Se encuentra usted aquí

10/08/2017
14:27
Paulina Rosales

Ceguera. Entre caridad y riesgos

Una reportera de EL UNIVERSAL Querétaro se hizo pasar por invidente; se encontró con cientos de obstáculos en las calles, pero también con personas que le ofrecieron ayuda

 


Es difícil explicar en palabras la primera vez que me puse esos lentes oscuros y cerré los ojos para no ver nada. Estaba en la calle Manuel Gutiérrez Nájera, una vialidad estrecha, céntrica y llena de empedrado. El camino era cuesta arriba y un bastón para ciegos era mi única guía

Un paso, dos pasos y el ruido de los carros. Minutos después el ruido de los autobuses y las ráfagas de viento de las personas que pasaban a mi lado.

Tres pasos y tropecé con un adoquín desgastado, más pasos y era necesario tocar la pared. Sentía ansiedad. Quería saber qué había después de mí, para evitar los obstáculos.

Y es que sentir la ausencia de la luz, es perder el sentido de la orientación que con el tiempo vas recuperando, pues se comienzan a utilizar los oídos y el tacto en lugar de la vista para tratar de eliminar la sensación de vacío, de no saber qué es lo que hay pasos adelante: un escalón, una maceta, un poste de luz o una coladera.

Camino así durante varios días, en diferentes calles, con baches y sin ellos, hasta que encuentro un lugar adecuado para hacer lo que en ocasiones realizan los más necesitados: pedir limosna.

El estado de Querétaro es de gran tradición católica, de acuerdo con datos duros la mayoría de los habitantes tiene afinidad con esa religión, por lo que supongo que practican la misericordia que promueve el cristianismo.

Quizá por esa razón me acerco a una capilla ubicada al lado del templo de la Santa Cruz, una construcción del siglo XVII donde se asegura que los chichimecas se rindieron ante los españoles.

La capilla seleccionada, El Calvarito, a diferencia de La Cruz, tiene una construcción pequeña y menos llamativa. Me siento ahí en el piso, al lado de la puerta y coloco una cartulina blanca con letras negras con el mensaje: “¡Buenos días! Quedé ciega por un accidente. ¿Me podrías ayudar con una moneda? ¡Dios te bendiga!”.

“¡Dios la bendiga, señorita!”, dice un hombre después de casi 15 minutos de esperar ayuda. Me da una moneda, que por el tamaño juzgo es de 10 pesos, y al poco tiempo un segundo hombre hace lo mismo. Lo único que veo son unos tenis grises que caminan en dirección al mercado de La Cruz.

Han pasado 20 minutos y mi letrero lo han visto varios transeúntes. Uno de ellos se detiene enfrente y lo lee. Lo único que se me viene a la mente son las preguntas que todos nos hacemos antes de dar dinero a un desconocido: ¿Le daré o no le daré limosna? ¿Lo necesitará realmente? ¿No será un(a) farsante?.

El hombre deja de ver el letrero y se marcha sin dejar una moneda. Será para la otra, pienso. Después de varios minutos llega una mujer con tacones blancos. Pasa rápido y por la hora, las 11:00 de la mañana, pienso que se dirige a su trabajo. Camina rápido, pero a media cuadra, regresa. Lee el letrero. Abre su monedero y me coloca una moneda en mi mano. “¡Dios te bendiga! Guarda el dinero que tienes ahí para que no te lo quiten”, me dice antes de irse. Sin embargo, las monedas colocadas sobre una chamarra negra no son tocadas por nadie.

La mayoría de las personas pasan enfrente de mí y no se detienen. Otros sí se paran, leen el letrero, pero tampoco dan nada. Son los menos los que obsequian algunas monedas.

En algunos casos pasan sin detenerse, pero al igual que la señora de los tacones blancos, después de unos segundos se paran y regresan a colocar monedas en la chamarra negra. Después de casi una hora de llevar a cabo este ejercicio, las monedas que obtuve suman un total de 86 pesos.

Lazarillos de ocasión

Después de estar en la capilla de El Calvarito, me dirijo hacia la avenida Zaragoza, con el bastón en mano, el cual se atora frecuentemente en los adoquines de las calles, las cuales presentan obstáculos a cada metro. Camino entre macetones, bancas y boyas, con los que me encuentro por todas partes.

Después de caminar durante varios minutos, un señor que vende periódicos me pregunta: “¿A dónde vas?”, le respondo que “a la avenida Zaragoza, a tomar el camión”.

“Eso es muy peligroso, es la carretera. ¡Te puede pasar algo! No, no vayas para allá. ¡Regrésate, regrésate!”, me dice el señor.

