También bajo el umbral de una simple puerta, la del vestuario, Miguel Ángel Calero Rodríguez (Ginebra, Valle del Cauca, 14 de abril de 1971-ciudad de México, 4 de diciembre de 2012) era el alma del Pachuca, el primero en arengar al resto del plantel tras cualquier derrota.

Superhéroe disfrazado de portero, gigante a quien su simple presencia bastaba para infundir temor en los adversarios. Por eso le llamaban Cóndor, esa ave que impone y nunca muere, según las creencias incas.

Quedó demostrado aquella inolvidable noche invernal en Luque, Paraguay. Era el 4 de julio de 1999; Colombia enfrentaba a la siempre poderosa Argentina, dentro de la Copa América, con Calero como guardián de su arco.

Velada demencial. El árbitro guaraní Ubaldo Aquino señaló tres penaltis a favor de la albiceleste. Martín Palermo ejecutó todos... Los falló. En el primero, mandó el balón al travesaño; después por encima del marco. Miguel completó el viacrucis del Loco con una soberbia atajada. Fue al paredón tres veces. Salió vivo, como el cóndor en las fantásticas historias incas.

Genuina muestra de esa luz que siempre desprendió en el campo, aún cuando su equipo sucumbía.

Triunfador con el Deportivo Cali y el Atlético Nacional en su país natal, mutó en leyenda con los Tuzos, cuya portería defendió durante 11 años.

Fue contratado después de que Ignacio González, arquero durante el primer título del Pachuca en el máximo circuito (Invierno 1999) saliera de la institución. Una contingencia marcó el preludio de la fabulosa historia.

El resto fue una inmensa cadena de éxitos, salpicada por muy pocos sinsabores. Pero Calero siempre sonreía, intentaba que sus compañeros no perdieran esa fe, que lo impulsaba.

Guardameta con dotes goleadores, capaz de agregarse al ataque y representar una verdadera posibilidad de éxito para su equipo. Instinto que, combinado con el carisma, le valieron ganarse otro mote: El Show.

Lo respaldó el 11 de agosto de 2002. Para entonces, ya había sido campeón con los hidalguenses en el Invierno 2001, mas aquella tarde adquirió dimensión de ídolo.

El torneo apenas arrancaba, pero los blanquiazules caían en casa (2-3) frente a los Jaguares de Chiapas. Solicitó a Alfredo Tena una oportunidad para ir a buscar el remate en el último tiro de esquina. Corrió hacia el área sureña en medio de una ovación. Desató la algarabía al chocar el esférico con la cabeza y vencer a Adrián Zermeño. Entonces sí, le estorbó su característica gorra.

Tuvo que dejarla en el camerino durante algunos años, esos en los que el reglamento de la Primera División fue modificado y se prohibía su uso en los encuentros. El outfit se completó con diversos paliacates.

Colorido que llevó al resto de su indumentaria en 2009, cuando El Cóndor utilizó aquellos polémicos uniformes a rayas horizontales. El más llamativo fue el compuesto por verde, blanco y rojo. Homenaje a un país que le dio todo a cambio de su inagotable talento. Se naturalizó mexicano meses antes.

Se acercó a la gloria de otra anotación en las semifinales del Clausura 2006. En tiempo de compensación, el Guadalajara eliminaba al Pachuca, pero volvió a enfilarse al área y el efecto óptico hizo pensar que marcó aquel agónico gol. Las cámaras de televisión se fueron con su emotivo festejo, pero Aquivaldo Mosquera había sido el héroe.

Llegó de Colombia con el sueño de la internacionalización. Se ganó la inmortalidad futbolística.

Además de seleccionado nacional en 50 ocasiones, se le recuerda por el millón 300 mil dólares que el Atlético Nacional pagó al Deportivo Cali, en 1999 para ficharlo. En ese momento, una cifra récord en el futbol de su país.

Marcó más hitos con el Pachuca. Ninguno como la obtención de la Copa Sudamericana 2006. Hasta ahora, el único certamen de la Conmebol ganado por un club mexicano.

Al igual que en casi todos los torneos que se adjudicó con los Tuzos, El Cóndor fue el primero en levantar ese histórico trofeo durante una cálida noche en Santiago de Chile, tras la épica victoria (2-1) sobre el Colo Colo.

Gestas protagonizadas por ese líder siempre sonriente, poseedor de una peculiar conexión con el público, ya sea para adorarlo o intentar intimidarlo. Nunca funcionó, porque Miguel se divertía y gozaba en el campo.

Auténtico Cóndor que hizo historia con el Pachuca. Su legado es invaluable. Los incas tenían razón.

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