Y mientras tanto...

Gabriel Guerra Castellanos

El país al que me refiero es uno en el que decenas y decenas de millones de personas se levantan todas las mañanas sin tiempo ni ganas para quejarse.

Con frecuencia les escribo desde un país, queridos lectores, en el que la doble moral, la hipocresía y la diatriba son la norma. Basta con abrir los periódicos, ver o escuchar noticias para encontrarlo. Es el país de las campañas políticas, de las promesas olvidadas, las alianzas rotas, las traiciones y engaños. Es el país en el que el mismo “ciudadano” que tira basura en la calle, hace ruido a deshoras o viola normas elementales de convivencia se siente con derecho a despotricar, el  mismo país en el que muchos creen solamente en una versión de los hechos o se olvidan del respeto a los demás.

Pero junto a ese país, dentro de él, hay otro. Desconocido, ignorado, olvidado, es un lugar que deberíamos visitar más a menudo, que tendríamos que conocer como la palma de nuestra mano. Y dándonos la vuelta por ahí con mayor frecuencia tal vez aprenderíamos a valorarlo, a usarlo como ejemplo, a contraponerlo a todos los que quisieran seguir viviendo en eso que ellos llaman el México real.

El país al que me refiero es uno en el que decenas y decenas de millones de personas se levantan todas las mañanas sin tiempo ni ganas para quejarse. Que van a trabajar o en busca de trabajo, que van a la escuela o a tratar de aprender algo nuevo, que se preocupan por su entorno y no sólo por demostrarle algo a los demás.

Es el de los mexicanos que cuidan su casa, su calle y su colonia por igual. Un país de ciudadanos que teniendo múltiples pretextos a la mano deciden no utilizarlos y prefieren enfocar su energía en trabajar y no en alegar, en cambiar las cosas que pueden.

Lo vemos todos los días sin darnos cuenta. En el transporte público cuando alguien cede su asiento o devuelve una cartera perdida. En el automovilista que cede el paso al peatón, en el empresario que cumple sus obligaciones y en el servidor público que se presenta todos los días a trabajar y no saca ventaja más allá de su salario y la satisfacción del deber cumplido.

¿Es ese un México oculto, subterráneo? Ni lo crea. En la comunidad más violenta hay quien lucha por reencauzar a jóvenes. En la más pobre está quien lo comparte todo. En las escuelas hay legiones de maestros dedicados a nuestros hijos. En hospitales, cuarteles, estaciones de policía o de bomberos encontramos pequeños y grandes actos de heroísmo todos los días. 

Que eso no borra la violencia, la corrupción, la impunidad y las injusticias, me dirán algunos. Que ya me puse cursi, me dirán otros. Y tal vez algunos de ustedes, amables lectores, coincidirán conmigo en que en este México tan dolido y tan lastimado hay otro, tanto o más grande e importante, mucho más valioso y valeroso.

Hoy quise escribir sobre ese, en el que habitan tantos mexicanos y mexicanas de bien. Voltéenlos a ver. Ahí están, mientras todo lo demás sucede. 

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