"No temen morir", así es el perfil de los asaltantes en México

Jóvenes de 18 a 25 años cometen la mayoría de los robos en calles y el transporte público; es posible que tuvieran padres sobreprotectores
"No temen morir", así es el perfil de los asaltantes en México
Ilustración: Rosario Lucas
05/06/2018
05:05
Andrés M. Estrada
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En las entrañas del Reclusorio Norte de la Ciudad de México, recorre los pasillos de los dormitorios. Observa a los reclusos para saber cómo están y en determinado momento, atender ciertas peticiones de cambio de estancia. De igual forma, se encarga de revisar sus expedientes y, cuando ya están sentenciados, los ubica en un área de la población de acuerdo a su perfil.

Se trata de algunas de las tareas diarias de Francisco Morales, especialista en sicopatología criminal y encargado de la Unidad Departamental del Centro de Diagnóstico, Ubicación y Determinación de Tratamiento del reclusorio. Ahí también coordina y organiza las áreas de sicología, criminología y trabajo social.

En ese centro de readaptación social interactúa con delincuentes de todo tipo. Entre ellos, algunos de los 8 mil 465 detenidos por la Procuraduría General de Justicia de la Ciudad de México por delitos de robo con violencia a transeúnte y transporte público en la capital del país, de enero de 2015 a octubre de 2017, de acuerdo con cifras obtenidas a través de Transparencia en poder de EL UNIVERSAL.

De los detenidos, 7 mil 599 lo fueron por robo con violencia a transeúnte; 447 por robo a pasajero de microbús; 291 por robo a pasajero del metro y 128, por robo a pasajero de taxi.

El perfil característico de estos infractores es que son jóvenes que van de 18 a 25 años de edad. También hay mayores, pero son pocos. Algunos han estado en tutelares, pues no es la primera vez que roban. Comienzan desde niños o en la adolescencia, con pequeños hurtos en la casa, como el cambio, cosas pequeñas, y de ahí van incrementando su nocividad delincuencial, de acuerdo con el especialista.

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Son jóvenes muy confrontativos, sobre todo con las figuras de autoridad. “Van a tener problemas en la escuela, problemas con los vecinos. Se van a estar peleando a cada rato. Van a tener ese tipo de problemas de interacción social. No respetan las leyes o reglas sociales, como a lo mejor formarse en la fila de las tortillas, o esperar a que alguien salga y ellos entren. Cualquier situación la van a tomar como una provocación”, explica.

A su vez, Gloria López Santiago, sicóloga criminal y forense, cuenta que la personalidad de estos delincuentes es de sujetos con poco control de impulsos, baja tolerancia a la frustración y que disfrutan asumir una condición de poder sobre sus víctimas.

“En los primeros robos vamos a tener situaciones de conductas fuera de la ley. Muchas veces desde la adolescencia va aumentando y se va haciendo progresivo, de tal manera que en esta escalada de violencia lo que tenemos como resultado último puede ser ya un homicidio, y un homicidio donde no tenga la intención de defenderse, sino algo que ya es doloso, que sea con toda la intención de generar el daño”, comenta.

Este diario documentó que 215 ciudadanos fueron despojados al día de sus pertenencias en la vía pública y el transporte público e individual en en el país, de 2015 a abril de 2018, de acuerdo con cifras del Secretariado Ejecutivo del Sistema de Seguridad Pública. De éstos, 168 se ejecutaron con violencia. De acuerdo con la dependencia, la CDMX registró 44 mil 989 casos (34 mil 4 con violencia).

Lesiones y pánico

Algunas de las víctimas terminan con heridas y/o lesiones graves que requieren hospitalización. Un problema que genera mayores pérdidas económicas en comparación con las pertenencias despojadas. Lo mismo que trastornos sicológicos, como estrés postraumático, ansiedad y pánico, que en ocasiones les impiden realizar sus labores cotidianas con normalidad.

De su interacción con los reclusos que se dedicaban al robo con violencia a transeúnte y transporte público, el especialista en sicopatología criminal cuenta que la mayoría proviene de familias desorganizadas, desintegradas y disfuncionales. Donde probablemente sí existe una figura parental, padre y madre, pero está ausente o ha sido muy violenta con ellos y los ha privado de muchas satisfacciones desde niños.

En ocasiones, los hacen ver y sentir como tontos. No reciben cariño y se va creando cierto rencor, que a la vez genera o se traduce en conflictos con cualquier tipo de autoridad.

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Figura de autoridad

“No hablemos sólo de la policía, cualquier figura que tenga autoridad, como un maestro. Vemos que de repente en la escuela van a tener muchísimos problemas. La mayoría no va a terminar la escuela. La mayoría si llega a la prepa es demasiado”, detalla.

