Pasaron horas para tener noticias de su abuelo

Gabriela desconocía el paradero de sus parientes tras el sismo en la CDMX
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ILUSTRACIÓN: ROSARIO LUCAS
23/09/2017
03:48
Alma Córdova
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Gabriela Basurto nació un día después del terremoto de 1985 y su abuelo decidió apodarla "terremotito"; con ese mote la felicitaba con una llamada telefónica cada 20 de septiembre. En su cumpleaños número 32 Gabriela no recibió esa llamada, nada sabía de su abuelo, quien vive con su esposa en la zona de Villa Coapa, Ciudad de México, donde hubo serias afectaciones por el sismo del martes.

Fueron más de 20 horas de preocupación e incertidumbre por no saber el paradero del abuelo; en las noticias que la familia de Gabriela leía en internet decían que Coapa era una de las zonas más dañadas por el sismo, incluso en esa área había una escuela en la que murieron niños y donde se desarrolló la historia de Frida Sofía.

El abuelo de Gabriela visita periódicamente a su familia en San Juan del Río, Querétaro; sin embargo, eligió permanecer en la Ciudad de México porque ya estaba acoplado a la forma de vida. Por ser un adulto mayor prefiere usar el teléfono para comunicarse con su familia a distancia, por eso cuando ocurrió el temblor y sus familiares no lograron ubicarlo comenzaron las horas más desesperantes.

Al enterarse del temblor, la mamá de Gabriela lo llamó inmediatamente, pero nunca pudo conectar la llamada. No saber las condiciones en que se encontraba la ciudad hizo que Gabriela y su familia insistieran en llamar, pero al no tener éxito decidieran esperar un par de horas para tomar otras medidas.

Después de ese lapso, la familia que vive en San Juan del Río comenzó a contactar por teléfono y redes sociales a familiares que viven cerca de la zona. La mamá de Gabriela llamó a todos sus conocidos y familiares que tenía en su agenda, el resto de la familia utilizó redes sociales; por mensajes contactaron a terceros, pero soló lograron establecer la ubicación de la vivienda para buscar un mecanismo de conocer los daños que había en la zona.

En unas horas, la familia ya había contactado a muchos familiares y conocidos, Gabriela fue buscando en redes sociales hasta que dio con un grupo de Facebook integrado por vecinos de la colonia donde viven sus abuelos. Mandó un mensaje para preguntar las condiciones de la colonia y le contestaron que necesitarían saber la dirección exacta para decirle qué tan grave eran las afectaciones, pero la respuesta no la satisfizo: necesitaba hablar con ellos.

Una foto en la red

Al llegar la noche sin tener noticias, Gabriela publicó una foto de sus abuelos donde estableció que estaban desaparecidos y la familia no tenía rastro de ellos, pedía que en caso de tener alguna información se las comunicaran y que se compartiera la imagen de tal forma que pudiera llegar a más personas, pero sobre todo a personas de esa zona de la ciudad.

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Al tener la foto en la red pidió a sus amigos y conocidos que ayudaran a compartir la imagen, pero especialmente con aquellas personas que vivieran en la Ciudad de México y con quienes tuvieran un mayor conocimiento de las condiciones en las que se encontraba la zona, la esperanza fue más grande que el miedo.

Fueron horas de desesperación, toda la noche y parte de la mañana no hubo respuesta de nadie, aunque la publicación fue compartida más de 70 veces desde el muro de Gabriela.

En todas esas horas, la mamá de Gabriela logró obtener el número del pastor de la iglesia a la que acuden los abuelos, a quien le pidió que ayudara a buscarlos. El pastor intentó comunicarse con ellos pero tampoco tuvo éxito, por lo que acudió a la vivienda para saber si estaban ahí. Ese lapso fue determinante para la familia, pues en caso de que no los localizaran por ese medio, Gabriela y su esposo viajarían a la Ciudad de México para buscarlos.

Cerca de las 10 de la mañana recibieron una llamada del abuelo. Les dijo que estaban bien; sin embargo, se habían quedado sin servicio telefónico y no pudieron comunicarse con nadie; también les relató que fueron horas de preocupación, miedo y angustia, debido a que escucharon y vieron todos los daños que el sismo dejó.

Deja vú sísmico. La imagen de aquel terremoto de 1985 seguía fresca en la memoria de los adultos mayores, por eso hicieron caso a la recomendación que les dieron las autoridades que llegaron a su colonia en las que se les pidió que no salieran de sus casas, por lo menos durante toda la noche. Cerraron su vivienda y esperaron a que hubiera luz solar para salir a buscar una manera de comunicarse con su familia.

Los daños del sismo en la casa de los abuelos no fueron estructurales, pero el temblor generó que se rompieran muchas de las piezas de cristal que colecciona la abuela y eso les causó mucho miedo; más allá de las pérdidas materiales les preocupaba no tener la fuerza física para poder salir a tiempo de su vivienda.

En las horas de búsqueda de los abuelos, Gabriela sintió incertidumbre de no volver a ver a sus seres queridos, pensó en todos los momentos que han pasado ella, sus hermanos y ahora sus hijos, y también pensó en la posibilidad de que algo grave pudiera ocurrir, la fe que comparte con su familia y que ha sido herencia de sus abuelos le permitió usar los medios a su alcance para tratar de ubicarlos, pues de no hacerlo emprendería una búsqueda física hasta poder dar con ellos.

Con la noticia de que los abuelos se encontraban bien, la familia de Gabriela por fin tuvo tranquilidad, fue una de las noches más largas en las que hubo desesperación y tristeza, pero que no mermaron la fe y la esperanza de que los abuelos estarían bien.

En 32 años de vida, Gabriela ha tenido como referencia a su nacimiento el terremoto de 1985 que destruyó la Ciudad de México, su cumpleaños es referencia anual de ese episodio que vive en los recuerdos de sus seres queridos que son mayores. Ahora el 20 de septiembre lo recordará como uno de los días donde sintió más miedo y preocupación, pero también el día en que la felicidad brotó inmediatamente cuando escuchó por teléfono la voz de su abuelo decirle: “Terremotito, feliz cumpleaños”.

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