Un cordero con piel de lobo

La primera impresión de quien conocía a Huberto Batis era la de que se trataba de un individuo gruñón, irascible, que, sin motivo aparente, iba a montar en cólera.
26/08/2017
08:29
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Su fama de ogro era bien conocida en el mundillo del periodismo nacional, pero también su prestigio como promotor cultural y como impulsor de nuevos valores, por lo que su escritorio siempre se encontraba atiborrado con las montañas de textos que aspirantes a escritores o ensayistas le enviaban a través de diversos medios o que le entregaban personalmente, no sin temor.

Cierto, a veces la primera impresión de quien conocía a Huberto Batis (Guadalajara, 1934) era la de que se trataba de un individuo gruñón, irascible, que, sin motivo aparente, iba a montar en cólera. Por supuesto, a veces sucedía (Al respecto, existen varias anécdotas. Muchos cuentan la ocasión en la que le arrojó una máquina de escribir a un novel escritor que un día sí y otro también le insistía sobre la publicación de un texto). Sin embargo, en el fondo se encontraba un ser generoso y con gran sentido del humor, como lo constataban a diario sus alumnos de la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM, donde impartió cátedra durante 57 años.

Cuando se desempeñó como director del suplemento “sábado” de unomásuno (de 1984 a 2000) dio grandes muestras de la primera virtud no sólo al publicar a innumerables plumas noveles, sino porque con oficio se dedicó a pulir el estilo de éstas. Su dedicación, pero también su ojo clínico convirtieron a sábado en cantera de las letras nacionales: Jorge Volpi y toda la generación del llamado crack (Pedro Ángel Palou, Ignacio Padilla, et al); Enrique Serna, Guillermo Fadanelli, Naief Yeyha, Xavier Velasco, Andrés de Luna y muchos más hicieron sus pininos bajo la tutela de Batis en la publicación fundada por don Fernando Benítez en 1977, y a la que aquél llegó desde un inicio, primero como secretario de redacción y después como jefe de ésta. Por supuesto, no era un novato en las lides editoriales. En los 60 fundó, junto con Carlos Valdés, los Cuadernos del Viento, una publicación ya mítica, y, más tarde, dirigió la Revista de Bellas Artes, del INBA.  

Sin dejar de lado que la brillante generación de Huberto (la de la Casa del Lago) hizo historia. Integrada por un grupo de destacados intelectuales (Juan García Ponce, Juan Vicente Melo, Inés Arredondo, José de la Colina…) que sobresalió no sólo por la vasta y magnífica obra desarrollada, sino por las recurrentes juergas a que era asiduo, a esta generación también se le conoce como “Despedazada”, pues la mayoría de sus integrantes enfermaron o murieron prematuramente.

Visitar su oficina del unomásuno era una experiencia gratificante, no sólo por los cerros de papeles que se encontraban diseminados por todos lados. Entrar al cubículo donde se elaboraba el que fuera el mejor suplemento cultural de México significaba escuchar las más sabrosas anécdotas (siempre diferentes) de las figuras y no tanto de la cultura, pero también compartir un vino o un café lo mismo con los ya consagrados (por ahí llegaban con frecuencia Arturo Azuela y Juan José Gurrola, entre otros) que con quienes después se convertirían en referentes literarios. Incluso con verlo corregir a lápiz los mamotretos ajenos era suficiente para que la visita bien valiera la pena.

Lúdico, hedonista, también provocador, no dudó en publicar a autores iconoclastas, en darle el mismo valor al buen rock que a la llamada música culta y, también, en otorgarle un importante peso a la narrativa y a la poesía erótica, así como a la fotografía de desnudo (sobre todo femenino), ante el espanto de algunos editores de otros suplementos, que aducían que eso “nada tenía que ver con la cultura” y el beneplácito de otros que pretendieron emularlo con desigual resultado.

Justo por los años en que se hizo cargo del hebdomadario, Batis escribió su ya célebre Estética de lo obsceno, una obra donde se lanzó contra la mojigatería e hizo una defensa apasionada de la obscenidad. En ese texto, Huberto planteó que obscenidad y arte eran valores no excluyentes entre sí. “Pocas frases me irritaban tanto como oír: ‘Esto no es obsceno porque es arte'”, escribió en Por sus comas los conoceréis, libro colectivo que homenajea su obra.

Precisamente, en los terrenos del erotismo, el entrañable “diván de sábado” hizo época. Ahí, en un sofá un tanto desvencijado desfilaron, en reveladoras minifaldas, en excitante lencería, o desnudas por completo, luminarias del mundo del espectáculo (Edith González, Paty Manterola), escritoras, poetas, pintoras, reporteras… Cómo olvidar, por ejemplo, a Mónica Linarte o a Norma Ocampo (la primera, ya fallecida), quienes durante varios números se mostraron sin cortapisas en la ya legendaria sección. En esos raptos de desprendimiento, a los cuales era afecto, en ocasiones invitaba a presenciar alguna sesión del célebre diván, por supuesto con la anuencia de la modelo en turno. Era un espectáculo verlo, sudoroso, jadeante, pararse sobre  su escritorio o ponerse pecho en tierra, con cámara en mano, todo con tal de captar los mejores ángulos de las divaneras.

Es verdad que con Batis al mando, “sábado” dejó de ser el “superacorazado” que dirigía  Fernando Benítez, pues el viejo maestro  supo aglutinar a las vacas sagradas de Vuelta y Nexos, así como a lo mejor del mundo de la  academia en las mismas páginas, pero en cambio ganó en desenfado, se transformó en escuela y refrescó el anquilosado panorama de los suplementos culturales. 

Hoy, ya en el retiro y sobreviviente de un feroz cáncer que lo minó, pero no pudo derrotarlo, este “cordero con piel de lobo”, como certeramente lo definió el ensayista Alejandro González Acosta, seguramente se ha de encontrar satisfecho de ver como “sus ahijados” han obtenido premios y reconocimientos, mientras publican su obra, ya madura, en las mejores editoriales de habla hispana. No sólo eso, su impronta se deja sentir también en excelentes suplementos culturales como “Laberinto” de Milenio Diario y “Confabulario” de EL UNIVERSAL. En este último, por cierto, publica desde hace un par de años parte de su chispeante y vasto anecdotario. 

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