Pretoria.— El atleta sudafricano Oscar Pistorius, con una vida llena de éxitos y considerado como un héroe nacional, fue condenado a cinco años de prisión por haber asesinado a su novia, la modelo Reeva Steenkamp.

Tras un largo y mediático proceso, la jueza Thokozile Masipa justificó la condena en la gravedad del delito y el grado de negligencia de Pistorius al abrir fuego contra la modelo, tras confundirla con un ladrón.

El pasado 11 de septiembre Masipa descartó, al declararle culpable, que el deportista disparara “por accidente” como él mismo aseguraba, sino que lo hizo de forma consciente y voluntaria, aunque sin intención de matar.

Pistorius, que recibió con entereza el veredicto, se enfrenta en principio a un largo periodo en prisión que nadie podía prever cuando en 2012 alcanzó el cenit de su gloria, al convertirse en el primer atleta con las piernas amputadas en correr en unos Olímpicos contra atletas convencionales.

El mundo admiró la proeza de un ser humano que, pese a nacer sin peronés y serle amputadas las dos extremidades por debajo de las rodillas, compitió sobre prótesis de carbono con atletas no discapacitados y alcanzó las semifinales en la prueba de 400 metros.

Hasta llegar ahí, Pistorius pasó una infancia y adolescencia traumáticas, marcadas por la vulnerabilidad propia de su merma física, la separación de sus padres, los problemas con un padre ausente y la muerte de su madre cuando él tenía 15 años.

Estas circunstancias, difíciles de adivinar en el joven seguro de sí mismo que desafió a la naturaleza y a las autoridades del atletismo para correr con “los normales”, marcaron a fuego su vida, según dijo en el juicio.

La opinión pública empezó a conocer una versión distinta del “superhombre” y símbolo de superación tras la madrugada fatídica del 14 de febrero de 2013, cuando el diario Beeld publicó en su página web que un famoso deportista sudafricano, que solo podía ser Pistorius, había matado a su novia.

A partir del pasado 3 de marzo en el juicio, los periodistas y el fiscal Gerrie Nel desvelaron incidentes verbales, físicos y con armas de fuego que retratan al atleta como alguien irascible y violento, con el objetivo de apuntalar, en el caso de Nel, la versión de que disparó a Reeva tras una discusión.

Para entonces, su carrera y reputación ya se habían desvanecido con la misma celeridad que desaparecieron, el día de San Valentín del año pasado de las calles de Johannesburgo, los carteles en los que anunciaba la marca deportiva que le patrocinaba.

Desde que obtuviera el 22 de febrero su libertad bajo fianza, hasta el final del proceso, Pistorius —pintado en el juicio como un apasionado de los automóviles caros, la velocidad y las armas de fuego— fue visto en un par de bares y en fiestas.

El corredor ha utilizado en su defensa su condición de cristiano, heredada de la madre y de la familia de su padre, gente muy religiosa, como buena parte de los sudafricanos.

Además de un hombre roto y con la imagen destrozada, el Pistorius que muy probablemente irá a la cárcel una vez se haya resuelto el recurso, será también alguien mucho más pobre, pues se ha visto obligado a vender su mayor activo, la casa donde mató a Steenkamp, para poder costear los elevados honorarios de su defensa.

Con todo, el final del juicio da a la familia Pistorius una tregua económica, y libera al condenado de la “pena de telenovela” que cumplió durante más de 42 días de comparecencia, en los que se derrumbó, lloró y vio divulgados episodios íntimos de su vida.

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