En el mes de marzo de este año, El Financiero realizó una encuesta sobre la evaluación que tienen los ciudadanos del desempeño del Presidente de la República, el resultado fue que el 57 % de los encuestados lo aprueban y 40% lo desaprueban.

Pese a ello, López Obrador mantiene niveles de popularidad que se apartan de la lógica. No se trata solo de lo que dicen las encuestas, se trata también de lo que nos indica esa aprobación, que se manifiesta en una actitud casi de devoción por parte de sus seguidores, reacios a aceptar que las decisiones del Presidente han resultado muy costosas en términos de vidas, salud y progreso. Con ello, el ejecutivo Federal lo entiende como un permiso para actuar sin más límite que su voluntad.

Ha conseguido que muchas personas lo evalúen como un hombre providencial que está cumpliendo una misión superior: reivindicar a un “pueblo” victimizado que ha sufrido el abuso de los poderosos durante años.

Manipula el lenguaje para erigirse en el único poder legítimo, usando la palabra como instrumento para debilitar las instituciones democráticas, destruir la reputación de los opositores, centralizar el poder y convencer a la mayoría de que él es la única persona capaz de gobernar México.

El Presidente de la República hasta aplaude la represión de regímenes dictatoriales como los de Cuba, Venezuela y Nicaragua. No ha fijado una postura de condena y repudio a la represión de las protestas ciudadanas en Cuba, sobre la persecución y encarcelamiento de opositores en Nicaragua y Venezuela.

Algunos conocedores opinan que utiliza los métodos que han empleado las peores tiranías de la historia como las de Mussolini, Hitler y Stalin, para engañar al ciudadano, perseguir a opositores y preservar su poder a través del tiempo.

Las reuniones “mañaneras” son un arma de propaganda para mantener engañados a ciudadanos que alguna vez creyeron o siguen creyendo en él.

Sus intervenciones se basan en mentiras, manipula, engaña, para mantener latente la esperanza de seguidores fieles que no se atreven a disentir y desmentir al “mesías”.

Si recordamos la historia, Mussolini, Hitler y Stalin desarrollaron las más exitosas campañas de división social y polarización –además de exterminio--, y en México López Obrador desplegó una versión tropical que todos los días alienta de distintas formas y con fetiches diversos.

Por ejemplo, “conservadores” y “neoliberales” son lo que en la Italia de Mussolini fueron los comunistas o en la Alemania de Hitler los judíos, o “el pueblo bueno y sabio”, el que no se equivoca y que, al final de cuentas, es origen y destino de todos los pretensiones del dictador.

La dictadura es un sistema donde el poder se concentra en una persona o un grupo de personas que no están sometidas a las leyes, el control y separación de poderes características de una democracia. Además, las dictaduras se caracterizan por una falta de pluralismo político y por vulnerar, mediante el control autoritario de la sociedad, los derechos y libertades civiles de la población.

Una de las consecuencias inevitables y más graves de la dictadura es la polarización social. La dimensión del reto político que tienen por delante las sociedades actuales y sus gobernantes es grande. Existen una serie de riesgos para el funcionamiento de la democracia representativa, las cosas tienen que cambiar en las democracias liberales contemporáneas.

Cuando el gobernante impone su voluntad y el ciudadano queda a la deriva, está disminuyendo la democracia y es lo que está ocurriendo en México. Defendamos las instituciones por las libertades de las nuevas generaciones. Es el futuro que la mayoría queremos.

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