Así es “El Infierno”, la cárcel de Veytia en Nayarit

El Cereso de Nayarit, antes bajo el dominio del ex fiscal estatal Édgar Veytia, El Diablo, regresa al orden. Muchos de los internos que pertenecían a cárteles cooperan con las autoridades
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La capacidad máxima del Cereso es de 960 internos, actualmente hay 2 mil 100, de los cuales 12 son extranjeros y están presos por tráfico de drogas. Cada celda alberga a 16 internos. (Fotos: ARIEL OJEDA)
23/02/2018
01:33
Dennis García
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Se abren las puertas de El Infierno y se entra al territorio oscuro de Tepic, donde todavía se siente la presencia de El Diablo Veytia. En la época del Fiscal de Hierro era imposible ingresar al Centro de Readaptación Social Venustiano Carranza, el peor calificado en todo el país (4.37) por la Comisión Nacional de los Derechos Humanos (CNDH).

Veytia lo utilizaba como zona de castigo y para ocultar a sus sicarios, quienes salían y entraban sin ningún problema. Incluso, algunos aseguran que al interior del Cereso se hallaba un laboratorio para la elaboración de drogas, detalla un reporte que se entregó a la nueva administración en el cambio de gobierno.

Si alguien se negaba a firmar documentos para ceder derechos de tierras o inmuebles, declaraciones para inculpar a otros o simplemente eran del grupo contrario, la orden era directa: ablandarlo.

La instrucción venía desde arriba, del fiscal Édgar Veytia, y se tenía que cumplir. Los custodios sabían que cuando lo ordenaba, el castigo para los internos era mandarlos a la parte norte de la prisión, en el dormitorio 7-1. Algunos lo llamaban el calabozo, porque está en el sótano. Ahí los mantenían por días conviviendo con la población que padece problemas mentales.

Detrás del viejo portón corredizo se esconde un mundo. Aquí se aplica la vieja frase: “Lo que pasa en Las Vegas se queda en Las Vegas”, todos saben lo que sucedía, pero nadie quiere dar detalles. Es una ley de supervivencia.

Caminan con libertad desde que amanece hasta la puesta del sol, cuando ingresan a sus celdas. Visten como quieren.

De las nueve de la mañana a las cinco de la tarde es un pueblo, conviven hombres y mujeres en el patio central. Hay restaurantes operados por internos que, cuando hubo autogobierno, pagaron por la concesión