Un réquiem para Ratzinger

Juan Antonio Isla Estrada

Esta vez no habrá ceremonias de exequias ni el ritual del Cardenal Camarlengo que certifica y anuncia la muerte del Papa.

El cónclave (que procede del latín “cum clavis”, o sea con llave) para elegir al sucesor de Benedicto XVI inicia esta semana y está amenazado por la interferencia o influencia de las redes sociales, pero los cardenales están amenazados de ser excomulgados si reciben mensajes por esas vías.

El reinado del Papa llegó a su fin este 28 de febrero. Hizo menos de lo que pudo hacer para dejar una institución fortalecida en donde no bastaba el simple discurso del perdón.

Como un Papa de transición, fue calificado por los observadores del trastevere, como un alivio su renuncia (Leonardo Boff, teólogo de corte progresista), como un acto de humildad para los moderados; “Fue una lección de política y de ética de la responsabilidad” ha dicho un ultra conservador. Para muchos optimistas es la gran ocasión de terminar de barrer la basura bajo las alfombras del Vaticano.

Juan Pablo II tenía un carisma indiscutible. Ratzinger nunca pudo competir con la simpatía que transmitía su predecesor quien le dejó un legado que se convirtió en una carga insostenible.

A los 85 años no fue el cansancio ni los problemas de salud lo que le llevaron a la dimisión. Fueron las tremendas culpas, el ocultamiento de una verdad conocida por todo el mundo y apenas reconocida por el Pontífice, quien estuvo al frente de la Congregación para la Doctrina de la Fe, una especie de Santo Oficio encargada de conocer y juzgar, en este caso, las miles de denuncias de abuso sexual por miembros de la iglesia. Esa carga dolorosa y los escándalos de corrupción y traición en su entorno, le formaron una joroba moral insoportable.

Ahora se preguntan los observadores qué mensaje quisieron enviar al mundo los cardenales de la Iglesia católica al nombrar al sucesor del papa Juan Pablo II. Lo más seguro era darle una consigna: la oportunidad de lavar la casa a fondo. Los escándalos de pederastia, que en buena parte se detonó en México, corrían por todo el mundo.

Los católicos no podían creer que miles de sacerdotes en los cinco continentes venían violando niños de manera reiterada desde hacía décadas. Nada es gratuito (ni en el cerrado grupo de influyentes cardenales que comandan los italianos). Seguramente pensaron que había llegado la hora de dejar a un lado el encubrimiento y salvar con la verdad a la poderosa institución que cubre el mundo desde un pequeño territorio dentro de otro Estado.

El solo hecho de los horripilantes delitos pasmó al mundo, no solo a los católicos y Ratzinger y su oficina estuvieron siempre enterados. ¿Habrá llegado alguno de esos expedientes a Juan Pablo II? Sólo Ratzinger lo sabe y sólo él sabe cuál fue la reacción o determinación del Papa que habría preferido el silencio antes que el escándalo.

Durante su pontificado, el alemán ejecutó tibias medidas: pidió perdón a las víctimas y castigó con benignidad a los culpables. Muchos de ellos quedaron en la absoluta impunidad. El propio cardenal norteamericano Roger M. Mahoney, quien estuvo un cuarto de siglo al frente de la arquidiócesis más grande de Estados Unidos, y que ocultó incontables abusos sexuales cometidos contra niños en su demarcación, podrá participar en la elección del nuevo jerarca de la Iglesia.

Aún y su tibieza, Benedicto promovió investigaciones que derivaron en 10 mil acusaciones contra casi 4 mil sacerdotes en EU, las que obligaron a pagar a varias diócesis indemnizaciones millonarias. En 2009 y 2010 se conocieron cientos de casos en Irlanda, Alemania, Holanda y Bélgica. Hubo castigos sí, pero la mano de la justicia fue parcial y omisa.

El fin de una era de poder en el Vaticano ha terminado en condiciones inéditas. Los cardenales elegirán a alguien más joven. Ratzinger, melómano empedernido, amante del piano y de Mozart, ese masón a quien tanto admira, volverá a la reflexión y a las notas de Amadeus, se detendrá a escuchar su Réquiem y esperará la muerte, atormentado quizá por lo que pudo hacer y ya no le fue posible.

Escritor, periodista y analista político

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