El trabajo que maquilla y viste a los que se van

Roberto Torres lleva 30 años atendiendo a la gente en una funeraria, donde ha aprendido a valorar mucho más la vida y la familia
A pesar de las dificultades que implica trabajar en una funeraria, Roberto Torres comparte orgulloso que ama su trabajo.
Foto: Mitzi Olvera
03/11/2018
07:39
Alma Gómez
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Aunque Roberto Torres Cruz trabaja en una funeraria desde hace 30 años, aún no se acostumbra a ver de cerca las muertes violentas. Confiesa que bañar, vestir, maquillar y peinar a los muertos no es tarea fácil. “Tener un trabajo así te hace valorar mucho más la vida y la familia”, dice.

Desde que Roberto tenía nueve años tuvo trabajos cercanos a la muerte, su padre tenía una pequeña fábrica de ataúdes, dónde él y sus hermanos ayudaban en el negocio familiar. Con el tiempo, el negocio de la familia Torres Cruz evolucionó y la pequeña fábrica de ataúdes se convirtió en Funerarias Santa Cruz, ubicada frente al crematorio y el panteón municipal, en la colonia Cimatario.

Por ser el mayor de cinco hermanos, Roberto Torres administra la funeraria, aunque todos los familiares se desenvuelven en distintas áreas. Incluso Roberto hace de todo un poco, atiende a los clientes, traslada los cuerpos en la carroza, y también los baña, viste y maquilla para que su familia les dé el último adiós.

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La primera vez que Roberto vio un cadáver fue en el forense, era un cuerpo al que le estaban practicando una autopsia. Esa imagen lo marcó para siempre, dice. “Uno nunca está preparado para ver esas cosas”. Roberto y sus hermanos debían recoger un cuerpo ubicado en la gaveta de a lado, pero inevitablemente se topó de frente con la autopsia y jamás pudo olvidar ese momento.

Dice que es lo más fuerte que ha visto en la vida, aunque eso también lo ayudó a asimilar que la muerte sería parte de su día a día en la funeraria.

Hoy, más de 20 años después de aquel aterrador encuentro, Roberto concibe la muerte como algo inevitable, y en algunos casos como algo consolador, por ejemplo, en el caso de personas con enfermedades terminales.

Dice con pesar que ha visto de cerca todos los tipos de muertes habidos y por haber; muertes violentas, silenciosas, por enfermedad, por descuidos, muertes de ancianos, jóvenes, niños, e incluso fetos.

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Se considera a sí mismo como un miembro más de la familia que atraviesa por el duelo. “Son 24 horas de estar con la familia, ellos te cuentan cosas de su difunto, te piden consejos, es inevitable no sentir empatía en esas situaciones. Me siento como uno más de la familia en esos casos, por eso me esfuerzo porque mi trabajo siempre se haga bien, que se haga de una forma digna”.

Trato digno a los muertos

El trabajo de Roberto inicia desde el momento en que recoge el cuerpo del difunto, ya sea en un hospital, en su domicilio particular o en el forense; traslada el cadáver hasta las instalaciones de la funeraria, una vez ahí debe bañar al difunto, dejarlo limpio, asegurarse de que ningún líquido cause malos olores, posteriormente, debe vestir al cuerpo con la ropa que eligió la familia, y finalmente, cuando está acomodado en el cajón comienza la rutina de maquillaje.

La mayoría de las veces se utiliza maquillaje común, pero si el cuerpo presenta cicatrices o moretones entonces se tienen que emplear otras técnicas.

“Preparar el cuerpo para mí es la parte más importante de mi trabajo, porque, aunque suene raro, un funeral es como una boda o unos 15 años, ¿Quién es el más importante en esos eventos? Pues los novios o la quinceañera, en este caso es igual, el difunto es el motivo por el que la familia se reúne, y aunque es esa situación dolorosa, el cuerpo debe lucir impecable, presentable, digno. La imagen del cuerpo en el ataúd es quizá la última que tendrán muchos familiares, mi trabajo es que luzca lo mejor posible.

“En este trabajo uno se va haciendo poco a poco más insensible, porque pues esto se hace cosa de todos los días, con el tiempo te impresiona menos ver los cuerpos, pero eso no me quita la humanidad, hay ocasiones en que sí me llega el sufrimiento de la familia, uno no se puede separar de esas cosas”, comenta.

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Como el trabajo de un médico, necesario y urgente las 24 horas del día, Roberto Torres también debe estar disponible cualquier día y a cualquier hora; en la funeraria ha pasado navidades y cumpleaños. “No puedo decirle que no a la familia, es mi trabajo, debo hacerlo, además cómo voy a estar yo disfrutando y la familia llorando aquí, no me parece ético”, dice.

Lecciones de vida

Lo más importante que Roberto ha aprendido de su trabajo en la funeraria es a hacer las cosas en vida y no dejarlo todo para el final. “Siempre es común que la familia haga todo cuando están velando a su familiar, traen música, flores, todos olvidan sus diferencias y se reúnen en este lugar. Yo le digo a mi familia que hay que hacer exactamente lo mismo, pero estando vivos, para que todos podamos disfrutarlo. ¿Cuando estemos en el cajón ya para qué?”

A pesar de las dificultades que implica trabajar en una funeraria, Roberto Torres comparte orgulloso que ama su trabajo. Aunque esté en salas de velación por la mañana, noche o madrugada.

Se dice consciente de que una funeraria siempre estará rodeada de mitos y señalamientos morbosos. “Como todo, de estos lugares se dicen muchas cosas, que si hay fantasmas, que si se escuchan ruidos extraños; pero este es mi lugar de trabajo y yo me siento muy tranquilo aquí”, comenta.

 

bft

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