Muerte de una hija los desplazó hacia Querétaro

Después de recibir amenazas por exigir justicia, Juan y su familia dejaron el puerto de Acapulco para establecerse en Querétaro.
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Ilustración: El Universal
13/08/2016
12:44
Lenin Robledo
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Una noche de abril de 2011, Rocío se acercó a su padre. La intención era pedirle permiso para asistir a una fiesta. Le dijo que sería el cumpleaños del hijo de uno de los socios de la discoteca Palladium, una de las más famosas del puerto de Acapulco.

Algo no le gustó a Juan, su padre, quizá presentía algo. De hecho, en primera instancia se negó y mostró su desconfianza porque “sé que en esas fiestas hay mucho alcohol y mucha droga”.

Sin embargo, ante la insistencia de su “princesa”, una adolescente atractiva y carismática, asintió y terminó concediendo el permiso solicitado. Rocío llenó de besos y abrazos a su padre. —¡Gracias papito!— ¡Pero te quiero temprano!, respondió su padre.

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Juan y María son una pareja originaria de la Ciudad de México, aunque muchos años vivieron en Tultitlán, Estado de México. Tenían dos hijas: Rocío, la mayor, y Perla, la menor. Ambas muy diferentes, una extrovertida y carismática y la otra, la pequeña, hogareña y tranquila.

Hace cuatros años esta pareja tomó la decisión de cambiar su residencia a Querétaro. Literalmente, huyeron de la violencia que azota a uno de los puntos turísticos más emblemáticos del país, al que Juan llegó en 1995, cuando le ofrecieron empleo en el puerto.

Con un par de mudas y con la esperanza de mejorar sus condiciones laborales comienza a trabajar en una empresa encargada de la construcción de un hotel. El inicio no fue fácil. Su origen “chilango” le hizo ver su suerte con muchos de sus compañeros que lo veían con recelo y coraje. Pero la necesidad y la responsabilidad de su familia, que se había quedado en Tultitlán, ayudaban para no tener problemas y conservar su trabajo.

El contrato de trabajo era temporal, sólo duraría tres meses. Sin embargo, la relación laboral se alargó, por lo que tuvo que buscar un departamento en alquiler. Encontró uno cerca de Acapulco Diamante. El departamento estaba sin amueblar y sólo le costaría 600 pesos al mes.

“Me fui a vivir a ese departamento en noviembre y en diciembre me llega mi esposa de vacaciones con las niñas. ¡Imagínate! Yo sin ni un mueble, yo dormía en el piso. Mi mesa era un huacalito de tomate, tenía una parrillita eléctrica y un pocillo que me había dado mi suegra y párale, no tenía absolutamente nada”, recuerda.

María cuenta que ya estaba cansada de vivir separada de Juan. Así, con el pretexto de ir a visitarlo en las vacaciones de ese diciembre, decidió no regresar y quedarse definitivamente con su esposo.

Era enero de 1996. Acapulco era una sucursal del paraíso. Buen clima, el mar, se respiraba tranquilidad y seguridad en sus calles, había oportunidades de trabajo. El lugar perfecto para consolidar un proyecto de familia. Nada hacía suponer que eso cambiaría.

Después de vivir unos años en un departamento alquilado, Juan y su familia lograron “hacerse de su casita” gracias a los años cotizados en el Infonavit. La ubicación de su casa era envidiable; el fraccionamiento se encontraba a unos cuantos minutos del famoso hotel “Princess” y de la playa Revolcadero.

Así transcurrieron los años, Juan en su trabajo como almacenista y María, en una tintorería; mientras, las dos pequeñas cursaban sin contratiempos su primaria y luego la secundaria. Sin embargo, eso cambiaría años después.

Juan recuerda que fue a partir de 2002, cuando las cosas comenzaron a cambiar en el puerto. Rocío comenzó a cursar la preparatoria. Las noticias de algunos secuestros, asesinatos relacionados con asuntos de drogas comenzaron a ser más frecuentes en los medios locales.

La situación se complicó particularmente entre 2005 y 2008. “En esa etapa comenzaron a verse muchos secuestros”, dice María.

En 2011 la violencia y el crimen organizado se habían apoderado del puerto. La mañana del sábado 8 de enero de ese año fueron encontrados varios cuerpos de jóvenes de entre 25 y 30 años decapitados en el estacionamiento de una plaza. Acapulco se convirtió en un foco rojo.

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Rocío se convirtió en una adolescente atractiva; su presencia no pasaba desapercibida. Era una chica estudiosa, carismática, amiguera y cuidadosa de su imagen, de ahí su afición al gimnasio y las extenuantes rutinas diarias.

Conforme fue creciendo, se convirtió en una de las chicas más populares de su grupo de amigos, quienes en su mayoría pertenecían a un estrato económico medio alto y alto. Las invitaciones a fiestas y reuniones comenzaron a aumentar. Sus padres, al ver que la inseguridad crecía en Acapulco, se volvieron más estrictos y limitaron muchos permisos.

“Ella era una chica sana, le gustaba ir al gimnasio, era fiestera y un poco rebelde, pero todo dentro de lo normal de una chica de su edad” resalta María.

Perla era muy diferente, era más hogareña, nunca le gustó salir a fiestas, no le gusta bailar. De hecho se casó a los 17 años. Algo que no fue bien recibido por sus padres, pero al final de cuentas aceptaron el hecho.

