Paramédico, el noble oficio de salvar vidas

A sus 80 años, José Héctor Osornio sigue apoyando a la Cruz Roja capacitando a los nuevos elementos, en una pasión que heredó de su padre
Precisa que su padre estuvo como voluntario de la Cruz Roja hasta la década de los 80, pues era muy activo y con vocación de servicio.
Foto: César Gómez
16/10/2018
06:44
Domingo Valdez
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José Héctor Osornio Ontiveros está por cumplir 80 años. Hojalatero de oficio, el hombre ha dedicado buena parte de su vida a ser paramédico voluntario de la Cruz Roja en Querétaro. Hasta la fecha participa en pláticas informativas y de capacitación a los nuevos paramédicos, pues en el pasado tenían que improvisar para salvar vidas, ya que no se contaba con las herramientas que tienen en la actualidad.

José Héctor luce atlético y en buena forma. Lleva consigo un maletín donde guarda sus recuerdos, un tesoro para el veterano paramédico, pues hay imágenes de su padre, J. Carmen Osornio Hernández, quien también fue voluntario fundador de la Cruz Roja de Querétaro.

“Antes les llamaban ambulantes. A él le hicieron la invitación cuando no se conocían ni siquiera las ambulancias. Era en el centro, y como él estaba en el centro, pues antes para un servicio se necesitaba que estuvieran cerca. La primera sede de la Cruz Roja estaba en Río de la Loza y 5 de Mayo. Fue desde ahí que me empecé a dar cuenta de lo que hacía mi padre y cómo ayudaban todos la gente”, narra.

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La herencia de ser voluntario

Precisa que su padre estuvo como voluntario de la Cruz Roja hasta la década de los 80, pues era muy activo y con vocación de servicio.

Además de tener de ejemplo a su padre, Héctor decidió ingresar a la Cruz Roja en una ocasión en la que perdió a un bebé por no saber qué hacer para reanimarlo. El recién nacido murió en sus brazos.

Recuerda a su padre, en una ocasión, en la década de los 40, en un choque de dos trenes en San Juan del Río (cuando él tenía 8 años), regresó con las ropas llenas de sangre de la gente herida, y que ayudó a rescatar en esa ocasión, lo que lo hizo admirar más a su padre, quien se ganaba la vida como sastre.

Paradójicamente, Héctor dice que le tenía mucho miedo a la sangre, por cómo veía que llegaba su padre con las ropas ensangrentadas. Sólo llegaba a comer y se volvía a ir cuando había un accidente grave. Pero a partir de la muerte de su bebé recién nacido sintió que debía ayudar a su familia y a la demás gente.

Dice que su labor en la Cruz Roja tuvo una interrupción, porque tenía problemas familiares y quería descansar un poco. Ingresó en 1962, y dejó la institución en 1987, luego lo volvieron a invitar en 2008, y hasta la fecha sigue trabajando.

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Narra una experiencia que tuvo en un accidente en la carretera a Celaya, Guanajuato, donde un autobús sufrió un percance. Recuerda que un auto compacto se estrelló contra la parte de atrás de un camión. En el compacto viajaba una familia. La pareja murió, pero lo que lo impactó mucho fue que encontraron una cuna en el asiento de atrás, pero no encontraban al bebé, hasta que lo vieron metros más adelante sobre la carretera. Es una de las experiencias más impactantes que ha pasado.

Al igual que una ocasión en que le tocó atender a una mujer que estaba en labor de parto. Indica que a diferencia de ahora, donde las ambulancias son casi quirófanos móviles, antes todo era muy austero y tenían que improvisar en cada uno de los llamados que atendían. “No teníamos hasta ese punto la preparación, ni cómo atenderlo”. Agrega que incluso no tenían con qué cortar el cordón umbilical, por lo que tuvo que hacerlo con los dientes.

Las vivencias en la calle

La improvisación, señala, era esencial para su trabajo. Recuerda que en otra ocasión, en un accidente en la madrugada, cuando un camión venía de San Luis Potosí rumbo a Querétaro y el chofer se quedó dormido, el autobús se estrelló contra una malla ciclónica. El tubo de la malla penetró a la unidad atravesando a dos pasajeros. A uno por el vientre, quien estaba totalmente consciente. A otro lo atravesó por un brazo.

No llevaban herramienta para cortar el metal, por lo que tuvo que ir a su taller de hojalatería y pintura por una segueta.

Al herido que tenía el tubo en el vientre le cortó una parte por adelante y por atrás, para que los médicos pudieran manipularlo. La misma maniobra hizo con el siguiente paciente. Había que hacer lo necesario para salvar vidas.

Una inundación en Querétaro también está entre sus recuerdos. Igual que una ocasión en la que la ambulancia que manejaba de regreso al hospital tras atender un accidente en la Cuesta China, se quedó sin frenos. Fue la única ocasión en la que sintió en peligro su vida.

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Uno de sus hijos, llamado Héctor, fue paramédico de la Cruz Roja también, con especialidad en rescate acuático y de montaña, pero murió de manera prematura debido a un padecimiento cardiaco cuando apenas contaba con poco más de 40 años, de eso hace cuatro años. “Fue de lo mejor que ha habido en Querétaro”, dice con orgullo y tristeza.

Ahora quien sigue sus pasos es también una de sus nietas. Ya suman cuatro generaciones en la familia Osornio quienes se dedican, de manera altruista, a ayudar al prójimo.

Actualmente, como veterano de la Cruz Roja, Héctor toma cursos e imparte pláticas y capacitaciones a nuevos paramédicos y público en general, no sólo en la ciudad de Querétaro, pues lo hace de igual manera en otros municipios de la entidad. El último sitio en el que estuvo fue en San Juan del Río, donde junto con sus compañeros enseñó a la ciudadanía primeros auxilios, para que sepan cómo actuar en caso de una emergencia.

La Cruz Roja, hoy en día, es otra cosa, señala, pues se tienen muchas capacitaciones y la gente está muy preparada, además “de que me hacen recordar mis tiempos”, dice el veterano paramédico, quien se sigue preparando tomando cursos en línea, pues “no se quiere ir ignorando cosas”.

 

 

bft

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