Normalistas: dos años y medio de desesperación

“¡Mamá, ponme una recarga, me urge!”. Cuando Maricarmen Mendoza recibió ese mensaje de su hijo Jorge, la madrugada del sábado 27 de septiembre de 2014, “su corazón le dijo que algo realmente grave había pasado”.
Normalistas, 43 desaparecidos, Guerrero, Iguala, México, 34 meses, Normal Rural
Foto: Alma Gómez
27/07/2017
11:44
Alma Gómez
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“¡Mamá, ponme una recarga,  me urge!”. Cuando Maricarmen Mendoza recibió ese mensaje de su hijo Jorge, la madrugada del sábado 27 de septiembre de 2014, “su corazón le dijo que algo realmente grave había pasado”. 

A la 1:30 de la mañana... ¿dónde iba a poner una recarga en un pequeño pueblo de Iguala, Guerrero? Tuvo que ser hasta el día siguiente cuando pudieron recargar   50 pesos de saldo al celular de  Jorge Aníbal Cruz Mendoza, pero desde entonces no han vuelto a comunicarse con él. 

Jorge Aníbal forma parte de los 43 normalistas de la Normal Rural de Ayotzinapa  Raúl Isidro Burgos que desaparecieron hace 34 meses. Desde entonces su madre ha viajado por toda la República Mexicana y ciudades de Estados Unidos, como California, Texas, Washington, Nueva York y Philadelphia, difundiendo entre la gente información reciente sobre los jóvenes desaparecidos  para evitar que la gente “se crea las mentiras del gobierno”. 

“A la 1:16 de la madrugada mi hijo me mandó un mensaje que no decía mucho, sólo decía ‘Mamá, ponme una recarga porque me urge’ pero pues no me imaginé qué grave era la situación. Al siguiente día le dije a uno de mis hijos: ‘Ve a ponerle una recarga al niño, de 50 pesos, necesita una recarga urgente’, porque a a la una de la madrugada dónde se la pongo.

“Le estuvimos marcando y no contestaba, supimos que se los habían llevado los sicarios. En ese momento me quedé temblando y fría. Me comuniqué a la Normal y ahí me dijeron que se los había llevado la patrulla y que, como había pasado en otras ocasiones, los iban a sacar pronto. Me tranquilicé, pero después mi hija prendió la tele y supimos que algo había pasado en Ayotzinapa; empezamos a llorar todos, vimos que los atacaron, que hubo muertos... yo estaba desesperada. 

“Mandaban a todos los padres de familia al Semefo [Servicio Médico Forense] para reconocer los cuerpos, pero yo no fui porque soy muy cobarde, los señores que sí fueron  nos decían que algunos cuerpos tenían tatuajes o que tenían cierta estatura y yo sabía que no eran mi hijo”. 

Cuando Maricarmen supo que ninguno de los cuerpos   correspondía a Jorge, comenzó a buscar  en las cárceles. Trataba de atar cabos. Si el mensaje lo había enviado en la madrugada, tal vez era porque corrió y se refugió en algún cerro, pero... ¿qué comía? ¿estaría enfermo? ¿podrá dormir? ¿tendrá miedo? Todo pasaba por su mente. 

Los días de búsqueda se convirtieron en semanas, después en meses y ahora son más de dos años y medio sin saber de los normalistas. 

  Es una angustia terrible, cuenta Maricarmen. Su corazón dice que Jorge sigue vivo, y quisiera verlo llegar  a su casa, pero si eso no puede ser posible, sólo pide que el gobierno diga la verdad, que le muestre pruebas de la muerte de su hijo    para que ella pueda aceptarlo. 

“Son 34 meses que hemos estado recorriendo la república. Mi corazón me dice que los muchachos por ahí están, muertos no  porque hasta ahorita no ha habido ninguna prueba científica. De verdad   quisiera ver a mi hijo vivo,  llegar caminando, pero si no fuese así, que me lo digan con pruebas y yo lo acepto, sino  seguiremos buscándolo”. 

“Nos dobla   la desesperación”.  Blanca Luz Nava también es madre de uno de los estudiantes normalistas desaparecidos; su hijo también se llama Jorge, Jorge Álvarez Nava. 

Durante los últimos meses ha recorrido todos los estados de la república. Esta semana, mientras su esposo está en Guadalajara con  la caravana que busca a los desaparecidos, ella está en Querétaro, junto con Maricarmen. 

“No nos importa el cansancio, o si comemos o no comemos, nos importa hacer conciencia en la gente y decirles que hoy nos pasó a nosotros, pero que podría pasarle a cualquiera, pidiéndoles que se unan a nuestra lucha”, cuenta Blanca. 

A lo largo de 34 meses, nota que la sociedad continúa siendo  solidaria con esta lucha y con la búsqueda de los desaparecidos, por eso no quiere dejar de viajar y difundir la información actualizada, porque teme que si no lo hacen, las personas olviden que hace más de dos años que los normalistas —sus hijos— no aparecen. 

A veces  los padres y madres de los jóvenes de Ayotzinapa se sienten cansados, con verdaderos deseos de volver a sus casas, con el resto de sus familias, pero son los mismos familiares los que les dan animos de seguir adelante. 

La lucha continúa. “Mis hijos me dicen: ¿Mamá, usted siga adelante, luche por su hijo; tiene que encontrar a mi hermano’. Eso es lo que nos da fuerza, porque hay ratos en los que también nos doblamos de la desesperación, es terrible. Cuando me pongo a recordar a mi hijo me  pongo muy triste porque ya son 34 meses, no es poquito tiempo, pero conservamos la fe.

“Lo más difícil es salir de su casa y dejar a sus hijos. Sí nos hemos cansado, pero no de buscarlos, sino de las mentiras del gobierno. Ya pasaron muchos meses y el gobierno apostaba porque nos cansaríamos y dejaríamos de luchar, pero seguimos aquí  y no nos vamos a rendir hasta que este gobierno diga la verdad”, dice Blanca. 

La caravana ha viajado por la república y el extranjero gracias a las donaciones y colaboraciones de varias asociaciones civiles. 

Este miércoles  algunos miembros de la caravana estuvieron en Querétaro para exigir desde esta capital que el gobierno federal investigue a soldados y policías involucrados en los hechos del 26 de septiembre de  2014. 

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