Un año sin Eusebio

José Antonio Gurrea C.

No había diferencia alguna entre lo que escribía y lo que conversaba y donde imaginación y realidad se confundían a menudo

El calendario aún no llegaba a  2001, cuando el teléfono sonó en la pequeña oficina que ocupaba en la redacción de la revista Etcétera, en aquel entonces un sobresaliente semanario de política y cultura comandado por Raúl Trejo Delarbre y que por estas fechas cumple 25 años de su aparición. Se trató de una llamada inesperada pero también altamente gratificante.

—Hola… ¿José Antonio Gurrea?

—A tus órdenes… ¿Quién habla?

Habla Eusebio… Eusebio Ruvalcaba…

¡Eusebio Ruvalcaba! Nuestro Bukowski mexicano. No lo podía creer. Tenía años leyendo lo que publicaba en diversos espacios e incluso en mi biblioteca personal tenía al menos cuatro libros de él. Me puse muy nervioso y creo que hasta comencé a tartamudear.

Eusebio fue al grano: “estoy a cargo de la sección cultural de la revista Vértigo. Leí un par de crónicas de viaje que publicaste en Milenio, una sobre Marruecos y otra sobre Belice, me gustaron mucho y quiero invitarte a que te hagas cargo de la sección de viajes de la revista. Necesito una crónica semanal sobre algún lugar, de preferencia cercano, que invite a la gente a pueblear”.

Por supuesto respondí que sí, y de inmediato me puse a escribir. Mi primera crónica, la recuerdo bien, fue sobre la llamada ruta de los conventos franciscanos, muy cerca de Cholula, Puebla.

Aunque la aventura de Vértigo fue fugaz, pues no llegó ni al año debido a que Eusebio, espíritu libre, renunció pronto, pues se hartó de las diarias y extenuantes juntas editoriales y de otros procesos burocráticos con los que tenía que lidiar, por fortuna de ahí surgió una amistad que con altas y bajas se mantuvo hasta su muerte, ocurrida hace un año.

Fueron casi dos décadas de relación, que tuvieron su clímax cuando yo me incorporé a El Financiero, en 2006, diario al que Ruvalcaba regresó después de su efímero paso por Vértigo. Ahí me lo volví a encontrar al lado de otro grande, Víctor Roura, quien por esos años también se convirtió en mi amigo.

Pero la primera relación con Eusebio, más bien con su obra, data de muchos años atrás, quizá a principios de los 90 cuando escribió Un  hilito de sangre, la multipremiada novela que después sería llevada al cine. Fue a mediados de esa década cuando lo comencé a leer en revistas como Tiempo Libre y, más adelante, en La Mosca, un fanzine de rock y temas culturales. En la primeria, Eusebio escribía una columna en la última página. A ese hebdomadario el escritor llegó como sucesor de Amílcar Salazar, dotado cronista quien escribió su “Galería Subterránea”, también en ese mismo espacio, de junio de 1989 a julio de 1995. (Por cierto, actualmente Amílcar es parte del equipo editorial de EL UNIVERSAL Querétaro, todo un lujo tenerlo aquí.)

Algo que caracterizaba a Eusebio es que su literatura se encontraba despojada de aspavientos y de grandilocuencias. Leerlo era como conversar con un viejo amigo que está sentado en la sala de tu casa. Más tarde, cuando nos hicimos amigos pude comprobar que no había diferencia alguna entre lo que escribía y lo que conversaba y donde imaginación y realidad se confundían a menudo.

Eusebio, dicen algunos, bebía como escribía, por ello en los casi 18 años de amistad con él fueron incontables los safaris diurnos y nocturnos por muchas de las cantinas clásicas de la Ciudad de México: La Flor de Valencia, La Faena, La Camelia, El Dos Naciones, El Carro del Sol y tantas otras fueron visitadas por Eusebio y por quien esto escribe. A  esos lugares non sanctos invariablemente llegábamos preguntando por Juanito el Caminante  y por la señora Stolisnaia.

En muchas de estas incursiones, Ruvalcaba se hacía acompañar por sus inequívocos ángeles guardianes: hermosas mujeres amantes de la literatura, la buena conversación del maestro y, por supuesto, de la bohemia.

Ser admirador confeso de Johannes Brahms y Ludwig van Beethoven y amante de la música sinfónica (algo heredado, pues fue hijo de una pianista y de un violinista, ambos músicos muy destacados), nunca limitaron su exploración sonora. Lejos de esquemas cuadrados, Eusebio también gustaba de la buena música popular. Al respecto, lo recuerdo una noche en mi casa escuchando “La famosa gabardina azul”,  la estremecedora canción de Leonard Cohen que abruma, que retuerce a las almas sensibles, y que es  la historia de un hombre que traiciona a su mejor amigo, pues  se acuesta con su mujer. Frente a esa pequeña gran obra Eusebio —en compañía esa ocasión  de Juan Manuel Landeros y Arnulfo Domínguez, entre otros— lloró mientras traducíamos la desgarradora letra: “Trataste a mi mujer como un objeto más de tu vida. Y cuando ella volvió ya no era la esposa de nadie”.

Generoso, Ruvalcaba escribió la cuarta de forros de Atisbos, mi primer libro de relatos, aparecido en 2012. Ahí, el maestro anotó: “Los cuentos de Gurrea no se satisfacen a ellos mismos sólo por el lado de   la trama, sino que exigen cada palabra puesta en su lugar, cada signo de puntuación, cada construcción gramatical. El rigor en primer plano...”

Ya en esta década, por ahí de 2013, estuvimos a punto de trabajar hombro con hombro en un proyecto de Roura llamado El hormiguero. En esta aventura editorial, él  iba a ser el jefe de redacción  y yo el de información. Lamentablemente, los dineros no fluyeron y la revista nunca despegó.

Hoy, a un año de su muerte, en medio de este nuevo macartismo (como le llama Amílcar Salazar) conocido como  corrección política que censura y agobia, y que ya lo hubiera  enviado al patíbulo directo y sin escalas, cómo se extraña a este irreverente Bukowski mexicano, que al igual que el autor de Música de cañerías llegaba ebrio a sus presentaciones, y que como en “Las malas compañías”, la canción de Serrat, les palpaba el trasero a sus damas sin importarle que hubiera público enfrente, lo que provocaba  el espanto de las buenas conciencias y la hilaridad de sus amigos, convencidos de que “las malas compañías son las mejores (Sabina, dixit)”.

En lo personal, echo de menos sus cotidianos correos (escritos en letras  minúsculas) donde me llamaba hermano y que me enviaba cuando ya era hora de emprender un nuevo safari etílico:

“hermano: te hago llegar un abrazo chido. ya hace falta una jarrita. y no te lo digo ahora que cumplo 62 años, si no siempre.
urge vernos. pon fecha. e"

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