoda, pero en un momento pudo salir del cubículo, para ir a donde estaba su madre, a quien no dijo nada de lo había sucedido en aquel cubículo.

En el momento en el que lo entendí fue muy impresionante para mí, porque dije ‘yo fui víctima de esto. Mi primera reacción fue de shock, luego de aflicción y en esa aflicción querer ocultarlo con vergüenza. Ese, de mi proceso, fue el momento más tortuoso que me pesaba mucho, pero que no lo quería compartir ni siquiera con mi mamá, por esta pena o por el estigma que aún no me explico muy bien, porque pesaba tanto y pesa en muchas personas”, abunda la víctima.

Sin embargo, su madre notaba que cada vez que mencionaban al sujeto que la abusó, a quien luego de ese hecho evitó lo más posible, se ponía incómoda. Un día, cuando Soledad tenía 14 años, su madre le preguntó porqué le incomodaba la mención del sujeto, a lo que respondió que notaba que la mirada de una manera lasciva. Su madre coincidió y no se tocó el tema.

A los 17, 18 años yo seguía enfrentándome con eso. A la primera persona que le conté fue a una amiga muy querida, que un día me platicó de un caso de violación que ella vivió de chica, y en ese espacio de compartir le conté lo que me había pasado, y esto fue hace dos años. Tenía 22 años cuando lo conté por primera vez”, precisa.

También pensaba que todo lo que había vivido emocionalmente se lo iba a pasar a ellos, a sus padres, y no le parecía redituable. Su amiga le insistió, para terminar con los silencios y las impunidades, “plantando la semilla”, además de que en esa época se acercó a movimientos feministas.

Revelación

Hasta hace unos meses fue que decidí decirle a mi mamá. Le conté todo. Para ella fue un shock porque además el agresor era compañero de ella, fue una sacudida gigante. Lo primero que hicieron fue hablar con el coordinador de área de mi mamá y él fue la mejor respuesta institucional, luego hablaron con el director general y se portó extremadamente tibio. En general, el recibimiento fue incluso de poner en duda mi testimonio, porque ya había pasado mucho tiempo”, abunda.

En el trabajo, al sujeto le pidieron su renuncia, lo que aligeró la carga de sus padres, que aún tenían que ver diario al abusador de su hija.

Por otro lado, tuvo acercamiento con la Rectoría de la UAQ, pues el abusador es maestro de la Facultad de Ingeniería y como ex alumna de la universidad, planteó su caso. Contrario a lo que pasó en el trabajo de sus padres, en la UAQ hubo una respuesta inmediata y de calidad, turnando su caso a Derecho Laboral de la institución, así manejan los casos de acoso, actualmente está en proceso, el sujeto, aunque tiene pocas horas de clase y está a punto de jubilarse de la casa de estudios.

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Lo que me pidieron fue armar mi expediente lo mejor que se pudiera y ahorita está en proceso”, enfatiza, al tiempo que reconoce la respuesta de la UAQ, que actuó de manera proactiva ante la denuncia.

La madre de Soledad actualmente acude a terapia porque “le removió” muchas cosas, ya que ella también, siendo niña, fue víctima varias veces de esos abusos. Su padre, aunque menos creyente de la terapia sicológica, también pasa por momentos complicados, con mucho coraje al instituto donde trabaja.

Soledad hace una pausa. Guarda silencio en su narración. Es como un tiempo que se toma para asimilar las cosas, tras recordar los hechos que ocurrieron en su niñez y los años que tuvo que lidiar con todo esto en silencio y en solitario.

No es algo con lo que cargo. No quiero que le pase a nadie más, pero hoy, yo, no lo siento como un lastre. ria y el porqué de la denuncia. Todos esos elementos se suman para lanzarme, pero soy muy afortunada por haber tenidos esos acercamientos, hay muchas niñas, mujeres, hombres, niños, que no lo tienen, y entre más espacios para hablar haya y menos tabúes existan, y menos gente negligente, como sociedad vamos a ir sanando”, puntualiza.

 

bft

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