De espíritu combativo

Deportes 31/05/2014 01:01 Actualizada 09:16

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Ahí, postrado sobre una cama, Oribe Peralta Morones (Torreón, 12 de enero de 1984) parecía otro chico con sueños despedazados por el infortunio. Pero fue justo en ese momento cuando demostró que sería mucho más que cualquier futbolista promedio.

Tenía 14 años de edad, su tibia y peroné estaban fracturados, por lo que existía la posibilidad de no continuar en el Centro de Sinergia Futbolística (Cesifut). Pidió otra oportunidad… Y no falló. Tardó pocos más de 12 meses en recuperarse, mas volvió remasterizado.

Sello distintivo en la carrera de un hombre al que apodan El Cepillo por la rigidez de sus cabellos, tan sólidos como el espíritu combativo que siempre muestra sobre el lienzo verde.

La posibilidad de participar en una Copa del Mundo le llega hasta los 30 años de edad. No le importa. Desde pequeño aprendió a vivir el presente y no mortificarse por el futuro.

Miembro de una humilde familia coahuilense, el hoy delantero del América se hizo futbolista con un balón parchado. En el ejido de La Partida no siempre había monedas para adquirir otro después de los daños que provocaban los matorrales en el juguete favorito de Oribe, a quien no le quedaba más que restaurarlos.

Eso explica su amor por un deporte que le ha dado todo desde la infancia: sueños, diversión, disciplina, formación personal, dinero y hasta fama, esa que hoy lo tiene encumbrado como la figura tricolor.

“Me da mucho gusto lo que hoy está viviendo, porque es alguien que nunca se da por vencido”, comparte su padre, Miguel Ángel Peralta. “Tiene una entereza a prueba de todo”.

Se la heredó. Aunque no existieron carencias en la casa del lagunero más lagunero, tampoco hubo lujos. Las cuentas salían… Apenas.

Es por eso que El Cepillo jugaba varios partidos, durante el fin de semana, cuando era adolescente. Confiaba en su capacidad, así es que cobraba por cada gol anotado en los equipos que reforzaba. No importaba si era el primero o el último en una tanda de cuatro cotejos por día, su rendimiento era el mismo.

Don Miguel Ángel no sabía lo que el chico realizaba para ayudar con los gastos de una familia en la que él es el mayor de cuatro hermanos. Era lo de menos. Su madre, Julieta Morones, era el cómplice ideal. Le apoyaba a cambio de que no abandonara los estudios, pacto que cumplió hasta la secundaria.

Sus cualidades, descubiertas tardíamente, sorprendieron a visores de la Federación Mexicana de Futbol y algunos clubes, pero fueron los Alacranes de Durango quienes le dieron una verdadera oportunidad. Se trataba de un integrante de la entonces llamada Primera División A, poco para el espíritu inquebrantable del norteño.

Tras no pasar un test en el Guadalajara, Rubén Omar Romano lo llevó al Morelia. Tampoco hubo fortuna: tras dos meses a prueba, sin goce de sueldo, fue puesto transferible.

Comenzó un peregrinar que finalizó hasta inicios de 2010, cuando volvió al Santos Laguna, el club de sus amores. Fue entonces que llegó la explosión que hoy le hace el motor de los sueños tricolores.

Delantero letal, con sangre fría e inteligencia ante el arco rival, capaz de sorprender a sus compañeros gracias a una definición inverosímil. Hombre familiarizado con las segundas oportunidades, aunque está consciente que la XX Copa del Mundo puede ser única, por lo que se ha propuesto no fallar.