Vivos se los llevaron, vivos los queremos

Lídice Rincón Gallardo

Durante la época de la Guerra Sucia, en la década de 1970, las desapariciones forzadas, las ejecuciones extrajudiciales, la tortura y los encarcelamientos arbitrarios se volvieron prácticas comunes en contra de las personas contestarías al régimen o que participaban en movimientos de disidencia política.

Muchos y muchas desaparecieron en una época en que se criminalizaba la protesta social, por el simple hecho de ser jóvenes, estudiantes o por cuestionar las decisiones del régimen de gobierno, configurado de manera autoritaria en aquellos años.

Muchas personas, como mi padre, Gilberto Rincón Gallardo, vivieron en carne propia la persecución, la cárcel, la disolución de las estructuras familiares, por el simple hecho de expresar posturas críticas frente a la profundidad de los procesos democratizadores que entonces se vivían.

Todavía recuerdo cómo para mí y mis hermanos fue dolorosa pero absolutamente entendible, cuando éramos niños, la ausencia de mi padre; nos comunicábamos en clave y sorteábamos la vigilancia policiaca para tener vidas más o menos normales. Pero, aún así, gracias al apoyo de muchas compañeras y compañeros solidarios y al espíritu fuerte de mi padre y de mi madre, llevamos una vida familiar amorosa, cercana y –sobre todo--, a muy corta edad, con conciencia social.

En aquellos años escuché por primera vez el lema aquel de las organizaciones de familiares de quienes desaparecieron durante la Guerra Sucia y nunca volvieron a casa: “Vivos se los llevaron y vivos los queremos”. Dolía mucho, por lo que significaba vivir permanentemente aquello de manera intermitente: la ausencia de mi padre, el miedo, la incertidumbre por el momento en que la policía irrumpiera en casa para llevárselo a un nuevo interrogatorio del que no se sabía si volvería.

Por eso siempre se quedó entre nosotros ese lema, “Vivos se los llevaron, vivos los queremos”; las y los desaparecidos eran responsabilidad de todas y de todos.

En estos días, al enterarme gradualmente con tristeza y horror, de los hallazgos de los cuerpos de quienes probablemente son algunos de los 43 estudiantes normalistas desaparecidos de Ayotzinapa, Guerrero, vuelvo a repetirme en voz alta y en conciencia “vivos se los llevaron, vivos los queremos”.

Con enorme preocupación y un dolor a flor de piel, me sumo a las voces que piden la certeza sobre el paradero de quienes desaparecieron y al clamor de justicia: a una explicación sobre las razones de que se los llevaran por el solo acto de manifestarse en contra de las prácticas gubernamentales contrarias a sus derechos.

Necesitamos una explicación acerca de por qué se criminaliza la protesta social en este país, y acerca de las razones para que se piense que la desaparición de una sola persona va a pasar inadvertida. En el lenguaje de los derechos humanos, la desaparición forzada, la tortura y las ejecuciones extrajudiciales –todas estas prácticas, al parecer, asociadas al caso de los normalistas desaparecidos– constituyen lo que se denomina violaciones graves a derechos humanos. Estas violaciones no pueden ser toleradas. Significan un cuestionamiento de la vigencia del Estado de derecho en una comunidad. Nadie puede tomar de manera arbitraria la vida de una persona, mucho menos si se es autoridad y con motivos de represión.

Desde este espacio, me sumo a quienes exigen la justicia, la certeza en torno a los hechos que llevaron a la desaparición de los normalistas de Guerrero. El escenario es poco esperanzador: si se confirma que los cuerpos son los de ellos, las familias sufrirán un golpe que las marcará de manera permanente; si no son ellos, continuará la incertidumbre, el miedo y la desconfianza hacia un régimen que criminaliza la protesta y no respeta los derechos de las víctimas ni de sus familiares.

Como ya dije, en mi memoria personal, los ecos de la Guerra Sucia resuenan. Y no creo que sea yo un caso aislado. Creo que muchos y muchas están indignados porque, precisamente, estas prácticas de desaparición forzada e impunidad recuerdan aquellos años negros. La memoria es, precisamente, el mecanismo que nos alerta contra la recurrencia del pasado.

No queremos que las personas sigan desapareciendo de manera forzada. No queremos que haya familias rotas, padres, madres, hermanos, hermanas, esposos o esposas con hogares donde hay una ausencia permanente que duele. Nadie se merece eso, ninguna familia. Como comunidad, no podemos tolerar la impunidad, que se vuelvan a instalar esas prácticas autoritarias en nuestras vidas.

Por eso –como se decía en la época de la Guerra Sucia y como me enseñó a gritar a voz en cuello mi padre– si vivos se los llevaron, vivos los queremos.

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