Gran jefe charrúa

Deportes 07/06/2014 00:55 Actualizada 10:01

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El silencio de más de 173 mil personas era la evidencia de la tragedia de Brasil. El desenlace mundialista que había soñado Obdulio Varela. Ilusión que se cumplió cuando de sus pies se gestó el Maracanazo.

El Jefe Negro fue ese jugador que Uruguay puede presumir al resto del mundo. Único en su especie como capitán, se convirtió en el asistente de Alcides Ghiggia, quien marcó el 2-1 con el que La Celeste derrotó a los brasileños en el Mundial de 1950.

Varela no quiso celebrar aquel histórico día del 16 de julio de 1950. Pensaba que su pueblo sufría y que ellos no podían realizar algún festejo por pensar en esa realidad. En cambio, hizo un recorrido (para algunos podría parecer temerario) por los bares brasileños, donde compartió las sensaciones de un pueblo al que ayudó a derrotar.

Lo reconocieron. Pensó que lo matarían. No fue así, los fans locales lo felicitaron y se pusieron a beber con él. Ese hecho fue un reconocimiento a su valentía, que se extendió más allá del Maracaná.

El premio económico a Obdulio le alcanzó para comprarse un automóvil, que le fue robado apenas una semana después. Un hecho triste para un héroe del futbol charrúa.

En la cancha, ejerció como el gran líder de Uruguay. Guió a un equipo entusiasta hacia la credulidad de poder conquistar el orbe del futbol. No le hicieron falta goles, con el gafete de capitán le bastó. Su carácter se imponía al ser intimidante para todos los demás jugadores.

La anécdota que describe su fortaleza mental es aquella que narra el momento en que los uruguayos se fueron abajo en el marcador en el duelo ante Brasil. Con el 1-0 en contra, hizo tiempo para que el estadio calmara su furia y su ánimo. Le resultó hasta que su selección consiguió la voltereta y se quedó con el trofeo Jules Rimet, ante un Maracaná con ambiente fúnebre.

“Lo que hice fue demorar la reanudación del partido, nada más. Esos tigres nos comían si les servíamos el bocado muy rápido. Entonces a paso lento crucé la cancha para hablar con el juez de línea, reclamándole un supuesto fuera de juego que no había existido, luego se me acercó el árbitro y me amenazó con expulsarme, pero hice como que no lo entendía y él tampoco me entendió”, recordó el mediocampista.

Ese acto cambió el destino del juego por el campeonato del mundo. Convecido, Varela le dijo a los suyos: “Ahora sí, vamos a ganar”. Y sí, Uruguay vino de atrás; empató y después, con el gol de Alcides Ghigghia, a pase suyo, La Celeste sumó su segundo título mundial.

Obdulio carecía de virtudes técnicas. El Jefe Negro no era un derroche de talento, ni tenía el manejo de balón o la clase de otros futbolistas. Pero tenía los genes uruguayos, esos que hacen que un jugador se mate dentro del terreno de juego, lo que el mundo conoce hoy como La Garra Charrúa.

Ese sello, Varela lo obtuvo mediante vivir en la pobreza. Era un mulato, de un origen humilde y sufría de asma. Se ganaba la vida como bolero y, en otras ocasiones, era un vendedor que iba de casa en casa a solicitar un poco de trabajo.

Esa crudeza de vida le desarrollaron una personalidad incómoda para el poder. A los federativos de su país los retaba y los vencía. Alguna vez le ofrecieron los dirigentes de su club, el Peñarol, 500 pesos y al resto de sus compañeros 250. Se inconformó. Quería que a los demás le pagaran igual que a él.

Lo logró y fueron 500 para todos sus compañeros.

Después del Mundial de Brasil 1950, la vida de Obdulio Varela fue la personificación de la desgracia. Todo el mundo lo olvidó. Paseaba por las calles con la cabeza gacha, sin esperar nada. Murió en la pobreza y sin mayores laureles para un hombre que gestó la máxima tragedia del futbol mundial: el Maracanazo.