Universidad y desarrollo

Hace unos días el secretario de Educación Pública, Aurelio Nuño Mayer, afirmó sin rubor alguno que los recortes a los presupuestos de las universidades públicas son “inevitables” debido a la falta de recursos derivados de la baja en los precios del petróleo. Ante el impacto del recorte, rectores y miembros de la ANUIES manifestaron que esto impide el cumplimiento cabal de las metas y el compromiso del gobierno federal de elevar la calidad en la educación superior del país y de ampliar la cobertura en este nivel educativo al 40% en 2018. Veamos un botón de muestra: en Querétaro a la UAQ no se le incrementará el presupuesto federal, aunado a los recortes que ha sufrido, afectando a los programas de apoyo de becas, equipamiento para laboratorios y actualizaciones bibliográficas en todas sus facultades. Además, la austeridad que marcará 2016 en la UAQ impedirá la apertura de los campus en Huimilpan y Tolimán.

Ahora pensemos, ¿es posible vivir en un país sin bibliotecas, sin laboratorios, sin estudiantes universitarios y sin universidades que dispongan de los recursos mínimos para cumplir con la función que la sociedad demanda de ellas? La respuesta sería un rotundo no. No es posible, puesto que la investigación y la transmisión del conocimiento son bienes imprescindibles para la vida de las sociedades.

El lector puede pensar que la respuesta es obvia: en pleno siglo XXI, un país sin universidades pertenece a la dimensión de lo impensable. Vamos hacia una situación imposible: un país de universidades cada vez más limitadas, con sus capacidades disminuidas para presentar los resultados que se esperan de ellas. Dicho de otra manera, se habla aquí de universidades afectadas por una política presupuestaria cuyo propósito parece ser el de volverlas impotentes, arruinarlas de forma paulatina. Se olvidan los burócratas del régimen que es en la universidad donde se transmite y se renueva el conocimiento que hace posible diagnosticar y pensar en las respuestas que demandan los problemas de nuestro tiempo. La complejidad que ha alcanzado la sociedad mexicana no resiste políticas fundamentadas en la improvisación, en el voluntarismo o en el entreguismo y desprecio a lo social. La universidad cumple una función social insustituible: propagar las herramientas del conocimiento necesarias para hacer posible la articulación entre el individuo y la sociedad. Si el individualismo extremo y la privatización también extrema son los más peligrosos paradigmas de nuestro tiempo, las más siniestras amenazas que acechan a la sociedad, los causantes principales de la conflictividad y las guerras, la universidad es el centro social que puede racionalizar los intereses en disputa y transformarlos en soluciones y políticas públicas.

Impulsar la investigación científica es vital para generar el conocimiento que permita a México estar entre las naciones desarrolladas, y las universidades son la vía. Los esfuerzos de los últimos 70 años en México para impulsar la ciencia y 45 años de haberse fundado el Conacyt, no bastan. México ha llegado muy tarde a la investigación, eso implica que nuestros esfuerzos no son lo suficientemente grandes para que llegue a ocupar en la generación de conocimiento. Estamos en un desequilibrio y esto significa que debemos impulsar acciones que atiendan temas como: innovar, aumentar la investigación científica y mejorar la educación superior. La innovación, ciencia y tecnología son la base del desarrollo de las naciones; han impulsado a las sociedades desde la antigüedad y la diferencia ahora es la rapidez con las que se dan y el impacto que tienen en la misma. Los retos de las naciones industrializadas son contribuir a la ciencia y tecnología, fortalecer sistemas educativos y formar, atraer y retener talentos. Pero sin el presupuesto justo, no habrá horizonte. Y así llegamos a una cuestión que es medular: se ha pretendido que México y las universidades son entidades distintas y hasta contrapuestas. Más todavía: se ha intentado convencer a los mexicanos de que el precepto de la autonomía universitaria es contrario al bienestar de la sociedad, cuando es justo lo contrario: es la garantía de que las universidades, dotadas de los recursos necesarios, son la fuente más apropiada y calificada de ideas, visiones y ciudadanos calificados, para atender la trama, cada vez más dolorosa y enrevesada, que ha adquirido la crisis social mexicana. La educación universitaria sin presupuesto justo, sin laboratorios, sin acceso a los nuevos avances de la ciencia, sin publicaciones científicas y humanísticas de alto nivel, con una desgastada e insuficiente infraestructura y en manos de la violencia, nos coloca en un callejón sin salida. La dependencia extrema del conocimiento desplomará lo avanzado. Cuando esto pase, habrá que comenzar otra vez desde el principio, reconstruir todo el edificio público de la educación en México. El recorte presupuestal del gobierno a las universidades y la educación toda, es suicida.

Consejero electoral del INE. [email protected]

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