Celebran a la muerte con flores de colores

Metrópoli 03/11/2015 01:32 Actualizada 10:38

Uno de los días más importantes para los mexicanos nuevamente llegó, ese día en el que paradójicamente el culto y fiesta es en honor a la muerte, en honor a quienes vivieron y dejaron marca en los corazones de los vivos.

El día de muertos es una tradición única; caminar entre tumbas, entre vivos, entre muertos, entre las flores de colores, los globos, la risa y el llanto. Ese lugar que será la morada de todos algún día.

Afuera del panteón se saborean con la nariz las gorditas de maíz quebrado, los guajolotes, las garnachas, los chicharrones con cueritos y se ambienta con la invitación a comprar la mercancía de los ambulantes “lleve la flor, a 20 pesos el ramo”, “pásele, qué va llevar”, “tenemos antojitos, tacos, tostadas…”.

Esos olores que todo buen mexicano reconoce. Entre los puestos Carmelita se abre paso con una maceta de cempasúchil, roja por el sol del mediodía que le pega en la cara y el “¡chin! me hubiera traído mi sombrilla, pero es que el clima está reloco y ya sabe uno ni qué”.

Carmelita visita a su esposo, cada 2 de noviembre pero también en los aniversarios: el día de su boda, su cumpleaños, el día de su muerte, el cumpleaños de Carmelita, el cumpleaños de sus hijos.

“Murió hace cinco años, le dio cáncer y ni modo… se siente bonito y también feo, me gusta venir y traerle flores, vengo por lo menos una vez al mes; se siente feo irme y que él se quedé ahí pero uno le tiene que seguir echando ganas”.

Al observar a quienes entran y salen del panteón un grupo llama la atención, son más de 15 personas que elaboraron un marco de madera y flor de cempasúchil, entran en fila para visitar a La Chatis, niños, jóvenes y adultos entran cantando y tocando música de concheros: sonajas, tambores y conchas.

En otra tumba, Juan desmaleza alrededor del lugar donde yace su hijo, hace casi siete años que murió; él junto con su esposa y otro de sus hijos limpian las losetas azules que forman el nicho de Carlos.

“Teníamos como tres meses sin venir y mira cómo creció el pasto. Ha llovido mucho y luego uno con tanto trabajo ya ni hay chance de venir, aunque sea un ratito que venimos, nunca se nos olvida”.

Y así pasa el día, cada muerto con una historia: dolor, llanto, remordimiento y antes de eso amor, alegría, risas, convivencia. El 2 de noviembre es solo una fecha simbólica. El día que recuerda que lo único seguro en esta vida es la muerte.

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