Rocío logró terminar la preparatoria, tenía las ganas y la convicción de seguir estudiando, logró ingresar a una universidad privada para cursar Administración de Empresas. La situación económica de su familia no permitía pagar las colegiaturas, por ello, Rocío comenzó a trabajar y a estudiar al mismo tiempo.

Su futuro era prometedor. Guapa, inteligente y popular, tenía todo para destacar. Por desgracia para esta y para miles de familias que viven en Acapulco, la violencia y la descomposición social los alcanzó. 2011 se convirtió en uno de los peores años de su vida.

Después de que Juan le concediera el permiso a Rocío, su hija, de asistir al cumpleaños del hijo de un personaje influyente de Acapulco, las cosas no volverían a ser igual para esta familia.

Antes de ir a esa fiesta, Rocío acudiría al gimnasio, se preparó y se despidió de su padre. “Adiós papá, nos vemos más tarde”, fue lo último que escuchó de su hija y la última vez que la vio bien.

“Nada más me dijo: —Adiós papá, nos vemos—. Yo le dije que se cuidara mucho y que la esperaba temprano en casa. Fue la última vez que la vi”, recuerda con tristeza Juan.

Ya en la noche, Rocío habló con su mamá vía telefónica para decirle que la fiesta iba a terminar muy noche y que se quedaría en casa de una de sus mejores amigas. No hubo momento para la desconfianza pues no era la primera vez que eso sucedía. Era su amiga desde la infancia.

La incertidumbre y la zozobra comenzaron a invadir a Juan y a María cuando al día siguiente no supieron nada de su hija. Nunca contestó el celular. Después de muchos intentos respondió la amiga; María le pidió explicaciones.

En ese momento la amiga sólo se limitó a decir que Rocío estaba indispuesta, que algo de lo que comió una noche antes le había caído mal. María pidió desesperada que le llevara a su hija a un punto de la ciudad para trasladarla al hospital si era necesario. Algo parecía estar mal y ella lo sabía, lo presentía.

Después de muchas vueltas y evasivas, la amiga determinó que el punto de encuentro sería la fuente de la Diana Cazadora. Ahí le entregarían a su hija y así fue. Fueron minutos de mucha desesperación y confusión.

Rocío se encontraba al interior de una camioneta negra. Estaba como en estado de shock, no respondía, su mirada estaba perdida.

Sin pensarlo sus padres la llevaron al hospital más cercano. El primer diagnóstico fue que la habían drogado. Presentaba algunas señas de violencia; moretones en el cuerpo y evidencias de que había sido violada.

No hubo tiempo para reclamos hacia la “amiga”, la cual desapareció una vez que entregó a Rocío.

Su brazo izquierdo presentaba alrededor de seis pinchazos, cinco en forma de círculo y uno en medio de ese círculo. De acuerdo a lo mencionado por los médicos, al parecer se trataba de varias inyecciones de droga, al parecer cocaína líquida. Después de varias revisiones médicas y horas después, Roció convulsionó y falleció.

Según el reporte de las autoridades, la causa de la muerte fue: homicidio medicamentoso. Sin pensarlo, Juan y María se trasladaron al Ministerio Público para denunciar el hecho. No hubo mucho éxito, de hecho, las mismas autoridades aseguraban en ese momento que poco se podía hacer, ya que los sospechosos “eran muy poderosos” a los que poco o nada se les podía hacer. Meses después el Ministerio Público se declararía incompetente para llevar el caso.

Días después de la denuncia, María recibió una llamada en su domicilio, una llamada amenazadora. Pidieron que no siguieran adelante con la demanda, que les podía ir muy mal. No hicieron caso y siguieron adelante con la denuncia; sin embargo, llegó una segunda llamada.

“Nos dijeron que no siguiéramos adelante con la denuncia si no queríamos vivir otra situación similar con otros familiares y me dieron referencias de algunos familiares. Fue ahí donde la verdad nos dio miedo, sabían quiénes éramos dónde vivíamos y qué hacíamos”, señaló.

Los días posteriores fueron de total angustia, de una paranoia infernal que los hacía desconfiar de todo y de todos, se sentían perseguidos. Aunado a ello, la situación de inseguridad y violencia no cesaba en Acapulco.

**Una tarde, después de que María sufrió un intento de asalto en un taxi y de haber sido testigo junto con su esposo de un atentado a una central de taxis, de varios “levantones” y de la quema de algunos vehículos cerca del Acapulco Diamante, recibió una llamada que les cambiaría la vida.

Era uno de sus hermanos, que vive en Querétaro desde hace muchos años, quien al conocer la situación que estaban viviendo su hermana y su cuñado no dudó en sugerirles que urgentemente se vinieran para acá.

No lo pensaron mucho. Primero se trasladó María a Querétaro y ocho meses después, lo hizo Juan después de hacer algunos trámites en su trabajo.

“Dejamos casa, muebles, todo se quedó allá. Nos vinimos a Querétaro huyendo de la violencia de Acapulco. Aquí la gente es muy distinta a la de allá, hay gente más educada, más amable. Ahora Querétaro nos brinda esa oportunidad para volver a comenzar y de a vivir”, dice.

El recuerdo de su hija no se borra, de hecho tienen varias fotos de ella en toda la casa y un retrato grande en el centro de la sala que los hace sentir cerca de ella. Rocío era fan de todo lo relacionado con las hadas y así es como la sienten, como una especie de hada que los cuida y ayuda todos los días.

Atrás dejaron una historia tormentosa, pero su casa y su familia se quedaron en Acapulco.

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