Trazos

Julio Figueroa

Mis malas letras cuentan con la fortuna del azar. Trazos dispersos y disparejos y efímeros.

Mis malas letras cuentan con la fortuna del azar.

Trazos dispersos y disparejos y efímeros.

Fragmentos errantes que a veces dan en el blanco y seguido se pierden en nada.

Las buenas letras de los otros me levantan y me hunden, me zarandean y me despabilan.

No he sabido montar ni tres piedras, hacer una mojonera en el tiempo.

Trazos rotos, trapos rotos, pasos rotos.

Apenas una leve voz, una mirada, una palabra, una actitud, una leve luz que se pierde en el tráfico de los días.

He leído mal a mis clásicos y cuando vuelvo a ellos o me salen al paso me dejan anonadado.

Las grandes obras nos iluminan y nos apabullan.

Trazos de las vidas cristalizadas en obras y trazos de las palabras rotas.

Los grandes modelos y las caquitas de mosca. 

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ERG

Toda mi relación con el profesor Enrique Ruiz García empezó con una hoja suelta que le di una tarde, en la antigua y chiquita Facultad de Ciencias Políticas y Sociales de la UNAM, cuando cruzaba el corredor del patio hacia su clase, a principios de los años 70 del siglo XX.

—¿Qué decía en la hojita? No recuerdo.
—¿Qué me dijo él después? Lo he olvidado.
—¿Qué pasó más tarde? Lo absolutamente inesperado.
—¿Y luego? Todo.
—¿Finalmente? Fallé.

La dura conciencia de los hechos llega tarde. Nunca estuve a la altura de las circunstancias. No tenía el talento necesario. No es suficiente el entusiasmo.

En una tarde de perros, especialmente crítica para él frente al poder de entonces, recuerdo su mirada lúcida y sus palabras suaves, mirándome de frente:

—Con trabajo, no nos destruyen.

***

Muerte

Desaparecer. Nunca más. Tu conciencia. La muerte. Sólo queda tu nombre y tu obra, lo que hiciste y lo que no hiciste. No tu conciencia con la que has vivido toda tu vida. Nada. Amén.
Los muertos no se hablan entre los muertos. Sólo los vivos dialogan con los muertos. A veces responden.
Es bueno de vez en vez regar a nuestros muertos.
Sólo nos queda la comunión en la tierra.

***

Anti Parra

La hora de los muertos y de los premios en el mejor de los casos nos sirve para acercarnos a ellos.
No soy un lector de Parra, pero su muerte a los 103 años me ha hecho acercarme al hecho.

Este verso explosivo es un verso filosófico:

“¡Soy un embutido de ángel y bestia!”

Ah, ahí está todo.

Pascal decía que el hombre no es ni ángel ni bestia.

Mientras los dioses saben y los animales no interrogan, nosotros somos una pregunta. Una pregunta cuya respuesta nadie sabe o cambia con el tiempo. 

Y en seguida el francés agregaba lo peor:

—Y quiere la desgracia que, cuando el hombre quiere hacer de ángel, haga la bestia.

El poeta Parra o anti Parra trata de resolver y conciliar la ecuación:

¡Un embutido de ángel y bestia!

Magnífico.

¿Comprenden?

Por eso yo siempre digo las tres cosas.

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