Mercado Hidalgo, 6 décadas de tradición

Benita, una vendedora de vegetales, fue testigo de los inicios
Mercado Hidalgo, 6 décadas de tradición
Fotos: Mitzi Olvera, El Universal
09/06/2019
06:34
Domingo Valdez
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Benita Palma corta las raíces al cilantro y hace “puñitos” para venderlos, junto con nopales, aguacates, pápalo y tunas en uno de los pasillos del mercado Hidalgo. Recuerda que cuando llegó a vender eran apenas unos puestos y el pasillo donde se ubica ella estaba vacío. Han pasado más de seis décadas y ella sigue vendiendo en el mismo lugar para “ganarse la vida”.

La mujer mayor está sentada detrás de su puesto, que es una mesa de concreto. Junto a ella, los nopales sin pelar también esperan su turno. Del otro lado, una andadera recargada en una silla.

Una clienta se retira tras comprar un montón de aguacates de los cáscara suave, “los que recomiendan para los niños con jiotes”, porque están desnutridos o al menos esa es la creencia popular.

Sin dejar de cortar el cilantro, Benita recuerda que en el mercado no había movimiento, ya estaba todo hecho, pero no había puestos ocupados. Narra que ella y su esposo se sentaron en el suelo a vender. Él vendía mercería y ella, desde un inicio, vegetales que le enseñó a vender una amiga.

Señala que las dos vendían los mismos productos. Luego de surtirse de mercancía, tomaban un taxi al mercado Hidalgo, donde vendían cada una sus productos.

“La amiguita ya me ganó, ya murió. La amiguita Malena ya se me fue. Ya murió hace cuatro meses”, dice Benita, quien se aclara la voz tras recordar a su amiga que la inició en las ventas en el mercado Hidalgo.

Recuerda que Malena le ayudó a arreglar todo, le enseñó cómo pelar nopales, cómo arreglar su puesto y cómo conservar frescas las yerbas.

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El esposo de Benita falleció hace 32 años; con él tuvo tres hijos. El marido de la mujer se dedicaba a la venta de productos de mercería, también en el mercado. De los vástagos de la pareja, sólo el mayor se dedicaba a las ventas, pero tuvo una muerte prematura, ya que sucumbió ante el cáncer.

Benita se molesta todavía, al recordad que el día que murió su hijo, su nuera decidió cremarlo de inmediato sin avisarle a nadie de la familia. Cuando se enteraron, fue porque ya estaba siendo cremando.

Benita retoma su charla sobre las ventas. A un costado de su puesto hay una caja de tunas verdes: “Son las primeras de la temporada. Pruebe, están bien dulces”, dice la vendedora.

Ni tarda, ni perezosa, Benita toma una tuna que le pasan y con su cuchillo corta los extremos, la ofrece al cliente que, también, ni tardo, ni perezoso, la come de tres bocados. Le agrada y se lleva una bolsita con cinco tunas. “Son 20 pesos”, dice Benita. Un precio justo por un bocado refrescante.

El ir y venir de la gente en el mercado Hidalgo es constante. Muchos de los clientes acuden a almorzar, pues el establecimiento es famoso por la comida que en él se expende. Desde los tacos de barbacoa y montalayo, hasta los jugos y licuados, pasando por la moronga.

El pasillo de entrada que comunica con la calle de Hidalgo es el sitio donde Benita y otros comerciantes venden vegetales y productos frescos. Los precios son módicos, al alcance de todos. Forman parte de una cadena.

Una persona puede ir a comprar tortillas, queso y los aguacates que vende Benita y tener un almuerzo de tacos de queso y aguacate por unos pesos. Así funcionan los mercados.

La mujer explica que en la actualidad su hijo le ayuda a surtirse de mercancía en el mercado de abasto. Él es quien va a comprar lo que ella le dice que hace falta, como nopales, cebollas, habas y lentejas que también oferta a sus clientes.

“[Su hijo] se levanta a las cuatro de la mañana y se va al mercado de abastos a surtirme. Le digo que me hace falta esto y lo otro. Me dice: ‘voy mañana a traértelo’”, precisa.

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Lugar con tradición

El mercado Hidalgo es de los más tradicionales de la capital queretana. De acuerdo a su muro en la red social Facebook, este lugar se fundó en el año 1939.

En sus locales predominan la comida, pero también las carnicerías y fruterías con su mezcla de olores, combinación de la fruta que se ofrece al público. Mangos, melones, plátanos, naranjas se combinan en el aire con los aromas del menudo, barbacoa, pozole y tortillas que se cuecen en los comales de los puestos.

Los gritos de “pásele, qué le vamos a servir”, hacen también una sinfonía con la música que sale de los altavoces de algunos locales, dando un toque vital al mercado.

En la puerta ubicada sobre la calle de Ezequiel Montes hay puestos de ropa y artículos para el hogar, como ganchos para prendas de vestir, pinzas para tender ropa, coladores, jarras, vasos, entre otros productos necesarios en casa.

La fuente en el centro del mercado remata la imagen del lugar, donde pasado el mediodía mujeres acompañadas con niños en uniforme escolar pasan a comprar el mandado o algún platillo preparado para comer llegando a casa.

Como en todo buen mercado no pueden faltar los puestos de juguetes y de reparación de relojes, así como las cerrajerías, para que la clientela no tenga que batallar buscando una u otra cosa en diferentes lugares. Todo o casi todo se puede encontrar en un mercado público, que además da vida e identidad a los diferentes barrios de la capital queretana.

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