Escritorio público: Los últimos escribas de la ciudad

Allá en la mesa del rincón, María y su máquina de escribir han redactado cartas para solicitar trabajo y recuperar el amor
Escritorio público: Los últimos escribas de la ciudad
Foto: César Gómez
10/07/2018
06:07
Alma Gómez
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El último escritorio público en Querétaro sobrevive al embate de la tecnología, refugiado en los portales de la calle Independencia, en pleno corazón de la ciudad. A este escritorio acuden clientes de todo tipo, de todas las edades y clases sociales, generalmente son personas con la urgencia de realizar algún trámite de gobierno o adultos que necesitan hacer un contrato de arrendamiento, llenar un cheque o redactar una carta de recomendación.

Este escritorio público no es más que una mesa plegable de madera, sobre ella una antigua máquina de escribir, una cajetilla de cigarros, un cuaderno, algunas plumas y lápices, un pequeño calendario, lo necesario para convertir un rincón de la ciudad en una oficina itinerante.

María del Rosario Morales Elizondo es la dueña del escritorio desde hace 25 años. Con orgullo cuenta que es la última escribana en Querétaro.

Rosario instala su escritorio al fondo de los arcos de cantera, en una de las paredes recarga una hoja blanca de papel, con letras grandes que dicen “escritorio público”, por si alguien tuviera duda.

Desde trabajos universitarios hasta cartas de amor

Cuando Rosario se quedó sin empleo en una de las oficinas municipales donde trabajó como secretaria durante muchos años, consiguió los permisos suficientes para administrar un escritorio público. Como era de esperarse le asignaron los mismos arcos en donde se encuentra ahora, en ese punto había otros tres escritorios públicos, ahora todos desaparecieron.

En aquel tiempo los clientes llegaban uno tras otro, había trabajo para todos. Las personas pagaban 20 o 25 pesos por llenar un documento. Los universitarios, sobre todo estudiantes de la Facultad de Derecho acudían a Rosario para que mecanografiara sus trabajos de fin de curso.

En más de una ocasión María del Rosario escribió cartas de amor; una de ellas para pedir matrimonio a una joven, otra para reconciliar a un hombre casado y su amante.

Rosario llega a los portales de la calle Independencia todos los días entre 10:00 y 10:30 de la mañana, se retira hasta las 3:00 de la tarde. A pesar de las adversidades, se dice orgullosa de mantener vivo uno de los oficios más antiguos y que está a punto de desaparecer.

¿Qué pasó con los demás escritorios públicos?

“Este trabajo se está acabando por la nueva tecnología, hasta cierto punto nos ha desplazado, a mí me ha perjudicado porque ya todo se encuentra por internet, ya nadie necesita de una máquina, aunque no todos tienen la redacción que yo tengo o no todos saben como llenar un documento oficial.

“Antes había mucho trabajo, había para todos, en ese tiempo se usaban mucho que los trabajos de escuela se hicieran a máquina y ahora ya no es así. A mí me pedían muchos trabajos de los que estudiaban leyes, me traían sus libros marcados con lo que debían tener sus documentos, me llevaba yo esos libros a mi casa, me ponía a trabajar en la noche para terminar las 15, 20 o 25 hojas que tenía que mecanografiar y lo entregaba al siguiente día”.

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¿Cómo escribiste cartas de amor sin conocer a la persona?

“Me tocó hacer una que otra. Una vez me llegó una persona y me dijo, ‘necesito que me haga una carta’, le pregunté si era una carta para su novia, me dijo que no, le pregunté si era para su esposa y me dijo que no, entonces entendí y dije ‘ah, ya sé, es para otra persona’ y me respondió que sí. Yo debía preguntar todo eso para saber cómo debía escribir la carta.

“Me dijo que esa persona estaba enojada con él pero no me dijo nada más, y pues le puse de mi cosecha. Escribí: ‘Ahora que veo las nubes negras, recuerdo cómo paseaba contigo bajo la lluvia’. Después de un mes, ese mismo señor volvió y me dijo muy emocionado que la carta sí había dado resultado, nomas que él nunca había caminado con ella bajo la lluvia y los dos soltamos carcajadas, pero el objetivo estaba hecho.

“También vino un señor de Huimilpan, lo recuerdo muy bien, me dijo que hiciera una carta para pedir la mano de una jovencita. Me contó que era una señorita que vivía con sus papás pero él era viudo, esta señorita lo atendía todos los días, le llevaba los alimentos en una canasta hasta la puerta de su casa, pero nunca se hablaban, aunque él ya se había enamorado de ella. Esa carta que yo hice, el señor la iba a dejar en la canasta vacía, para que ella la recogiera y conociera de sus intenciones.

“En la carta el señor explicaba que él se podía hacer cargo de la joven y de sus papás, porque ella era quien los sostenía, y que él tenía vacas y demás ganado. A ese señor nunca más lo volví a ver. Quién sabe si la carta habrá funcionado”.

¿Cómo es tu vida ahora? ¿Aún hay clientes para los escritorios públicos?

“Mis clientes han sido de todo y sigue siendo de todo. Hasta la fecha tengo trabajos que me traen los magistrados o los abogados, aunque cada vez hay menos trabajo, las facturas por ejemplo en la Secretaría de Hacienda ya las piden electrónicas, entonces yo ya no las puedo hacer. Vienen muchos de los gestores para hacer algunas facturas de vehículos.

“Hay días en donde puedo tener cinco clientes y otros días en donde no viene absolutamente nadie y no recibo un sólo centavo. El fin de año es una buena temporada para mí, porque se renuevan algunos documentos, ahora cobro 12 o 15 pesos por llenar un pagaré, para cartas de recomendación y escritos para alguna dependencia cobro 60 pesos.

“Mi escritorio público es el último que queda en Querétaro, me encanta mi trabajo, lo hago con mucho gusto”.

 

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