26 / julio / 2021 | 15:45 hrs.

Villamelones, un mal necesario en la Fiesta

Quién no se ha emocionado al ver a sus toreros en un cartel estelar en la plaza de toros de su preferencia, llámese México, Santa María o Provincia Juriquilla, o la Petatera, hasta yo; pero, ¿a qué se va a las plazas de toros?, digo porque hasta donde yo me quede es a apreciar el arte en el ruedo.

Empiezo así esta colaboración porque entiendo que es muy emocionante ver reapariciones de príncipes o despedidas de toreros, pero ¿cuántos de los que asisten a esas importantes corridas son aficionados de verdad y cuantos más se quedan afuera que en verdad luchan y defienden la fiesta brava?.

Es aquí donde quiero llegar al tema de los villamelones, personas que se cuelgan de la fiesta para socializar, “farolear”, emborracharse, gritar sin saber, corear “olés” a los trapazos y una serie de cosas que, desde mi muy punto de vista, son de poco conocedores. Y no está mal no conocer, sino la prepotencia y la falta de humildad para conocer.

El buen villamelón debe ir adecuadamente vestido y equipado. La vestimenta incluye sombrero – imitación tejano – negro, o preferentemente color “pinta de vaca”, que también puede ir adornado con plumas o más “finolis” con espejito al frente de la copa del sombrero. Bajo el brazo o mejor dicho, colgando al hombro, una bota de las de plástico que las hay también en imitación piel de vaca que hacen juego con el sombrero, por supuesto llenas de tequila o mezcal. “¿Vino? ¡Pa’que? Se calienta y sabe horrible”.

La vestimenta lleva pantalón de mezclilla y camisa a cuadros, con chaleco de piel con solapa invertida de borrego, botas, también tejanas con punta y tacón metálicos, “mata-culebras”. Las botas van en piel que pueden ser de caguama, con o sin permiso de la Semarnat, de avestruz o más a modo de piel de víbora.

A lo largo de mi afición por la fiesta brava me han tocado varios tipos de pseudoaficionados taurinos que inmediatamente se detectan, desde el que ocupa la plaza como cantina, pues le preguntas cómo ve la corrida y tal cual te responde: “¡Al diablo los toros!, yo nomas vine a chupar con clase”.

O aquel que se dice conocedor y trata de entablar una conversación con términos taurinos y terminas con cara de “¿Qué diablos está diciendo este cuate?”. Aquel que se siente mucho porque es su primera vez que tiene un puro o se compra su bota, pero le hace cara y se anda medio ahogando con el humo del tabaco.

La fiesta de los toros, si bien es para todo público, son marcados los que la aman y la defienden y otros los que sólo van porque saben que es su única oportunidad para ver a los artistas que salen en “El Canal de las Estrellas”; y es que son una ternura, pues parecen niños chiquitos sintiéndose parte de sus amigos y compartiendo plaza, aunque estos estén del otro lado del redondel.
También tenemos a aquellos villamelones que traen el ritmo por dentro, y aunque en algunas plazas de provincia está permitido pedir música mientras se lidia en toro, la regla tradicional nos dice que no debe haber ningún ruido mientras el toro este en el ruedo, ahora todavía pidieran pasos dobles pero piden cada canción que únicamente denotan su falta de interés a la fiesta brava.
Como dejar pasar a los valentones que ya con unos tragos encima, se les levanta el ego o su “hombría” y además de ponerse a gritar barbaridades, se les hace fácil armar la bronca a la mínima provocación ¡Que patéticos!

Y bueno, los pseudoaficionados que más risa me dan son aquellos que “padrotean” antes durante y después de la corrida, desde el que descubre el talento desde chiquitos del toreo, hasta el patán que quiere quedar bien con las féminas que iluminan los tendidos.

En fin todos estos tipos de villamelones desafortunadamente son un mal necesario para la fiesta, ya que es imposible crear alguna especie de filtro, pues la tauromaquia es tan rica que acepta a todos los que deciden pagar su boleto para entrar a la plaza.

Ir a una corrida sin duda es una mezcla de glamour y barrio, porque desde los tiempos remotos la diferencia entre sol y sombra le da aún más vida a una tarde de toros, debatir una faena con fundamento es tan sabroso como un taco afuera de la plaza, analizar los tipos de toros y toreros es tan rico como leer cualquier novela de García Márquez, y emocionarse con algún pase es tan mágico como llegar a un clímax del enamoramiento.

Sin embargo -y aunque me duela- los pseudoaficionados taurinos son muy importante en la fiesta, digo sino quien nos daría el gusto de gritarle: “¡Cállate, villamelón!”

Espero sus comentarios a @olmochato y [email protected].

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