Coheteros: hombres que nacieron en la pólvora

Lucio y sus compañeros elaboran un Torito, oficio que han aprendido en su comunidad en el Estado de México
Coheteros: hombres que nacieron en la pólvora
Foto: Mitzi Olvera
16/08/2019
05:13
Domingo Valdez
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El joven delgado sube por la estructura del castillo de fuegos artificiales, mientras sus compañeros acaban de colocar los aros con pirotecnia. Sujetando una soga, los observa Lucio Martínez Hernández, maestro cohetero, quien dice que con este oficio les va la vida. “Siempre estamos en un hilo”, señala.

Lucio observa el trabajo de los muchachos. Trabajan bajo el sol, frente al templo de La Cruz. Las miradas de los ciudadanos y turistas que pasan por el lugar voltean a ver el trabajo de los artesanos de la pirotecnia que vienen del Estado de México a trabajar y mostrar su artes.

Los jóvenes y don Lucio no se inmutan. Siguen en su trabajo, prestando poca atención a las personas que pasean y aprovechan para tomar fotografías de su trabajo.

Lucio dice que vienen desde el pueblo de San Mateo Tlalchichilpan, en el municipio de Almoloya de Juárez, en el Estado de México.

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Señala que “nosotros nacimos en la pólvora. Mi papá fue pirotécnico, mi maestro fue cohetero, y de ahí seguimos nosotros”.

El hombre mientras platica no deja de vigilar el trabajo de los jóvenes, entre los cuales está su hijo, quien también ya abraza el oficio heredado de generaciones, en uno de los municipios mexiquenses que tienen como tradición la elaboración de figuras con fuegos artificiales.

Lucio se sienta bajo uno de los árboles del atrio de La Cruz. A un costado están tres extinguidores, junto con el material pirotécnico en una bolsa de papel. Más allá están los dispositivos electrónicos con los que encienden los castillos.

“De todo a todo, de empezar hasta terminarlo, nos tardamos en hacerlo, dependiendo de la gente que trabaje, dos semanas. Se hacen figuras alusivas al evento. Aquí se celebra a la Virgen María, y hasta arriba lleva un cuadro de ella. Las figuras laterales son religiosas”, comenta.

Los muchachos que lo ayudan trabajan sin detenerse a descansar y sin importar el calor que se siente al mediodía en la capital queretana. Colocan los cohetes en los aros que llevan las figuras de unos ángeles, a los costados del castillo. Poco a poco suben las diferentes partes que conforman la figura. Se dan tiempo para hacer de vez en cuando una broma, aunque la concentración debe de ser extrema, cualquier error puede costar caro.

Lucio explica que la pólvora como tal no se las venden. Son los diferentes compuestos que compran con proveedores certificados y ellos hacen las mezclas para los cohetones, pues dependiendo de su tipo se prepara, ya sea explosivo o de luces de colores o impulsores.

Apunta que el montaje de la estructura del castillo se demora alrededor de tres horas. Una labor rápida, comparada con el tiempo que lleva la elaboración de todo el trabajo, aunque para hacer ese tiempo debe de estar todo listo.

Un poco más lejos de donde arman el castillo, se ubican los tubos con los que se ayudan para prender los cohetones.

Por la noche, ellos mismos son los que queman el castillo, para supervisar que todo salga de acuerdo a lo planeado, que no ocurran errores y que todo funcione de acuerdo a lo establecido.

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Luego de la quema, recogen su equipo y descansan o, en caso de quererlo, regresan a su lugar de origen.

Apunta que hay temporadas cuando hacen más castillos, elaborando hasta cinco en un mes, como es el caso de septiembre, pero hay otras temporadas en las que no hacen ni uno solo.

Lucio comenta que tiene alrededor de 10 años trabajando para el templo de La Cruz, pues reconocen su trabajo, por lo que cada vez que lo necesitan le llaman para las fiestas patronales. También, cuando ven su trabajo y les gusta, se acercan a pedirle una tarjeta o número telefónico, para futuras ocasiones.

Para armar el castillo en La Cruz viajaron desde el Estado de México ocho personas, aunque a veces son más, dependiendo de la complejidad del trabajo.

Lucio se siente orgulloso de su trabajo, de ver el rostro de admiración y gusto de la gente que presencia la quema de sus castillos. “Es una satisfacción que se lleva uno, porque sabemos que nuestro trabajo le gusta a la gente.

“También hay ocasiones en las que nos va mal, porque no prende una rueda o cualquier cosa, hay que aguantar. No todo es felicidad, pero sentimos una emoción porque sabemos que nuestro trabajo, aparte de que es peligroso, es bonito”.

Lucio toma con sabiduría el hecho de que su oficio sea de muy alto riesgo. “Creo que la vida es así. Estamos en un hilito, no sabemos ni cómo ni cuándo, ni dónde va a reventar, pero ahí estamos, gracias a Dios”.

Dice que en lo personal no ha sufrido ningún percance, aunque en su pueblo, varias familias se dedican a la elaboración de pirotecnia, han ocurrido algunos percances, que lo hacen sentir mal, pero es su trabajo y saben que deben de hacerlo con cuidado.

Pone como ejemplo que un cohetón lleva 30 gramos de pólvora. Ellos, cuando hacen las mezclas, llegan a manejar con las manos seis kilos del explosivo, cantidad suficiente para generar una gran explosión. “De esos estamos conscientes y cuando estamos trabajando no pensamos en eso. Primero Dios ahí estamos y seguiremos ahí” menciona.

Además de Querétaro, ha hecho trabajos en Jalisco, Michoacán, Guanajuato y el mismo Estado de México. Asimismo, en mayo pasado participó en un simposio internacional de pirotecnia que se llevó a cabo en Puerto Vallarta, donde pude exponer su trabajo ante representantes de 40 países.

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