Establo que no se deja “devorar”

A lo largo de 28 años, don Antonio fortaleció un negocio propio, pero teme que estos establecimientos desaparezcan pronto
(Fotos: LUIS SÁNCHEZ)
11/06/2017
02:47
ALMA GÓMEZ
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Don Antonio González Torres se ha dedicado a la producción de leche durante 28 años. Inició con 10 animales y hoy tiene 300 vacas en su establo, que se ubica en la colonia Ejido Modelo, en Querétaro. En este lugar trabajan 15 personas y se producen 3 mil 200 litros de leche al día.

Es uno de los pocos establos que no han sido devorados por la mancha urbana. Situado en el límite del municipio de Querétaro y Corregidora, el negocio de Antonio González no sólo se trata de producir leche, también se engordan cerdos y becerros, se crían toros y se siembra maíz y alfalfa.

Entre el olor característico de la pastura mojada, el mugir de la vacas y los ronquidos de los puercos que toman su siesta de medio día, los trabajadores manejan pequeños tractores, revolviendo el alimento para las bestias.

Formadas en fila india, las vacas son las primeras en comer, acomodadas a lo largo de un gran corredor, donde el dueño del lugar supervisa que todo vaya bien, mientras comenta a EL UNIVERSAL Querétaro su temor de que establecimientos de este tipo desaparezcan pronto. “He visto a gente más poderosa que yo cerrar sus establos y dedicarse a otra cosa [...] Ya no se tiene el mismo interés de antes”.

A pesar de la adversidad, este pequeño productor de leche prefiere trabajar “a la antigua”. No ofrece su producto a grandes empresas comerciales, en vez de eso, vende 90% de la leche a pequeños repartidores locales.

Trabajo y esfuerzo

La historia de don Antonio y el campo comenzó hace casi 30 años, cuando se cansó de ser chofer de una unidad de transporte público y decidió ser dueño de su propio negocio. Primero producía y vendía forraje, lo repartía en su bicicleta, pues no tenía maquinaria.

“Yo me dí cuenta que a las personas a las que les vendía forraje también tenían animales y pensé que yo podría tener un establo y producir la comida para mis propias vacas”, cuenta.

Vistiendo pantalón de mezclilla, camisa y sombrero blanco tipo texana, vigila que sus animales coman, con orden y tranquilidad, la pastura que se produce en su propio establo.

Cuenta que se volvió productor en 1988, cuando varios hijos de ejidatarios conformaron la sociedad Ganadera Modelo 88 y consiguieron apoyos del gobierno para entrar al negocio de la leche y maíz. Cuatro años después, la federación desapareció, porque la mayoría de los productores no pudieron pagar sus deudas y, para salir adelante, vendieron bestias y parcelas.

Pero Antonio sí triunfó. Con ese dinero compró sus “primeras diez vaquitas”. Después, con mucho trabajo y esfuerzo, adquirió otras cuatro y luego cuatro más, hasta tener 300; además de toros, cerdos, y sembrar maíz y alfalfa.

“Eramos 15 asociados más o menos y ya sólo quedamos tres que nos dedicamos a esto. Ese fue el inicio de un largo peregrinar, porque vivir del campo es muy difícil, es muy inestable. Simplemente el año pasado estuve apunto de perderlo todo. Es muy angustiante”, señala.

Hace unos meses, pidió un préstamo al banco, que pretendía pagar con un cultivo de cebada; sin embargo, la cosecha no funcionó y tuvo que echar mano de todas sus producciones para solventar la deuda y no perder su patrimonio, construido a lo largo de casi 30 años.

Leche para “boteros”

En el establo se ordeña a los animales dos veces al día, a las 6 de la mañana y 2 de la tarde. Don Antonio produce en círculo completo: desde la pastura, con lo que alimenta a las vacas, que a su vez producen la leche, la cual se vende a Liconsa o los “boteros”, quienes llevan el lácteo a diversas colonias o lo usan para hacer quesos.

Los “boteros” son los mejores clientes de don Antonio, pues a pesar del transcurso de los años, aún se encuentran en varias colonias de la ciudad. Ellos pagan siete pesos por litro de leche, mientras que Liconsa ofrece seis pesos.

A diferencia de otros pequeños productores, no vende su producto a empresas como Nestlé o Danone, por recibir de ellas maltratos y precios debajo del costo de producción.

Prefiero venderle a Liconsa, le vendo nada más el sobrante de mi producto, porque no tienen palabra. Firmamos contratos con ellos cada año, pero no los cumplen. Uno entrega el producto, espera su dinero y, de repente, le dicen que ya no pueden recibir más leche o que pueden comprar sólo la mitad. Eso complica mucho las cosas para nosotros”, señala.

A propósito del Día Mundial de la Leche, que se celebró el 1 de junio, pide al gobernador de Querétaro mayor sensibilidad hacia la gente del campo, para mantener un diálogo sin intermediarios: “Pancho [Francisco] Domínguez tengo entendido que tiene ganado, pero casi estoy seguro que lo tiene por diversión o entretenimiento, porque él no lo necesita, pero sí le pedimos que se acerque con nosotros, que vea cuáles son nuestras necesidades, por lo menos que oiga el sentir de la gente. Que sepa cuánto cuesta el alfalfa, los insumos para producir, las vacunas para los animales”.

Sueño hecho realidad

El padre de Antonio trabajaba ocho hectáreas de tierra y era dueño de diez vacas, tuvo una vida digna y modesta. Siempre le pidió a sus hijos que trabajaran duro para ser dueños de más de lo que él mismo pudo conseguir. Con una sonrisa en el rostro se dice orgulloso de lo que ha logrado a base de trabajo y esfuerzo, el sueño de su progenitor ahora se hizo realidad; aunque lamenta que sus hijos no sientan el mismo interés.

“Yo tenía un compromiso con mi padre, que ya falleció. Él decía: ¿Cuándo veremos lleno nuestro corral, teniendo sólo diez vacas? Y yo le decía que algún día lo tendríamos. Casi en memoria de mi padre he hecho todo esto. Quisiera que también mis hijos se interesaran, pero ya no se tiene el mismo interés que antes. Con el tiempo creo que todo esto se va a perder”.

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