#Historias | Su voz no se ha apagado en el asilo

Aquiles Mayo Hernández es un espíritu entusiasmado con la vida, cantante de corazón; a sus 76 años aún se gana la vida haciendo lo que más le apasiona: cantar donde puede
#Historias | Su voz no se ha apagado en el asilo
Fotos: CÉSAR GÓMEZ
23/04/2018
03:08
Alma Gómez
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Tu nombre es Aquiles Mayo Hernández, uno de los residentes más nuevos del asilo San Sebastián. Vives aquí desde hace mes y medio. “Soy un alma tranquila, no tengo problemas con nadie, quiero llevarme bien con todos”, comentas.

Tienes familia en Querétaro, pero casi no los ves, como casi todos los 40 abuelitos que viven en el asilo. A pesar de las adversidades eres un espíritu entusiasmado con la vida, amante de las charlas y de las personas; músico innato, cantante de corazón.

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Desde las tres de la tarde y a pesar del calor, los 40 abuelos que viven en el Asilo San Sebastián, salen al jardín
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No tuviste la oportunidad de estudiar porque desde muy pequeño te dedicaste al trabajo, pero tienes una voz que pocos tienen, privilegiada. De vez en cuando “canto para mis compañeros en el asilo”, sobre todo el día de visitas, el miércoles de cada semana.

A tus 76 años eres completamente autosuficiente, te mueves por ti mismo, conoces la ciudad, no requieres ayuda para realizar tus actividades del día a día. De hecho, es común que salgas del asilo para cantar en restaurantes y negocios los viernes, sábados y domingos, así ganas tus centavitos, dices.

Con un amplio repertorio de canciones de Pedro Infante, Jorge Negrete, Javier Solís,, y más haces de tu pequeña bocina portátil una forma digna de ganarte la vida.

Hace mes y medio llegaste a vivir al asilo a petición de tu hijo, que nunca fue claro contigo y te pidió que te quedaras en este lugar, sin que supieras que era un asilo de ancianos. Pensaste que volvería pronto, pero ya han pasado casi 90 días. A pesar de ello, disfrutas de los pequeños placeres; te gusta cantar y escuchar historias.

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El Asilo San Sebastián existe desde hace 110 años y funciona a través de donativos.
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Eres un romántico de la vida, en lugar de deprimirte por lo difícil que es el mundo o el trabajo, reconoces lo que llamas bendiciones en tu pequeño mundo. En el asilo encontraste un techo donde dormir y afortunadamente aún tiene fuerzas para ganar tu propio dinero. Tu voz ha sido de mucha ayuda, siempre te permite ganar unas monedas porque no hay persona que no disfrute con tu talento.

Tomando un café en el jardín, disfrutando de las visitas de los miércoles gracias al programa Invita un Café a un Abuelo, recuerdas tu infancia en Minatitlán, Veracruz, de donde eres originario.

Recuerdas aquel árbol de mangos que tu padre tenía frente a la casa; enorme, nunca has visto uno más grande que ese. Del árbol colgaba un columpio donde pasabas las horas silbando o cantando alguna canción.

También recuerdas el trabajo de tu tío que era pescador. Recuerdas las redes improvisadas hechas con latas para atrapar jaibas y camarones, “después prendían una fogata y los cocinaban ahí mismo”, compartes entre sorbo y sorbo de café.

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“Por ahí por mi tierra pasa el río Coatzacoalcos, por ahí salían todos los barcos y desembocaban en el mar, muy bonito, había mucha vegetación, la gente se mantenía de la pesca. Usaban latas de manteca con cuerdas y varios agujeritos, se sumergía y la dejaban 10 o 15 minutos, pero cuando la sacaban traían jaibas y camarones”, cuentas.

Te viene a la mente cuando eras un niño y saliste con tus padres de Minatitlán para nunca más volver a vivir ahí. Tu familia se mudó a la Ciudad de México debido a la enfermedad de tu madre, quien necesitaba tratamientos especializados. Después de eso tomaste el rumbo de tu propia vida, te estableciste en varias ciudades de México e incluso viviste unos años en Nueva York, nunca tuviste miedo porque siempre supiste trabajar.

Fuiste cortador de cajas y mecánico, reparaste automóviles imposibles de echar a andar, como aquel vehículo de Luis Aguilar, uno de los ídolos del cine mexicano. La gente te buscaba a ti en lugar de las grandes empresas, porque eras el mejor.

En los tiempos más difíciles, gustabas de cantar en algún jardín o alguna plaza, para tu propio deleite, por eso te sorprendiste cuando las primeras monedas llegaron sin pedirlas. En lugar de enojarte o indignarte porque la gente te daba dinero sin pedirlo, comprendiste que eran monedas dadas con amor, como agradecimiento por cantar tan bellas melodías.

Ahí comenzaste a creer en tu talento y desde entonces no has dejado de cantar en donde se pueda.

Mientras das otro sorbo de café, dices avergonzado que nunca estudiaste música, que nadie te enseñó a cantar, entonces las otras personas que también están de visita en el asilo te piden que cantes una canción y tú accedes.

Sacas de un calcetín que usas como bolsa improvisada, decenas de memorias usb marcadas con números, cada número representa una lista o un artista en específico, así decides sin enredos cuál repertorio interpretar.

Apoyado de tu bastón subes una pequeña rampa hasta llegar a la bocina y conectas la memoria indicada, suena “Payaso”, de Javier Solís, y cantas. El público escucha atento y aplaude al final de la melodía.

Cantas no una, sino cuatro canciones. Al final agradeces al público y vuelves a la mesa del jardín donde conversamos desde hace casi una hora. Entonces entiendo que además de un espíritu libre eres humilde y transparente, como todos los abuelos que por diversas circunstancias viven en este asilo, ansiosos de recibir visitas, de “hacer nuevos amigos”, como dicen ellos, y contar sus historias sin pedir nada a cambio.

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