Trato de explicarle que conozco el camino y que puedo tomar un autobús, pero antes de que pueda emitir una palabra, la voz de una mujer aparece: “¡Yo te llevo!”.

Además de mi bastón, el hombro de la señora se convierte en mi segunda guía. Mantengo los ojos cerrados y camino por la calle en la dirección que me marca mi acompañante. Platicamos momentáneamente, mientras le digo que voy rumbo al campus universitario.

El camino no es demasiado largo. Andamos juntas durante aproximadamente 10 minutos. A medida que caminamos, el sonido de los vehículos se vuelve más intenso. El ruido del motor de los autobuses y las ráfagas de aire, provocadas por la velocidad de los carros, son las sensaciones que percibo.

Al llegar a mi próximo destino, una parada de autobús, el hombro de la mujer deja de ser mi guía y lo sustituye un tubo metálico, que supongo es uno de los postes de la parada de camiones. La mujer aún no termina de despedirse cuando siento que la mano de una chica me dirige por unas escaleras altas. En poco tiempo, estoy arriba de un camión suburbano, sin saber bien a bien hacia dónde me dirijo. Los ojos los mantengo cerrados y además de las manos que me auxilian, siento los tubos metálicos del camión.

“¡Cédanle un asiento!”, dice el chofer del autobús, y de inmediato otra chica me guía hasta los asientos preferenciales. Al lado de mí está sentado un señor de la tercera edad, quien me pregunta hacia dónde me dirijo.

Después de decirle que voy a la universidad, el hombre me explica que falta un buen tramo para llegar. Sin embargo, el ruido de un motor de autobús es acompañado de la descripción de los lugares por donde pasamos. El anciano me dice que estamos en la avenida Zaragoza, que llegamos a la Alameda y que casi arribamos al mercado Escobedo. Él se baja en ese punto y se despide.

Después de su partida, el camino se vuelve más largo. Tras varios minutos de sólo escuchar el ruido del motor del autobús, la voz del chofer aparece: “¡Llegamos a la universidad!”.

Me bajo por los escalones de la puerta delantera y el conductor me regresa el mismo billete de 20 pesos que le entregué al subir al camión para pagar mi pasaje.

En la parada donde desciendo hay un puente peatonal que todos los días estudiantes y trabajadores cruzan para llegar al campus. En una de las rampas del puente se encuentra Ausencio, un hombre de 73 años que se dedica a tocar el violín de 10:00 de la mañana a 3:00 de la tarde.

Además de su violín, lo acompaña un bote de pintura blanco que funciona como asiento y una chamarra colocada encima de su cabeza, que usa para protegerse del sol.

Platico con él durante unos minutos, mientras examino si el puente es un buen lugar para pedir limosna. Me cuenta que proviene de la Gotera, una comunidad de la delegación de Santa Rosa Jáuregui, a 40 minutos de la universidad.

De lunes a viernes, Ausencio realiza un viaje en autobús que dura alrededor de dos horas; el pasaje le cuesta 23 pesos.

Cuando le pregunto por qué se sienta en la rampa del puente peatonal a tocar su violín, no duda en responder que es por dinero. Por cinco horas, obtiene entre 300 y 400 pesos, dependiendo del día y la afluencia de las personas.

Menciona que si trabajara en una fábrica ganaría muy poco, además de que por la edad no lo contratan en ningún lado. Probablemente obtendría el salario mínimo, que apenas llega a los 80 pesos diarios, mientras que tocando el violín gana el equivalente a cuatro mínimos.

Mientras yo sudo profusamente por el sol de las 2:00 de la tarde y dudo si será conveniente colocarme del otro lado del puente para pedir limosna, Ausencio dice que ya está acostumbrado y en el puente gana lo suficiente para pagar los casi 50 pesos diarios de pasaje, más la comida y otros objetos personales.

Aunque me quedo alrededor de media hora a su lado, los transeúntes no dejan de repartir monedas en el estuche de su violín. De dos o cinco pesos y las más generosas de 10. El reloj da las 3:00 de la tarde y el anciano se levanta. Hago lo propio, ya que no soporto más el intenso sol.

Mientras este músico callejero se despide y carga sus cosas y sus ganancias que ese día casi llegan a los 400 pesos, yo me voy del otro lado del puente peatonal a esperar a que el sol disminuya para poder encontrar otro espacio donde pedir limosna. En mi caso, tampoco me fue tan mal: durante la hora que permanecí en El Calvarito obtuve el equivalente al salario mínimo correspondiente a una jornada laboral de ocho horas.