En algunos casos es posible que estos sujetos hayan tenido una madre castrante, una madre sobreprotectora que los dañó. La sobreprotección es una forma de maltrato, que va a derivar en que no enfrenten y se hagan responsables de sus problemas y sus conductas.

“Actualmente tú oyes a la visita que dice: ‘Mi hijo no es malo. Viene por homicidio, pero no es malo’. De este tipo de gente estamos hablando, de que no tiene la capacidad para hacerse responsable de su conducta y de los demás, lo que llamamos la capacidad de juicio. Si las mamás nunca les han enseñado cómo hacerse responsables de su comportamiento, entonces ellos por qué tendrían que hacerlo, siempre van a justificar su comportamiento, siempre van a estar justificando todo lo que hacen.

“Es decir, si tú estás hablando ahorita por teléfono en la calle y te roban, ‘pues es tu culpa, por hablar por teléfono en la calle, si ya sabes cómo está la delincuencia. Tú tienes la culpa, no yo, que te robé’. Nunca se van a hacer responsables de su conducta”, expone el funcionario del Reclusorio Norte.

“Esa pinche vieja no me quiere dar el celular”, se escuchó desde la parte trasera del microbús. La joven sollozaba y desesperada les decía que no traía teléfono. “Pues revientala a la hija de su pinche madre”, respondió su cómplice. Los pasajeros que fueron despojados de sus pertenencias uno a uno esperaban lo peor, escuchar la detonación del arma de fuego. Por fortuna, no fue así.

A una señora la golpearon con la palma de la mano en la cabeza, porque se resistía a soltar su bolso. Eran cerca de las 9 de la noche de un viernes de junio de 2011, mientras el vehículo circulaba a la altura de calzada de La Viga y Churubusco, cuando los delincuentes descendieron, no sin antes lanzar la amenaza: “¡no me vean cabrones, o los reviento!”.

Calle oscura

El transporte continúo su marcha; en tanto, los sujetos se metieron corriendo por una calle oscura. Morales expone que muchos robos se cometen por el fácil acceso a las armas. Los delincuentes se vuelven intimidantes y las portan con naturalidad. Además, incrementan su violencia por la falta de empatía hacia los demás y no se conforman con quitar el dinero, golpean, disparan y en algunos casos agreden sexualmente a la víctima.

“A estos chavos no les interesa si hacen daño, van a ocasionar el mayor dolor posible. Cada vez que se les entrevista, se muestran hasta fríos. Hay quienes hasta al revivir y contar el delito llegan a sonreír. Revivenciar esa parte es emocionante para ellos”, dice el especialista.

En las entrevistas que ha tenido, una peculiaridad es que muchos disfrutan los robos por la adrenalina que les genera hacer algo peligroso. “Se les ha preguntado: ‘¿Oye, tú sabías que adelante estaba la policía? Sí. ¿Sabías que había un retén? Sí. ¿Y por qué pasaste? ¿Por qué lo hiciste?’ Y te responden que nada más por la adrenalina”, indica.

En el caso de la adrenalina de los asaltantes, López Santiago, integrante del Colegio Mexicano de Psicología Criminal y Forense, explica que algunos neurosicólogos han hecho estudios donde se establece que los neurotransmisores aumentan poco a poco y se genera un proceso de adicción. De la misma manera en que alguien se vuelve adicto a una sustancia, se genera una adicción a la violencia, que va escalando poco a poco.

En la carrera delictiva de estos infractores se observa que inician desde temprana edad. Durante el transcurso de su vida, primero ingresan a los tutelares por robos, lesiones y después a los reclusorios por el mismo ilícito, por homicidio o por algún otro crimen más grave.

Mandaderos

“Es decir, están escalando en los delitos, en su nocividad delincuencial. Van incrementando su capacidad de llevar a cabo un delito. Muchas veces llegan a integrarse a grupos de delincuencia organizada, con secuestradores, o se vuelven como los mandaderos, una especie de sublevado de los narcotraficantes. Se van a ver implicados en situaciones más fuertes, cada vez más en esa escalada de violencia”, destaca Morales.

En cuanto a los recientes linchamientos y asesinatos de asaltantes a manos de la ciudadanía y de justicieros o vengadores anónimos, ¿ha notado algún temor de que esto le ocurra a los delincuentes? –se le pregunta al especialista en sicopatología criminal.

 

“No. No tienen miedo a morir. De hecho, como que implícitamente en esta conducta es lo que están buscando. Porque digo, ¿a qué se exponen al ir caminando con un arma?. Es un 50% de probabilidad. Es algo que ellos dicen ‘o gano o pierdo. Si gano, voy a ganar bien, si pierdo, hay que perder bien. No tienen miedo a morir, realmente no lo tienen”, asegura.

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