30/07/2019
08:08
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La felicidad, dicen los expertos en psicología, está relacionada con la edad. Somos felices cuando las circunstancias de la vida alcanzan las expectativas que fuimos forjando a lo largo de los años. Los niños dependen de los adultos de su tribu y aunque tienen momentos de alegría y auténtico gozo, no son todavía personas independientes cuya realización les permita ser felices.

El doctor Steve Taylor, en la publicación Psychology Today, afirma que, de acuerdo con miles de estudios, las personas de la mayoría de los países hoy en día son más felices en la década de sus 20 años, cuando su salud les permite poner el cuerpo al límite —comen mucho, duermen poco, tienen actividad física extenuante— mientras definen su futuro, son parte de un grupo sólido de amigos y viven experiencias amorosas trascendentes.

Después, vienen los tiempos difíciles: la lucha por fundar negocios propios, la competencia para lograr el ascenso en el campo laboral, la crianza de los hijos, los conflictos maritales, la separación de la familia de origen.

La parte más baja de esta curva ocurre a mediados de la década de los 40 años. 

Después de los 50 comienza la época feliz: es tiempo de cosecha, de realización de los hijos, tener un sustento material, recompensas en el trabajo y esa gota dorada de miel llamada sabiduría. El adulto sano mayor de 60 años puede ver la luz al final del túnel y comienza a desprenderse de responsabilidades. Si tiene sustento económico podrá viajar, conocer por fin lugares lejanos y vivir experiencias mucho tiempo anheladas, postergadas por cumplir con las obligaciones.

Nadie más feliz que el abuelo rodeado de retoños. Ninguna puesta de sol será más bella que la contemplada a la orilla del mar, a solas o con amigos de toda la vida, quienes nos conocen y buscan, gozan nuestra charla y brindan con el excelente vino madurado a través de los años, rubí líquido engarzado en el oro de una comida deliciosa. Sin prisas, con pausas.

La decisión de ser feliz surge del alma y se afianza con actitudes cotidianas. Cada individuo elige su camino: algunos llenan su copa de amargura. A la menor oportunidad declaran, con ira o desilusión, que los mejores tiempos se han ido. No se refieren solo a su propia vida: con argucias y cifras demostrarán que este momento es malo para todos. No quieren caer solos en el pozo del vacío. Quieren arrastrar consigo a quienes les rodean.

Gabriela Mistral, poeta chilena ganadora del premio Nobel, en su poema “Ausencia” refleja algunos sentimientos que suelen acompañar a la vejez: “Se va de ti mi cuerpo gota a gota. / Se va mi cara en un óleo sordo; / se van mis manos en azogue suelto; / se van mis pies en dos tiempos de polvo. / ¡Se te va todo, se nos va todo! / Se va mi voz, que te hacía campana / cerrada a cuanto no somos nosotros. / Se van mis gestos que se devanaban, / en lanzaderas, debajo tus ojos. // Me voy de ti con tus mismos alientos: / como humedad de tu cuerpo evaporo. / Me voy de ti con vigilia y con sueño, / y en tu recuerdo más fiel ya me borro”.

Pablo Neruda, más tarde, en el “Poema VI” escribió: “Te recuerdo como eras en el último otoño. / Eras la boina gris y el corazón en calma. / En tus ojos peleaban las llamas del crepúsculo / y las hojas caían en el agua de tu alma. / Apegada a mis brazos como una enredadera, / las hojas recogían tu voz lenta y en calma”.

Jaime Torres Bodet, escritor y diplomático de altos vuelos, declara en “Ruptura”, uno de sus poemas memorables: “Nos hemos bruscamente desprendido / y nos hemos quedado / con las manos vacías, como si una guirnalda / se nos hubiera ido de las manos; / con los ojos al suelo, / como viendo un cristal hecho pedazos: / el cristal de la copa en que bebimos / un vino tierno y pálido… // Como si nos hubiéramos perdido, / nuestros brazos / se buscan en la sombra… / Sin embargo, / ya no nos encontramos”.

Victor Frankl, sobreviviente del Holocausto, dedicó sus últimos años al análisis de la vida. A punto de ser llevado a las cámaras de gas letal, se propuso reconstruir su yo a partir de sus piezas rotas. Una vejez llena de sentido es posible, si aprendemos de su ejemplo. 

Promotora cultural.

Autora de Historias íntimas de la casa de Don Eulogio, El arzobispo de gorro azul.

Twitter: @AraceliArdon

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