Unidad y reconciliación, buen arranque

Héctor Serrano Cortés

La historia se reescribe de forma cíclica y hoy nadie puede sentirse derrotado si, al reconocer nuestros errores, se abre la posibilidad de perfeccionar nuestro actuar político.

Hace un mes, México vivió el proceso electoral más copioso de los últimos tiempos. AMLO obtuvo un inobjetable triunfo como Presidente de la República. El electorado votó en cascada por todos sus candidatos. Está claro que los ciudadanos decidieron votar en apoyo al ahora virtual Presidente de México.

¿Pero eso lo tendrán claro aquellos que pronto ocuparán sendos cargos por Morena? La actitud asumida por muchos de ellos es de sobrada soberbia, algunos creen que efectivamente ganaron por su carisma y capacidad política. Hay otros que, aún sin cargo, ya lo ejercen, amenazan y futurizan, soñando con alcanzar lo que sólo logran con las circunstancias en que se encuentran otros. En política sólo se brilla con luz propia, algunos integrantes de Morena, los menos, la tienen; pero la gran mayoría...

Se tiene que responder a la confianza depositada por quien te hace ser lo que eres. Ellos son lo que López Obrador decidió que fueran.

Es indudable la alta expectativa que los ciudadanos de este país tienen sobre el próximo gobierno, poco les importa lo que haya necesidad de hacer para corregir el rumbo; simple y llanamente su anhelo es incrementar su bienestar.

Los opositores tendrán que actuar de forma digna y decidida, lo cual no implica oponerse a la consolidación de proyectos que favorezcan el bienestar de los mexicanos.

La propuesta de López Obrador de buscar la unidad y la reconciliación es un buen arranque; en la concreción de ésta, algunos habrán de acreditar su verdadera voluntad y su convicción ideológica. La historia se reescribe de forma cíclica y hoy nadie puede sentirse derrotado si, al reconocer nuestros errores, se abre la posibilidad de perfeccionar nuestro actuar político.

Somos un pueblo libertario que ha luchado por la libertad de expresión, el libre pensamiento, la libertad de credo, los derechos fundamentales que toda nación libre debe sostener en sus principios conductuales y, por supuesto, la bendita democracia, que hoy dio la oportunidad al próximo gobierno de verdaderamente trascender en la historia.

El presidente es una institución; es la máxima representación del poder terrenal en el país; y está claro que su visión se debe concentrar en ejercerlo con lo que la ley le faculta. Cuando el Poder Ejecutivo alcanza al poder Legislativo es, prácticamente, absoluto. De lo que se haga o deje de hacer, a nadie más se podrá culpar.

Todos esperamos que lo que esté por venir sea por el bienestar colectivo de los mexicanos.

 

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