24 / julio / 2021 | 00:19 hrs.

Tuve un amigo

Gerardo Proal de la Isla

Nos conocimos por azares de la vida, hace un poco más de veinte años. Tuve la fortuna de convivir con él cotidianamente los últimos quince años hasta que, justo hace uno, el destino le alcanzó abruptamente y lo sorprendió la muerte, hecho que cambió el destino de muchos, incluido el mío propio. A este año de distancia quiero hacer un balance de lo que aprendí de él y lo que podemos perder si no tomamos su experiencia en aquello que es de utilidad cuando se quieren hacer cosas verdaderamente trascendentes en la vida.

Recuerdo el día en que otro entrañable amigo común le insistió -un día de su cumpleaños- que debería pensar seriamente en compartir sus múltiples experiencias y pensamientos en torno al trabajo, a los negocios, al esfuerzo y a su muy personal manera de, con generosidad, ayudar a los demás, para que muchos jóvenes pudieran aprender de aquello que no te enseñan en la escuela.

No lo hizo y hoy hace falta rescatar su ideario para bien de los modelos de negocio y el desarrollo -con bienestar- de una comunidad.

Sin dejar de reconocer que nadie es perfecto, aún con los muchos talentos que la vida nos regala, el paquete completo incluye defectos y debilidades. Sin embargo, el balance de su vida es, con mucho, de un saldo favorable gracias a que supo utilizar geométricamente sus talentos y, por supuesto, se debe también a que todas las acciones y actos generosos que realizó, los hizo con una discreción y humildad únicas. Siendo objetivo y si debiera señalar algo cercano a una debilidad suya, puedo mencionar que no supo reconocer ni establecer los límites del trabajo para acomodar en su justa dimensión, sus prioridades y las de otros.

Este amigo reunía varias características que marcaron su vida: fue visionario en sus sueños, audaz y persistente en el trabajo cotidiano; buen constructor y desarrollador inmobiliario, pero lo que mejor aprendió a construir fueron acuerdos con la gente, donde los beneficios eran mutuos. Un vendedor nato en muchos sentidos. Supo forjar y conservar lealtades. Pensaba que era verdaderamente importante consolidar espacios urbanos para la clase media, ya que era un convencido que el soporte real y sólido de una sociedad está en quienes se esfuerzan día a día por cuidar un empleo y aspiran a una mayor calidad de vida con educación, preparación, trabajo, dedicación y esmero.

Jamás lo vi dudar para apoyar una causa justa o al tender su mano y brindar su apoyo a quien lo necesitara. Procuraba siempre a sus amigos poniendo especial énfasis en aquellos aspectos que eran relevantes y afectaban la vida cotidiana de los mismos como lo son los problemas y situaciones que más tarde o temprano se nos presentan en el azar de la propia vida.

Lo vi crecer en verdad y establecer, cada día, nuevos y mayores retos en el ejercicio de su talento de hacer negocios y armar proyectos de toda índole. Como jefe, era duro y con una memoria a prueba de olvido que nos sorprendía cada vez que se le daba alguna información. Armaba esquemas en servilletas y solo quedaba la admiración hacia aquello que resultaba después de instrumentar el propósito expuesto en un papel tan frágil.

Propició que mucha gente creciera al amparo de una oportunidad de empleo. Nunca fue sencillo resolver los problemas, pero siempre hubo soluciones con análisis lleno de sentido común. Aún en los momentos más difíciles bromeaba porque con humor pensar resultaba más claro. Si por la noche nos aquejaba un pendiente para el día siguiente, comentábamos que por suerte faltaba mucho para que amaneciera.

Aprendí de él y de su socio -también jefe y amigo- el amor por el arte y el arte de impulsar proyectos de responsabilidad social. Tuve siempre su confianza y respaldo en todos esos años, incluido cuando hablamos de cerrar ciclos y de abrir nuevos espacios. La tragedia lo impidió. Hoy, quiero recordar y compartirles que más allá de afectos y desafectos, hay hombres que son imprescindibles por lo que hacen y por el número de personas que tocan con sus sueños, actos y decisiones.
De nuevo hoy, a un año de su ausencia y más allá de cualquier circunstancia, le dejo en estas líneas un testimonio de mi eterno agradecimiento y reconocimiento por todo lo que significó para mí y para muchos, pero de manera muy especial, por la oportunidad de contar con su amistad.

José Oleszcovski fue un hombre brillante y valioso, que trascendió e hizo trascender varios aspectos de su comunidad. Su ejemplo de trabajo, esfuerzo y éxito, debe ser conocido y reconocido por muchos para así tener la oportunidad de tomar lo mejor y seguir construyendo este Querétaro nuevo, que deseamos conservar.
Gracias Joey.

*Director administrativo Desarrollos Residenciales Turísticos (DRT).

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