Moda de segunda mano en el Tepe

En la explanada del mercado los bajos costos de la ropa usada atraen a clientes de todas las edades y sectores sociales
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La actividad de comercio de prendas se vuelve una cadena de compra y venta de ropa usada que se extiende por toda la ciudad (Fotos: DEMIAN CHÁVEZ)
29/01/2018
04:08
Alma Gómez
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En el mismo tianguis que se instala todos los domingos en la explanada del mercado del Tepe, encuentras una chamarra que cuesta 700 pesos y en el puesto de a lado, otra similar que cuesta sólo 100 pesos. La diferencia es que en un puesto se vende ropa usada y en el otro se vende ropa nueva. 

En casi todos los puestos de ropa se ofrecen prendas de temporada como abrigos y pijamas. Los comerciantes comienzan a armar sus puestos desde las cinco y media de la mañana, pues a partir de las ocho las familias llegan al mercado a desayunar, comprar despensa y de paso, elegir unos cuantos pantalones o blusas.

Los primeros clientes comienzan a llegar y escogen prendas entre montañas de ropa separada por precio y calidad. Los puestos más grandes dividen la ropa entre las prendas que cuestan 30, las que cuestan 40 y con el precio de 50 pesos. En los más pequeños ofrecen cualquier prenda a 50 o 60 pesos, sin importar talla o tipo de tela, se vende todo parejo.

Los al menos cinco puestos de ropa usada o de segunda, instalados en el tianguis, compiten con los de enfrente para ver quién grita más, sea hombre o mujer. ¡A 30, llévele a 30! ¡Todo se va en 50, pásele señora, pásele señor! ¡Ya estamos rematando todo, madre, pásele a ver pijamas, trajes de baño, ropa para dama o caballero!

Cada puesto tiene al menos 10 clientes seleccionando y revolviendo ropa, calculando si la talla será la correcta y apartando debajo del brazo el artículo que van a comprar, no vaya a ser que llegue otro y se la lleve.

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Contraste

El ajetreo de los puestos que venden ropa usada contrasta con la tranquilidad de los puestos donde se vende ropa nueva, en los que las prendas más baratas cuestan 150 pesos en promedio u 800, por ejemplo, una chamarra de mujer de doble vista.

Los comerciantes de ropa nueva se desviven por atraer a los clientes, apenas ven que alguno pone su mirada en un vestido, una blusa o una camiseta y de inmediato el vendedor la descuelga y se la da “para que cheque la calidad de la tela”. Dicen de inmediato que tienen tallas y colores diferentes, que el cliente puede medírsela sin problema.

“Lo más común es que la gente venga, pregunte por los precios, incluso algunos se prueban la ropa, pero son pocos los que se deciden a comprar algo. A lo mejor tres o cuatro de cada 10 personas se deciden a comprar, siempre ha estado difícil la crisis, pero ahora con la cuesta de enero se pone peor”, cuenta Marisela, comerciante de ropa nueva en el tianguis del Tepe desde hace más de 10 años.

Por el contrario, los que venden ropa de segunda gritan sus precios y promociones para competir con los demás vendedores, no tanto para atraer clientes, esos llegan solos a apartar lo que les conviene. A estos puestos donde se vende ropa usada llega todo tipo de clientes: mujeres, hombres, jóvenes, adultos y personas de la tercera edad.

También se distinguen los clientes frecuentes de los primerizos, los que compran por primera vez se acercan casi temerosos a los puestos, revisando lentamente cada prenda. Mientras las clientas más experimentadas como Gabina, que ha comprado ropa usada desde que tenía 18 años, de inmediato reconoce cuál prenda es mejor que otra.

“Yo compro ropa usada desde que tengo 18 años, y de esta ropa le compré también a mis hijos porque la ropa nueva esta muy cara. Con 800 pesos te alcanzas a comprar una o dos prendas nuevas y en este tipo de puestos te llevas casi 10 prendas porque cuestan más o menos 50 pesos cada pieza, algunas un poquito más, dependiendo. Además aquí en el Tepe se vende ropa buena, de buena calidad”, refiere Gabina.

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Ropa de segunda, sin alzas

Aunque los puestos de ropa usada son ya una tradición en cada tianguis, esta actividad es cada día más difícil de sostener, pues aunque llegan nuevos clientes, los comerciantes no pueden aumentar los precios de cada prenda, de lo contrario, la ropa deja de venderse.

Minerva Serratos es comerciante de ropa usada desde hace 12 años, su familia se ha dedicado a eso desde hace cinco generaciones. Ella, junto con su esposo y su hermana, venden ropa de segunda cada jueves y domingo en la explanada del mercado del Tepetate.

Las prendas que venden varían entre los 30 y los 50 pesos, sólo algunas cuestan 100 pesos, generalmente la ropa de invierno; desde hace cinco años venden ropa con los mismos precios. No pueden aumentarlos porque, si lo hacen, pierden clientes.

“Ya no puedo diferenciar en qué temporada del año se vende más y en cuál menos, es que con la crisis económica la gente ya se la piensa más para comprar ropa nueva y a veces también se la piensa hasta para comprar de esta ropa, de la usada. Antes, hace unos tres años se podía vender muy bien un abriguito en 250 o 300 pesos y ahora es imposible, tenemos que dejarlo más barato para que no se quede la mercancía”, explica.

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Depende de las ventas, Minerva y su familia viajan a Celaya cada semana o cada quince días, ahí ellos se convierten en clientes. Compran cientos de prendas y compiten con los demás por obtener la mejor ropa, una vez seleccionada, vuelven a Querétaro y la venden en los tianguis.

Esta actividad se vuelve una cadena de compra y venta de ropa usada que se extiende por toda la ciudad, pues Minerva tiene clientas que compran pequeñas cantidades de ropa para venderla en su colonia o entre familiares.

“Estos son precios que hemos mantenido desde hace seis años porque ya la gente no te paga más, se te queda mercancía, no podemos estar dando tanta vuelta. La gente busca lo más barato, por eso, mal que bien, siempre tenemos clientes. Una blusita nueva te cuesta 300 pesos y a veces la gente con ese dinero prefiere comprar más prendas aquí. También tengo clientas que vienen a comprar ropa para revender, se llevan varias prendas y ellas las ofrecen en sus colonias o en sus trabajos; como todo el mundo le hacemos la lucha.

“A veces, las personas se cohíben al venir a comprar aquí, pero ya viendo que ya compró la amiga o la vecina ya deciden acercarse, pero cuando se deciden a probar este tipo de ropa ven que es ropa buena, que sí conviene comprar en este tipo de lugares”, comenta la comerciante.

 

km

 

 

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